lunes, 8 de diciembre de 2014

EL CONCIERTO CALLEJERO (I-X)

EL CONCIERTO CALLEJERO


I


Lo que parecíase ser una mañana como cualquier otra, se convirtió, para Andrés, en el comienzo de una gran aventura.
Iba a su trabajo en la filarmónica de la ciudad de Valencia. Pronto se levantaba, despacio se duchaba y vestía, y más despacio y con más calma, cogía el camino a sus labores diarias. No llevaba horarios estresantes y podía despedir a sus hijos en la ida al colegio y a su mujer, que escribía en el periódico Mediterráneo, cuando salía camino de éste.
Cogía la avenida reino de valencia, hasta llegar a la gran vía, por la que llegaba hasta el rio. Lo cruzaba y llegaba a su trabajo. Despacio, con calma, lo hacía porqué lo necesita para funcionar correctamente. Una vez en el trabajo, tenía varias labores. Como director del instituto de la filarmónica, debía realizar gestiones propias del puesto, tal como supervisiones, reuniones, preparaciones, citas y demás. Otra de sus ocupaciones allí, era la de dar clases de violín a los últimos alumnos que llegaban a los cursos superiores. Eran los elegidos. Eran aquellos que tenían una naturaleza especial y una capacidad de trabajo desbordante. Tocaba y vivía por y con el violín. Tanto él, como todos y todas aquellos que iban a llegar lejos, lo había mamado desde muy pequeño. Cuando aquellos ya andaban pensando en cualquier otro juguete, diversión, placer, éste, Andrés García, ya rompía sus dedos, estropeando sus primeras notas en la pequeña academia al lado de su casa y con el viejo violín de su abuelo Faustino.
De algunas de las clases salía tremendamente cansado. Vivía la música en demasía. Sufría y disfrutaba demasiado como para que fuera algo ajeno a su alma y persona. Cuando algún alumno no podía, y él lo sabía, llegar hasta donde el autor, cuando lo compuso quiso que así fuera, lo sentía profundamente. Él era consciente que los grandes artistas son genios. No hay uno o dos, pueden haber muchos, pero tienen unas cualidades especiales que sólo las tienen ellos.
Aquella mañana fue tranquila. Tuvo una pequeña reunión de organización de los próximos conciertos, de las ultimas piezas de cámara de de Bach. Lo amaba, lo quería, moría entre sus notas cada vez que un concierto de éste llegaba a su fin. La organización estaba casi totalmente acabada y les quedaba acabar de atar algunos pequeños trances.
Así pues, con calma, como lo hacía todo, menos el escuchar la música, sobretodo de cámara, emprendió el camino de vuelta a casa.
En la llegada, en el cruce de la gran vía Ramón y cajal y la venida el reino de valencia, de vez en cuando se ponía alguna persona, últimamente una mujer y su acordeón a regalarnos algo de música en la calle. Andrés, siempre les regalaba también una sonrisa y les pagaba con algunas monedas.
Pero aquel día era diferente. A lo lejos empezó a escuchar unos bemoles muy estilizados, una seguidillas muy armoniosas, unas notas muy claras. Fue acelerando la velocidad del paso, en la medida que su interés por lo que estaba escuchando aumentaba. Cuando llegó, se planto delante de él. Era un hombre de aproximadamente 65 años. Tenía una barba muy blanca. Vestía con una chaqueta gris, antigua y de pana y unos pantalones de tela, grises también. Los zapatos eran de vestir, marones y usados. Aunque el frio era muy ligero, un gorro de tela, cubría su pelo, mal cortado y blanquecino. Allí, estaba, delante de él y con los ojos cerrados. Estaba interpretando a Monteiu uno de los autores más difíciles y complicados. Sonreía mientras que magistralmente y con la facilidad que una cocinera arrastra la mantequilla por un pedazo de pan, dibujaba las notas sobre el violín. Acariciaba las cuerdas de una manera magistral. Andrés llevaba muchos años trabajando con el violín y sabía cuando y donde se encontraba con un genio o un maestro. El violinista, no abrió los ojos en ningún momento. Estaba entrance, al que contagió a Andrés. Cuando quiso darse cuenta, su mujer le estaba tirando de la manga, había ido a su encuentro, y recordándole que tenían que ir a recoger a sus hijos, los cuales iban a comer a casa. Había decidido pasar el máximo tiempo posible juntos, toda la familia. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba dentro del coche y todavía sumergido en su asombro.
