sábado, 23 de mayo de 2015

LA TOURNE (Cap. 1)



Acabó el concierto, en el mismo momento en el que el sol comenzaba a desaparecer detras de los últimos edificios al fondo de la Gran via.
Don Cipriano caminaba erguido, como siempre y en cualquier lugar, mirando fijamente hacia  delante con el entrecejo puesto y pensativo.
-  Magnífico, maravilloso, sublime, !cómo puede estar esto tan olvidado y deslazado!, !acaso a Usted no le tiembla el alma cuando escucha, por decir uno entre mi, los violines de Vivaldi, !es que somos los únicos!
-  Hombre, Maestro, los tiempos pasan y las cosas cambian.
- !ah!, claro, Andrés, pero las personas estamos cumpliendo la leyes de la física y nuestro sistema va, por necesidad y en el arte, a peor.
-    ¿Me dice, Don Cipriano, que lo que ya hemos hecho,  siempre  es mejor?,  ¿que el buen arte ya se hizo?
Don Cipriano,  se giró y le miró muy seriamente meditando el último comentario de su alumno.
Andrés y Don Cipriano, se conocían de la escuela de música de la ciudad de Valencia. Don Cipriano era Doctor en Solfeo y le daba clases de quinto de composición a Andrés. La técnica, la perfección, el ritmo, la armonía, la medida, Don Cipriano, las trasladaba de los libros a su vida y la buscaba insistentemente en todo lo que le rodeaba. La inocencia en el abandono de lo usual,  les unía, pues eran totalmente diferente. Andrés era su joven alumno, 17 años, con unas dotes espectaculares y magníficas para tocar el piano. Había dado conciertos y realizado ensayos con la filarmónica, ahora bien, no tenía ni poseía el concepto del orden. La cordancia de sus manos era natural, innato. Lo que hacian sus dedos, era un acto puro de virtuosismo cada vez que los ponía sobre las teclas del piano. Era un joven modesto y humilde y un genío en la interpretación.
Camino de casa, vivían a dos manzanas el uno del otro, tomaban el viejo cauce, convertidos en expléndidos jardines, del rio, y seguían con sus comentarios.
- La música actual es un ataque continuo a nuestra capacidad de pensar de manera coherente. Los sonidos disonantes, sucios, indefinidos y desrítmicos, son malos para los oidos y sobre todo, para el alma.
- Maestro, la verdad es que no estoy de acuerdo con Usted. Cuando salgo con mis amigos a algun lugar,  con música acabamos seguro. Hombre, unos bailes.
- Si, si, alumno -le dijo mientras se giraba dispuesto a decir con solemnidad la resolución a todos los problemas - ahí está el asunto, la música se abandona. Lo que ahora la llaman como tal, ya no lo es.
Andrés siguió mirándole, mientras Don Cipriano, alto y ergido caminaba mirando al horizonte, al que fuera y donde lo hubiese. Los ojos abiertos y la cara inexpresiva, anunciaban sus ganas de comprender totalmente a su maestro y su incapacidad de llegar entonces.  Don Cipriano le había descubierto cuando apenas tenia 8 años en el instituto Luis Santangel durante unas jornadas de exposición de objetos musicales en el colegio. Y entre la risas y felicidad de los niños llegaron al piano y Don Cipriano  le dijo a Andrés que se había sentado cerca de él - ale,  a repetir dos notas – muy bien, -y cuatro notas, !oh!, !magnífico!, y seis y diez y doce y veinticuatro, hasta que aquella misma tarde Don Cipriano llamó a los padres de Andrés. Anonadado quedó tras semejante exibición de virtuosismo.
Mañana salían en una tourne del duo formado por Andrés, piano, Margarita, violin y Don Cipriano, organizacion, orden y amor y pasión por la música,  más la colaboración en montajes y escenografía del siempre atractivo y sorprendente Pedro,  artista y licenciado en bellas artes.  Al lado de cada pieza,  bailarán.  Don Cipriano, lo tenía todo el montante y asunto de viaje absolutamente organizado. Andrés también pero éste necesitaba bastante menos,  tiempo,  lugar y utensilios,  para todo y en cualquier momento. !quien pudiera imaginar lo que les iba a pasar a unas personas tan peculiares y particalares!
Llegando al final de la calle, desde la lejanía se observaba a Don Cipriano, dibujar en el aire con sus manos, rectas, curvas, espacios, diques y rodo tipo de formas geometricas para explicarle la organización a Andrés.
Así pues continuó la pareja moviendose como tal representación artística, con las luces de las farolas marcando sus perfiles, en las paredes de los edificios, tanto el pasear altivo, sujeto a una supuesta distancia cualitativa con el resto del mundo del maestro,  como la discreción y naturalidad propia de Andrés.
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