lunes, 13 de abril de 2015

LA ÚLTIMA PARTIDA (X)





LA ÚLTIMA PARTIDA (X)




El qué necesitó un gran tranquilizante, la noche aterior, fue Pedro.
Ana, calculaba con mucha parsimonia y lentitud el volumen propicio para gastar. Habían acumulado, entre los tres, aproximadamente, 180.000 euros de beneficios, restándole a la totalidad de ellos, los 60.000 que puso Pedro en sus comienzos.
Andrés, disfrutaba de una gran lucidez, haciendo juegos de manos con las cartas y repasando, inconscientemente, los movimientos y las miradas de los contrincantes.
Aquella era una noche especial.
A la mañana siguiente jugaban la décima partida y última.
Mucho dinero iba a tropar entre los límites de la mesa pues la última regla que hacia especial estas partidas, era la obligación de gastar a lo largo de la última partida, un tercio de los beneficios totales, fueren cuales fueran estos.
Pedro fue en taxi al hotel, Andrés y Ana, andando.
La vida es así, y llegaron los tres al unisono a la puerta de éste.
Pedro apenas les dió, una mirada relámpago y entró rápido por las puertas centrales.
Andrés y Ana llegaron al punto de encuentro allá donde comenzaba en pequeño pasillo enmoquetado a unos cinco metros de la entrada. Llevaban diez partidas y, de toda normalidad sería entrar comentando cualquier asunto.
Se miraron. Hacia mechos días que no se miraban frente a frente sin otras miradas pululando a su alrededor. Los dos redujeron la marcha y quedáronse cayados así.
- ¡pero cuan amistad vislumbro en vuestras miradas!- oyeron a sus espaldas
Al-bha-Az, era un hombre tremendamente culto, el cual recitaba, como en este caso, una frase histórica Cervantes en perfecto Español. Tenía una mirada misteriosa. Era poco expresivo, pero tenía una cara agradable. Los oscultó de arriba a abajo como barajando alguna idea. Tras pasar entre ellos, decidido y seguro, Andrés y Ana siguieron andando algo preocupados ambos.
La sala estaba más luminosa, pues una vez cada seis meses hacían una limpieza general de todo el acristalado exterior y la noche anterior habían pasado las de la sala. La sala también había sido especialmente arreglada Aséptica, insípida, llena de reflejos propios de superficies plásticas o metálicas limpias.
La décima partida se prometía interesante y sufridora.
Los tres socios le habían ganado, algo cada uno, los direros a Ta-bha. El volumen total de sus ganancias era el mismo que el montante particular de las perdidas de éste, había calculado anoche Ana. El dolor fue comedido. Todo lo que había perdido se lo hubiera gastado en el cumpleaños de la flor de sus ojos, su única hijo. De una altura moderada y algo bajito, mostraba orgulloso barba negra de un gran volumen.
Los otros apenas tenían variaciones entre sus ganancias y sus pérdidas. Ana disfrutaba realizando estos cálculos, además de, según afirmaba ella, tener una gran aplicación.
El qué más preocupaba a los tres, era Alo-Bha-Az. Moreno de cabello, como todos los hombre Árabes que los tres habían visto desde que allí estaban. Pelo largo, perfectamente rasurado. Sus facciones eran muy verticales que daban un gran contraste con la cinta horizontal, que tras atravesar la frente, sujetaba el pañuelo que les cubría, a los tres Árabes, la cabeza.
Se sonrieron, se dijeron algunas palabras simples y formales, se acomodaron, se sentaron y el propio Al-Bha-Az comenzó a repartir cartas.
Andrés, entre una pequeña sonrisa irónica pensando en la salida triunfantes con mucho dinero o la perdida de todo y además la posibilidad de salir apaleado.
Pedro también comenzó a pensarlo y no sonrió lo más mínimo.
Ana, haciendo cálculos, apenas prestaba atención a pensamientos de vaticinios.

Entre esto, la partida comenzó..  
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