- Elena – le dijo a su mujer, no te imaginas lo que acabo de escuchar.
- ¿En la filarmónica?, apuntó ella.
- No, mi querida, en la calle.
-No sería tan bueno, mi querido también. Tu amor por la música te pierde en demasiadas ocasiones y te impide ver la realidad.
- No, Elena, sabes que no, mi trabajo es precisamente juzgar la validez o no de los interpretes. Soy objetivo.
Elena no quiso discutir más.
Andrés sabía que las palabras de su mujer tenía una verdad aplicable, en cuanto que en determinadas circunstancias su capacidad de juicio perdía toda su imparcialidad.
Por mas que conociera al Matieu, siempre las puntuaba algo más cuando las escuchara, también sabía que la expresión del músico, la cara que dibujaba, aun teniendo el oído entrenado y ejercitado buscando la máxima objetividad, también le influían. El puro virtuosismo es difícil de puntualizar. Es difícil – pensaba, juzgar de una manera totalmente aséptica, cualquier interpretación en directo. Juzgaba por y en grabaciones. Quizás el aspecto melancólico y soñador del violinista, haya excitado en demasía su interés por sus interpretaciones.
Tuvo la intención de volver.
Se calmo
Sólo quiso que la suerte le llevara otra vez a oírle, aunque solo fuera por calmar su curiosidad.









II

 
Como todas las mañanas, hizo, afortunadamente para él, según pensaba, lo mismo y de igual manera, es decir, su familia, trabajo y al ritmo. Sólo que ésta, tenía una diferencia. Ya no caminaba inmerso en asuntos de sus hijos, su mujer o su trabajo. Tenía una gran facilidad de obviar el mundo circundante y reflexionar sobre sus motivos. Pero hoy no. El misterio e inquietud le hacia oír, con más violencia que nunca, el ruido de todos los motores, por la Gran Vía, camino del trabajo. Éste, sin clases en el horario, se desarrolló totalmente dentro del despacho, y se preguntaba cómo aquel hombre, más similar a un vagabundo que a un maestro del violín, tocaba como tal. Bien, sí que es cierto, tal y como le dijo su mujer, que quizás el aspecto melancólico del músico le hiciese juzgar de una manera más pasional y poco objetiva la música que oyó. Verlo en la calle, con un traje arrugado y viejo, con los ojos cerrados y sonriendo, hizo que la buena música que interpretaba le hiciese parecer sublime. A la ida había cogido el camino que pasa por el lugar donde encontró al hombre del violín, interpretando su concierto callejero. No lo encontró. Era pronto cuando pasó. Se planteó que probablemente no volvería a verlo.
