viernes, 12 de diciembre de 2014

EL VIAJE EN EL METRO




Sería sobre la cinco de la tarde.
Del trabajo se iba y dispuesto y preparado para subir los pies a los laterales del sillón, seguir con el libro, allá donde dejo de leerlo el ultimo día y deleitarse escuchando el silencia de la casa, pues había trabajado ese Sábado mañana y su mujer e hijos se habían ido a pasar el fin de semana fuera de la ciudad.
Allí iban delante suyo un grupo de jóvenes.
El mas alto y fuerte le decía al mas delgadito, con cara de camaradería y convicción que ya era hora que realizase el viaje sin billete y se colara. El delgadito no dijo nada y se quedó, con cara inocente mirando a su amigo, y cuando ya se hacía largo, subió una ceja y le hizo senas al fuertote, indicándole que le iba a seguir. Pasó la tarjeta, marcó un viaje, pero haciendo el trenecito entraron los dos.
Aun pensando en el sillón, pudo ser testigo de toda esta escenificación, mientras se reía y se acordaba de aquellas que él hizo cuando sus pensamientos sobre el futuro no llegaban a dos días, los mismos que les durarían a estos chavales que estaba viendo bajar riéndose por las escaleras.
Al fondo de la estación estaba el, ya resabido de todo, revisor del metro.
Cinco años trabajando allí, siendo consciente de las virtudes y defectos de su trabajo y a las que les encontraba un saldo positivo. Tenía unos horarios impositivos, unas regularidades inviolables y trabajaba algún día festivo y sábado, pero por el otro lado de la tortilla, estaba el poco estrés y el nulo trabajo para casa.
El metro estaba llegando y los chavales no habían visto al revisor. Seguían con las risas y bromas que eran normales y el asunto del "sinpa" del flaquito, los tenía algo más excitados.
El metro estaba muy lleno.
Los primeros en entrar fueron los jóvenes y desde la puerta central caminaron, poco a poco tropezando con la mucha gente, hasta el fondo del tren. El hombre que llevaba colgando su sillón y su libro, despacito se apoyo en la puerta enfrente de la que había entrado y se quedó observando las risas del grupito del valiente joven que se había colado y, tras esto, giró la cabeza mientras pensaba diciendose que le caían bien y cuando apenas le dio tiempo a apoyar la cabeza en la pared, el revisor, un tanto obeso, con gorra y traje azul, apareció delante suyo.
El revisor pensaba en sus cosas pues había automatizado todos y cada uno de sus movimientos y era capaz de recorrer el tren entero sin mirarle a la cara a ningún usuario. Los muchachos estaban hacia la derecha y hacia allí, acompañado del juguetón destino, fue el revisor.
El hombre al cual el sillón se le estaba evaporizando, tuvo el primer movimiento y la intención de ir a avisarle, a sabiendas que son cincuenta euros del bolsillo del joven, sin saber lo que le iban a doler y un pequeño, pero claro, golpe a su persona pues en un primer viaje, pillado. Pero había mucha gente y pronto se le pasaron los calores mientras pensaba que lo verían y se irían por la anterior puerta, al final y la única que quedaba ya entre medias del juez y el verdugo.
Todos menos el flaquito, estaban bastante relajados, y éste, no era alto y tenía que moverse para buscar el hueco donde vigilar lo que viniera. Entonces, con el tiempo parado, alzó los pies y le vio. Bajó los talones con una cara serena de sorpresa como si estuviera fuera de este ejemplo de mala suerte y mientras tocábales suavemente los hombros a sus amigos, señalaba al revisor. Todos miraron rápidamente a la única puerta posible y también vieron todos a la vez el cartel diciendo que estaba estropeada.
El hombre ya, con el libro por los aires, había leido el cartel. Se autotranquilizaba afirmando la poca gravedad del asunto y del hecho que sólo iba a ser una cuestión de cachondeo pasado un tiempo. Pero tenía buena vista y estaba viendo la mirada, ya consciente, de lo que le venía, del joven, que sin tener ningún problema, era introvertido y vergonzoso.
El revisor seguía, sin parar pero con tranquilidad y sosiego, recogiendo los billetes mientras pensaba, pues lo había comprobado, en la posibilidad de saber, sin hablar con esta persona, datos generales sólo con la forma de dar el billete. Puede averiguar los que vienen de sus casas a los que vuelven a ellas. Llevaba muchos años aquí, después de su triste aventura, de años también, dando clases en aquel pequeño colegio
