domingo, 25 de enero de 2015

La última decepción (VI)


A la mañana siguiente, con un buen sol pero un frio relajante salieron a almorzar a una terraza cerca de la playa. La distancia entre el centro de la ciudad y la playa era poca y se podía tomar una buenas tapas viendo el mar. Entre boquerones y sepia, hablaban.
- ¿Entonces me dices que su cara no te suena?
- No, en ningún sitio y menos en los relacionados en el juego, lo he visto.
- Sabes, Ana, qué lo que más me preocupa es que me parece que no ha venido aquí a ganar dinero, cuando tiene cartas buenas, apenas gana y cuando son malas, no pierde nada.
- Sí, Andrés. Detesto entrar en el mundo de las sensaciones, ya sabes, pero siento, en ocasiones, que le interesan más y observa, otros asuntos, cuando te mira esperando cualquier decisión.
- Pues, bombon, ya te he dicho que estas son fundamentales. Alguna sorpresa tendrá este hombre. Lo presiento.
Hablaban de Pedro. Una persona total y absolutamente normal en cuanto a sus características físicas menos en su sonrisa y su mirada. Era difícil encontrar algún signo interpretativo en sus gestos y expresiones, te miraba y sonreía igual que cuando apostaba 1.000 euros a cuando te pedía fuego.
Dejaron de conversar sobre sus andanzas de póquer y comenzaron a discutir, si había beneficios, donde se irían cuando aquel tomate terminara. Qué si San Petersburgo en avión a si a Nápoles en la moto. Cada uno salió por su lado preparando la ceremonia de llegada al casino.
Todo permaneció como lo que había sucedido todos los días y allí habían entrado uno a uno y cada cual más discreto.
Con la dinámica de las partidas anteriores, lo que estaba pasando era, que todos se estaban llevando, le estaban ganando, todo el dinero a Antonio.
La sensación de nerviosismo y desesperación era evidente éste.
En la mitad de la partida Antonio se levantó. Había perdido todo lo de aquel día. Y casi sollozando comenzó a decir que no iba a firmar más cheques.
- Antonio, no puedes hacerlo a no ser que quieras abandonar totalmente todas estas partidas, aquí y en otras muchas mesas, sabes que por el bien de todos tu nombre saldrá de esta mesa totalmente magullado – dijo Pedro con la voz firme, mientras todos miraban impertérritos la escena, no habrá ni uno sólo de esta mesa, por su bien, que no lo diga tu nombre allá a donde vaya.
Tropezando con todo se fue mascullando maldiciones. Entre los Whiskies y los nervios desequilibrado salió.
- Antonio Mirales – dijo Ana, acordémonos.
Tenían todos muchos kilómetros recorridos al rededor de las mesas de póquer y estas situaciones ya les eran conocidas. No le dieron apenas importancia. La partida siguió con normalidad. Dos o tres manos interesantes, un par de situaciones tensas y nada más. Acabó y bastante relajados comenzaron a levantarse de la mesa y como todas las noches, cada uno salió hacia algún otro lado como si no se conociesen.
Ana acudía al hotel a la media hora de haber acabado la partida y Andrés a la hora entera y su sorpresa, de ambos dos fue mayúscula cuando se encontraron a Pedro, como no sonriente, en la puerta del hotel.
- Casi me engañáis, pero no, bien con ayuda, pero no. Dormís juntos y actuáis en equipo ¡falta! - dijo pedro carcajeándose, sentémonos, compañeros de mesa.
El café del hotel tenía una decoración bastante simplista donde era difícil encontrar un lugar minimamente discreto. Aún así, lo consiguieron. Cuando llegó al hotel Andrés, Pedro ya había llegado y estaba con Ana, con lo que apenas pudo conversar con ella y salir de la sorpresa que llevaban. Los dos se sentaron y se quedaron mirando a Pedro expectantes.
- Sí, sí, me gustáis mucho, tenéis estilo y apostáis para ganar, tenéis buenos movimientos y se entiende que sois unos buenos profesionales sin miedo a jugar.
- Vale, vale, pero y vamos a tratarnos ya con sinceridad y díganos ¿de qué nos está tratando de intrigar? - dijo Ana
- Sí – echándose hacia el respaldo de la silla y sonriendo, cuéntanos este asunto a qué viene -continuó Andrés
- Vale, de acuerdo, os diré claramente – hubieron un par de segundos de decisión, quiero que vengáis conmigo a un país Árabe, ya os diré cual, a realizar una estafa tremendamente grande.
Se incorporó en el asiento y miro sin pestañear a ambos dos. Parecía aquello de dos manos buenas, mucho, en una sólo partida. Se miraban como si estuvieran todavía en la mesa del casino.
- Con sólo esos datos, yo, independientemente de lo que haga Andrés, no te puedo contestar.
- No tengo ningún problema morales en realizar una estafa a esos niveles pero sí metodológicos. A quién, cómo, qué beneficios y más, así que hasta que no nos cuentes, hombre misterioso – añadió con una mirada de solvencia, más cosas, no te voy a contar nada.
- Sí, lo comprendo y así lo esperaba. Jugáis bien al póquer y tenéis bien controlada vuestra capacidad de decidir. Cuando acabe la partidas, que nos quedan dos, os contaré todo el asunto.
- Bien, de acuerdo.
- Vale, así quedamos ¡ah!, y recuerde Pedro, el qué me acueste con Andrés, no significa que formemos un equipo en las ganancias que pienso tener – le digo mientras le esbozaba una mirada maliciosa y misteriosa.
Salieron del bar y, extrañamente para los dos, se fueron juntos al hotel, y una vez allí y debajo del mismo albornoz del día anterior y también desnudos y recién duchados, Andrés le preguntó.
- Óigame, amor, ¿qué quisiste decir con eso de que nos acostamos pero poco más?
- Andrés ¡tanto jugar al póquer y no ves un pequeño farolillo!
Le miró mientras se acomodaba en el sillón y Andrés, con cara de confusión, la fue calmando mientras se acomodaba también.



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