Salió del trabajo para ir a comer con la familia a casa. Con sus hijos, David y Angela,  apenas estaba tres cuartos de hora y con su Elena una hora. Pero el sabía que en esto era un hombre afortunado y no le molestaban la caminata. Esa mañana, se acercaba al lugar donde las calles coincidían y sus oídos comenzaron, a la par que subía la excitación, a escuchar el violín. Los coches de la gran calle, desaparecieron y lo único que oía era el violín. Se fue acercando y su emoción fue subiendo. Lo veía de lejos. Bajo la cabeza buscando la objetividad y quiso escuchar solo la música. Vivaldi. Esta vez, el músico, tenía los ojos abiertos, claros muy claros, y movía su cuerpo con toda la expresión que esta obra se lo pedía. Era alto y de formas rectilíneas. Era un hombre de cualquier lugar de Europa, menos del mediterráneo. Sonreía, emocionado, interpretando la Primavera de la obra Las cuatro estaciones. Se paró delante de él, le sonreía con franqueza, igual que a todos los que le miraban. Estaba pidiendo dinero, pero tenía la expresión de estar haciéndonos un regalo para que lo disfrutaran. Y así lo estaban haciendo. El instrumento, su violín, tenía un valor que aun doblando sus beneficios diarias, tardaría 15 o 20 años en pagárselo. Era sin duda un maestro. Tocaba realmente bien. Dominaba la música totalmente. Debía de haber tocado mucho. Permaneció allí, delante suyo, escuchándolo. Entre el disfrute de su excelente interpretación y el misterio que le traía, no pudo reaccionar cuando recogió entre sonrisas la limosna, mejor, el jornal bien ganado, y muy mal pagado para lo que había hecho y dejándolos, entre sonrisas y guardando, despacio, su pequeña joya, pues lo era, se fue de allí por el camino contrario a su casa. Algunos viandantes más no pudieron evitar aplaudir entre música. Tanto el violinista como él, sabían que no tenían ni idea el nivel de interpretación que habían escuchado. Era grande y robusto. Se quitó el sombrero y lo vio de espaldas. Aun siendo un hombre mayor, tenía un cabello muy poblado. Le caí despeinado. Era muy claro y blanco lo, canoso. Bonito y romántico resulto todo aquello.

III

         Andrés llegó a su casa a media tarde. Era una casa sin casi ninguna pared, salvo los dos cuartos de baño. Su mujer, Elena y él, debían de hacer el amor, despacito y sin ruido, pues, aun siendo grande, compartían el espacio con sus hijos pequeños. Sabían y se decían que en cuanto crecieran un poquito más, aquello había que cambiarlo.
         En este espacio grande que Andrés buscó intencionadamente, podía encontrar la acústica grande, o al menos mejor que en una habitación normal, para ensayar y practicar con su violín. Él sabia que sin la práctica ahora y desde la infancia, era imposible mantener y alcanzar ciertos niveles. De ahí que sabía que tras este violinista, que tocaba en la calle por una limosna, debía de haber alguna otra historia. Sabía y lo iba a comprobar. Tenía que haber alguna razón para que tocase en la calle. Este violinista, en un par de audiciones, entraría o tocar o trabajar en cualquier sitio vinculado a la música clásica.
         Apenas había estado, en total, 15 o 20 minutos escuchándolo, pero le valían. Era su profesión, no había hecho ni había tenido otra pasión en su vida que la música y el violín. Emocionado y nervioso estaba. Mañana debía hablar con él.
         Se levantó con el asunto en su cabeza. Su siempre despacio, aumentó de velocidad, se despidió de todos, igual que siempre, pero su ritmo al andar era algo más acelerado. Avenida Reino de Valencia, Gran Vía, con cierta ansiedad andaba, pero no, - no está, se dijo.
         Hoy si que le tocaba en el trabajo dar clases. Las disfrutaba, las vivía, se sentía feliz viendo a los jóvenes elevarse a tales niveles de sensibilidad. La música clásica debía ser conocida y enseñada a todos los jóvenes -se decía y pensaba. Pero hoy además, no podía evitar que a ellos les gustaría escuchar a aquel hombre y como conseguía hacer la música suya. La trasmitía y la hacía vivir a todo aquel que, en aquellos momentos, estuvieron allí escuchándola, pensaba convencido. Hoy se lo diría, le propondría una pequeña audición para ofrecerle un trabajo. Era el director artístico del instituto de la música de Valencia, y necesito ayuda para dar las clases, ese será el motivo – pensado y maquinando se propuso. Para ello necesitaba que el resto de los directores en otros campos de la filarmónica estuviesen de acuerdo. No habría ningún problema, siempre habían tomado juntos, sin problemas, todas las decisiones, pero esta vez menos habrían. Tenía especial interés en que le oyeran.