En un momento como otro cualquiera, ambos dos subieron la cabeza y se miraron y se creyeron reconocer como profesor y maestro. El joven asustado bajo la cabeza mientras el revisor la mantuvo alta pensativo, preguntándose si era un de los últimos alumnos que tuvo, hace cinco años pues le parecía físicamente y le cuadraban el aspecto actual del grupo con la edad que tenia este supuesto alumno entonces.
Temblando estaba cuando descubrió, además, que era el antiguo profesor de matemáticas que tuvo en el colegio, con el que no se llevaba mal, pero poco hablaba con él pues no aguantaba a sus amigos, que eran justo los que le rodeaban, pero y, con billete.
Era capaz de rumiar el parecido de la persona que había visto, mientras seguía con la correcta y normal comprobación de los billetes. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, se acercaba, al entonces, pues así se sentía, desgraciado exalumno. Mientras el revisor se acercaba en el horizonte, los amigos buscaban colocaciones y posiciones que pudieran evitar que le pidiera el billete, y en el caso que así fuera, pensar que le iban a decir. Emocionados y tensos estaban todos, mientras la máquina del terror avanzaba sin tener piedad con ningún billete.
El revisor, comenzaba a centrarse con claridad y a distinguir a todo aquel grupo y pensaba, como un ejercicio más de ironía en esta vida, que el único que le caía bien era el delgadito que no le iba a revisar el billete a cambio de una sonrisa y sincero saludo, así pues, con claridad y valentía, se encaminó hacia el grupo.
Las piernas del delgadito temblaban. Lo veía acudir con la frente alta hacia ellos. Sabía que su grupo no le había caído bien y que por extensión, pensaba que él tampoco. Pendulando sus ojos en horizontal, buscaba alguna salida de aquella situación sin final feliz.
Abatido, resignado, con las manos bajas y espíritu sombrío, veía al revisor acercarse con una gran sonrisa e ilusión hacia su persona y cuando veía esto, temblaba más pues lo escuchaba como una orquesta de cinismo.
Y, entonces, habiendo dejado aparcado el sillón y el libro, apoyados en la puerta enfrente de la de salida, se acercó, el primero que había salido del trabajo, y cogiendo por el hombro al revisor éste se giró, y, al darse la vuelta, comenzó a insistirle en que se conocían, si no se acordaba de él, de la infancia, gesticulando, mientras, y mirándole disimuladamente, le hacía gestos al chaval, por detrás de la espalda del benovolo juez por todos desconocido, que pasara y que se fuese.
El hombre y su uniforme azul no podía dejar de sorprenderse por el sujeto, que con una pinta absolutamente normal no dejaba de decir tonterías que ni el mismo se las creía y más asombrado se quedó cuando todo tal y como empezó, acabó bajando, el extraño en esta parada, el último y a toda prisa. Y la vida seguía riéndose a carcajadas contemplando la pequeña cara de tristeza que puso el revisor al contemplar que un pequeño trocito de su pasado habíase evaporado entre las paradas, - me caía bien, se decía, mientras recordaba su cara de intriga en la realización de las integrales, su utilización y su destino.
De milagro consiguió bajar en su parada y el calorcito de sus zapatillas de noche ya podía sentirlo cuando comenzó a escalar los escalones de la escalera.
Los amigos habían avanzado, pero él permanecía allí de pie, esperándolo.
Sus miradas se juntaron nada más que se encontraron los dos en el mismo plano, nivel.
Mantuvieron unos ojos enfrente de los otros hasta estar apenas a dos metros.
El jovencito no sabía que decir ni pensar, pues le había ayudado ¿no?, ¿cómo lo sabía?, ¿los gestos que saliese por el lugar donde no le pillarían fueron nomás que imaginación? No cabía, más en su agradecimiento, pero éste era poco para su curiosidad e intriga.
Al salir se cruzaron, se sonrieron y cada uno siguió su camino. Allí aparcó la satisfacción de uno y siguió viva lo curiosidad del otro.
El revisor, al par de billetes subsiguientes ya había olvidado todo pensando en la suma de cifras infinitas que realizan las integrales.

Y paso otro metro y detrás de éste otro y así todos los días.
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