         Salió del trabajo, sin paliativos en busca del aparente músico callejero que dedicaba a  interpretar magistralmente conciertos a pie del asfalto. Rio, Gran Vía, reino de Valencia, y allí, sí, allí estaba.
         Se acerco pausadamente y empezó a escuchar una pieza conocida, la Para Elisa de Beethoven. El publico, que era grande, familiarizado con este tema, lo estaba disfrutando. Sí, sí, magnífico. El afinamiento del instrumento era perfecto. Las escalas totalmente cerradas y distribuidas. La posición del instrumento magnifica. El movimiento de los dedos en las cuerdas claro y limpio y bailaba sin parar el arco en su mano derecha. Muy bueno, debía hablar con él, lo sabía. Igual que el día anterior, entre aplausos y con un protocolo muy parsimonioso, el, ya mayor, músico recogió todos sus asuntos y emprendió el camino. Andrés acelero el paso y se puso a su lado. No sabía como hablar, que decir, que proponer, le dijo.
- Magnífico, magnífico, señor..eh... – puso cara de dudas
- Vladimir – le contesto sonriendo
Sí, lo sabía, se  pensaba ¿Ruso, Polaco, Pruso, Checo, Búlgaro?,
- Óigame, vayamos sin rodeos, escúcheme, tengo algo que proponerle – le dijo, esperando que con esto Vladimir se pararía, pues al proponerle, imaginó que escucharía cualquier noticia o posibilidad nueva en su vida. Pero no, continuó andando despacito, con sosiego.
- Sí, dígame – pronunciaba fuerte la vocales debido a su acento.
- Soy violinista yo también.
Aquí Vladimir se paró y le miró directamente a los ojos. Ojos claros, mucho, pero mitrada profunda. Apenas movió la pupila.
Siguió Andrés.
- Le he estado escuchando y claramente tiene usted una relación muy fuerte con el mundo de la música.
- Sí, cierto.
- Me gustaría proponerle una audición en el instituto de música de la generalitat, bueno, del ayuntamiento de Valencia, para ver que salida tendría su bien hacer con el instrumento.
Vladimir se paró. Bajo sus manos y miró al cielo. Se quito el sombrero y respiro profundamente. Parecíase que había vuelto a la vida tras caerse de un sueño.
- Señor Andrés por mi vestimenta verá que algo más de, ¿cómo lo dicen ustedes?, ¿dinero? - fallaba en algún momento en su vocabulario, me vendría bien. De acuerdo.
Tras sus palabras estuvieron hablando un rato más concertando el lugar en el cual debía ir Vladimir para hacer esta prueba. Por no conocer apenas Valencia optaron por reunirse allí mismo mañana por la mañana para ir juntos al edificio de la filarmónica.
-Mañana le espero, Vladimir.
- Gracias, Andrés, mi música es buena y con ella le pagaré. Sonrió y se despidieron.
Volvió a casa emocionado, expectante, planeando acciones pero también el misterio y desconocimiento hacia Vladimir había aumentado. Ya no sólo era su magistralidad para considerarlo un virtuoso, sino que además y ahora, le empezaba a incluir la distancia y diferencia de los genios.


IV


Aquella mañana había salido con algunos planes respecto al trabajo que pudiera realizar Vladimir en el Instituto dependiente de la filarmónica. Lo intentaría contratar como profesor ayudante en sus clases de violín y su trabajo sería actuar o tocar las piezas y los momentos de ellas que él estuviese enseñando. Serían pocas horas semanales. Media jornada, seguridad social, contrato indefinido tras los seis meses impuestos de ley, esperaba no encontrar problemas en estas acciones.
Salió del trabajo a las cuatro de la tarde y esperaba encontrarlo allí, en su lugar de concierto esperándole. Allí estaba.
Nos saludamos con mucha amabilidad, le expliqué mis intenciones  y parecíame ilusionado. Caminando hacia hacia el trabajo, por los jardines centrales de la Gran Vía, delimitados por las dos direcciones de la circulación, me miró y me dijo
- Andrés – siempre con su acento realmente distante, le tengo que decir que a mi también me gustaría ver con quien voy a trabajar.
Realmente sorprendido con el comentario me paré. En otras circunstancias me hubiese sentido quizás ofendido pero con Vladimir ¡pardiez!, no sé por qué no.
- Sí, claro.
- Entonces Andrés te propongo que saques tu  violín y toquemos una pieza juntos – vio que lo llevaba encima y en la funda
- ¿Aquí?
- Sí, evadámosnos – palabra que tuvo que pronunciar sílaba por sílaba, veamos hasta que punto nos olvidamos del mundo y nos centramos en el violín.
- Sí, sí
Esta era una de las condiciones que el planteaba y exigía constantemente a sus alumnos. Que se olviden de todo, que sientan la música, que piensen que el mundo muere tras las notas de su instrumento, que piensen que tocan sólo en presencia del autor que la compuso, así que sacó su violín sin dudas
- Dígame, maestro – con sonrisa añadió
- Concierto para Flauta, violonchelo, viola y violín en Re Mayor K 285 – Mozart – veamos a ver como suenan con dos violines
La emoción comenzó a elevarse en Andrés. Su música vivida y soñada en plena calle. Siempre había soñado con llevarla a todos los lugares y gracias a Vladimir, iba a interpretar en medio de la calle ¡sólo para su disfrute!
- Empecemos – dijo Andrés
Y comenzaron a tocar, ya cerca del cauce del rio vacío que atraviesa Valencia, en la Gran Vía, en frete de la plaza de Cánovas
Interpretaron la música mirándose a los ojos, comprendiéndose, rimándose, adaptándose, subiendo, bajando y cuando llegaron  y terminaron, lleno de emoción por la calidad del dueto que acababan de interpretar, le costó darse cuenta de los aplausos emocionados de la gente que se había parado a escucharlos. Una mujer con una amplia sonrisa se acerco a Andrés y le ofreció una moneda de un Euro. Totalmente ensimismado la cogió.
- Ahí tiene Andrés, hemos traído el arte al pie de calle y nos han pagado un café, a mi me han dado otra moneda. Sabe Usted, ha sido un placer interpretar está pieza contigo. Eres realmente un buen violinista.
La realidad se le estaba derrumbando. Tenía sensaciones que jamás había sentido y situaciones que nunca se hubiera imaginado. Grandes conciertos, buenas piezas tocadas de esta manera en cualquier otro lugar, menos en medio de la calle, con vaqueros y desnudando su alma y espíritu a todos los transeúntes que allí estaban pero que él no  podía ver. Continuaron andando y hablando de la obra y la locura de Mozart.
Llegaron al instituto y fueron a la sala de audición. Allí estaban todos sus compañeros, especialistas y músico esperándole. Como no, la extrañeza fue colectiva de la diferencia del interprete, pero eran gente que apreciaba la música y no la estética y por esta misma razón salieron impresionados.
Realmente era un hombre curtido en música. Tenía unos movimientos de la escuela rusa. El sonido del violín era perfecto. No cometió ni la más mínima duda en la interpretación. Semblaba que hubiera sido el estreno de una obra preparada durante meses. Fue sin dudas, lo que Andrés esperaba.
Emocionados estuvieron describiendo y comentando la obra. Todo quedó resuelto y sus planes fueron tal y como él los había concebido.
Fueron andando hasta el punto de divergencia de los caminos. Hablaron de Valencia y de la tradición, grande de la música en ella, y del amor que se le tenía.
Llegó a su casa agotado.
Se lo dijo a su mujer y aquella tarde y noche no hizo más que repartir, grandes y sinceras, sonrisas a toda la familia.
Se acostó pensando en el misterio que rodeaba a este individuo. Sabía que no había caído del cielo y que alguna historia había detrás de él para encontrarlo así y en aquel lugar. Concilio el sueño algo más tarde. No estaba preocupado, pero sí inquieto pues sabía que debería, por su calidad como músico, por la cercanía y responsabilidades, que le había dado, estar atento y debería averiguar asuntos sobre su persona. Se le cerraron los ojos entre las notas de algún que otro concierto como le pasaba todos los días.
 V
Había quedado con Vladimir a los dos días siguientes de la audición.
Aquella mañana, Andrés se encontró en el pasillo del edificio central a Pedro Ondara, el cual le comento que para que trabajara allí Vladimir, en el instituto, debía de pasar una serie de requisitos oficiales. Sí que era cierto que muy difícil era trabajar allí. Pruebas, condiciones, estudios, pero Andrés nunca había tenido ni pedido un solo ayudante para con él.
- Y me lo comunican como requisito los dirigentes máximos - Andrés, desde el carácter de aquel que sólo busca la belleza, le preguntó a Pedro, y este le contestó.
- Ayer tuve la reunión mensual con el director de departamento de ciencias y artes del ayuntamiento de Valencia y al contarle el asunto me exigió dos cosas, primero, más información sobre la persona en cuestión y luego una segunda audición con otros auditores ajenos al instituto- le dijo con toda tranquilad rozando el aspecto despectivo.
Siguieron hablando durante un rato. Andrés, intentándole explicar, lo innecesario de aquella segunda prueba y afirmándole que, además de responder él por su persona, le pasaría toda la pertinente información.
Nunca le había caído bien a Andrés, Pedro Ondara. Era un auténtico especialista en todas las obras, autores, tipos de instrumentos, sistemas auditivos, sería capaz de describirte una a una todas las notas de las grandes piezas. Era profesor de piano, aunque su tiempo lo dedicaba fundamentalmente al contacto con el ayuntamiento. Le preguntaba las cuestiones del instituto concernientes a los asuntos organizativos,  le informaba y  Pedro Ondara hacia lo que le apetecía con aquella información.
Andrés asumió estas nuevas circunstancias y se dispuso a prepararlo.
Al día siguiente se encontraron Andrés y Vladimir en el sitio acordado. Le dio la obra que quería que interpretara y le preguntó si la sabía y dominaba. - Si,- secamente le contestó.
Había preparado la sala de la audición y la obra a representar en forma de folletos de presentación. Diferentes delegados, músicos de independientes y dos funcionarios y representantes políticos necesarios para cualquier forma de admisión en el instituto de música, como parte formativa de la filarmónica de Valencia. Fue un rato agradable para Andrés, con las persona antes de la audición que iban a representar. Los conocía prácticamente a todos y se llevaba bastante bien con ellos. Les invito a sentarse.
- Vladimir, ¿estás preparado para esta segunda prueba? - se acercó a preguntarle.
- Si, amigo, pero había pensado, por los comentarios que con la primera fue suficiente.
- No te quepa duda, pero las gestiones de los procesos oficiales, no sé en otro sitio, pero aquí en España, son largas.
Sonriendo, siempre con tranquilidad, sinceridad - con la lejanía de su sonrisa que a Andrés le tenía intrigado preguntándose donde se la había dejado, le dijo que  allá donde estuviera y cuando fuera,   siempre estaba preparado para tocar.
Así pues, se levantó delante de todos los oyentes, les indico que cogieran el folleto y tras exponerles  la obra y el movimiento se dirigió hacia su plaza. En ese mismo instante, Pedro Ondara se puso de pie y les dijo a los representantes
- Entiendan señores, que en virtud de la excelencia y nivel que pretendemos darle a nuestro instituto el motivo y escena de la obra elegida no tiene la dificultad esperada, les voy a proponer otras obra. Toque, Señor Vladimir, la fuga de la tercera sinfonía en Do mayor de Stravinski.
Andrés no cabía en sí mismo de extrañeza y dolor pues ¡cómo iba a interpretar aquello!, era imposible sin ensayo preparatorio. Los grandes necesitaban semanas de preparación.
- Pero Pedro, es una obra complicadísima – dijo, sin que le oyera, mirándole.
Todos los músicos lo sabían y veían imposible que la tocara.
- Sé que es complicada, pero quiero que nuestros invitados representantes del ayuntamiento salgan contentos y sean capaces de tomar una decisión justa.
Andrés cayó en la silla pues no sabía si iba a saber comenzar. Él no podía tocarla de memoria y no tenía, siquiera la partitura en su despacho.
Pedro jamás había superado su frustración de no ser más que un mediocre buen músico y no un gran concertista. En esto había soñado toda su infancia y juventud. Detestaba a los grandes intérpretes,  su relación con ellos cuando había acontecimientos políticos necesarios era mínima. Le corroía la envidia. Al escuchar la otra audición, había sabido al instante que Vladimir era un músico magnifico, un gran intérprete, de lo mejor que había oído en su vida. Pedro era pianista. Tenía todos los estudios teóricos habidos en diferentes países, hechos y cursados, pero cuando empezó a realizar conciertos y su mano cruzada debía de irse al otro lado del teclado, llegaba a la siguiente tecla, no con el amor y cariño que los geniales maestros pianistas hacían, sino con un golpe seco y un escorzo sufrido. Si él no, los demás tampoco.
Vladimir se puso de pie.
Se adelantó, dejando atrás el atril de los micrófonos y se situó a apenas dos metros de los examinadores. Se pasó la mano por su cabello, miró con cariño el arco, le sonrió al violín, y comenzó a tocar.

VI

Y como una gran tormenta, las notas su violín llovieron sin fin por toda  la sala.
Secciones de dieciséis notas en ocho segundos, muchas, punteados con dedos pares, terribles cambios de agudos a graves, y el arco tomaba todos los ángulos posibles.
Aquello fue un huracán.
Stravinski debió de perder a su madre el día anterior de escribirlo.
Furia, angustia, terrible pero con toda le belleza que tiene cualquier cosa tocada en aquel instrumento.
Allí apenas a dos metros, cuando acabó, estaban todos  agotados y sudados más que el propio Vladimir.
La música tomó cuerpo.
Realmente magistral.
Hubieron aplausos y felicitaciones.
No se dudo ni un segundo en la entrada de Vladimir en el instituto, incluso se empezó a hablar de más posibilidades.
Andrés le dijo sonriente a, su ya amigo Vladimir, que le esperaba el próximo miércoles para enseñarle las instalaciones de las clases y prácticas y conociera a su alumnado, al que junto a Andrés y ayudándole, iba a instruir.
- Vladimir, necesito saber ya, tu apellido
No le gustó la pregunta. En su expresión se notaba.
- Vladimir Totosquini.
- Y ¿de donde vienes?
Su cara seguía seria, y tardó una eternidad en contestar.
- De la ciudad que antes se llamó Leningrado
- ¿San Petersburgo?
- Sí.
- Vladimir, lo último, ¿cuantos años tienes?
Hizo,  parecía, el amago de irse. Pero Andrés necesitaba información.
- Setenta y dos.
- Espérate amigo, ahora vuelvo.
Sorprendido por sus años, se giró hacia los invitados. Parecía, al menos, diez años más joven. En 1983, hoy, setenta años – claro, él nació en la entonces, Leningrado. No pudo pensar más y salio hacia las conversaciones.
Andrés comenzó a saludar a todos los visitantes. Tuvieron una afable conversación entre Pedro, el representante del departamento de artes y ciencias y el propio Andrés
- ¡Oh!, magnífico, maravilloso, sublime, ¡tenía fe ciega en este desconocido y nuevo miembro de nuestro instituto – dijo Pedro, tras sentir más rabia que nunca pues sabía había estado ante algo grande.
Cuando terminaron las formalidades, buscó a Vladimir. No lo encontró. En un principio se sintió preocupado, pero ya pronto, pensó que así era él. Discreto, sigiloso, sosegado, algo distante y realmente misterioso, pero y ante todo un genio de la interpretación al que esperaba darle la máximas posibilidades, para su bien y el de los que le rodearan.
Le esperaría este miércoles. Estaba seguro que no iba a faltar.
Volvió a casa.
Despacito, tranquilo, orgulloso y satisfecho.
Apenas habían coches en las calles, pero volvió a no escuchar a los pocos que circulaban
- ¿Qué tal la audición?, cariño.
- Muy bien Elena.
- Me gustaría conocer y oír a este músico y tan impresionado te tiene. Igual podría escribir algo sobre él, y publicarlo en el periódico.
- No, no, amor mio, no. Vente algún día cuando lo convezca de que toque en publico a escuchar su música, maravillosa, pero no te lo voy a presentar para eso.
Si, eso le dijo, pero intuía que detrás del pelo y barba canosos había alguna historia realmente especial.


VII

Julio, Paula, Margarita, Juan y David, observaban boquiabiertos la interpretación de aquella pequeña estrofa por Vladimir.
Andrés acompañaba a la música, girando al rededor de él y dirigiendo y siguiendo el ritmo y la subida o bajada de escala con su lápiz.
- Veis, la interrelación de las notas debéis hacerla con mucha suavidad, por favor, Vladimir, repite del Sol a Re – esto es.
- Chopin trataba de darle suavidad. Acordaros de bajar la presión del arco.
Así se desarrollaron las clases desde entonces. El tiempo pasaba rápido. El disfrute era colectivo. Vladimir con un público agradecido, Andrés pudiendo explicar y describir obras interpretadas tal y como debían de hacerse y los alumnos, realmente impresionados por su interpretación, por las explicaciones unisonas, y por el blanco de su pelo y la tranquilidad de su mirada en Vladimir. Había magia en aquellas clases.
Tras ellas y entre comentarios afables pero divertidos salían los dos a la cafetería. Café para Andrés, té, para Vladimir.
Sólo hablaban de música.
Al mes, Andrés encontró las fuerzas.
- Vladimir, ¿cómo es que dejaste el helado y bonito mar báltico, la histórica y antigua capital Rusa?
- Mira, Andrés, mi pasado murió en aquella ciudad y entonces. Dejé el lugar cuando no podía seguir allí. Hubieron diferentes circunstancias que me llevaron a abandonarla. Decidí errar por toda Europa compartiendo mi música. No me gusta hablar del pasado, Andrés, hay demasiadas cosas que quiero olvidar.
Aquella tarde hicimos el camino de vuelta juntos hasta   bifurcación de las calles y los caminos.
- Bueno ¿tú a donde vas?
- A Burjassot.
- Pues tienes un camino importante
- Sí, treinta minutos, es lo que todos deberíamos andar como mínimo. Yo de joven, bajo la nieve del invierno, tenía que recorrer cuatro kilómetros a la ida y a la vuelta del camino para ir al colegio. Hasta que comencé, a los doce años a ir a la escuela de música, en el carro del vecino que iba a la ciudad a vender su carne de cerdo, todo había sido caminar. La actividad física era constante. Mi abuelo, había tocado en la corte de Nicolás II, hasta que la tuvo que dejar e irse bien lejos con la revolución y yo  heredé su violín. Lo había visto a él tocar, ya mayor y desde muy pequeño, comencé a memorizar la posición de las notas. Mi abuelo se divertía mucho enseñándome a colocarme el violín bajo el mentón. Mi amor por la música y arte comenzó con él. Una vez muerto, con su violín y mi amor, comencé a estudiar música.
- ¿Y tú, Andrés?
- Mi historia es ampliamente diferente a la tuya. Nací durante la segunda república, pase, durante mi infancia la guerra civil y apenas tengo recuerdos de ella. Mi infancia, como la de todos los Españoles, tanto de un lado como del otro, fue dura. Antes la música era un asignatura obligada hasta muy tarde como y el latín, y el Griego. Ahora, las humanidades se están dejando, para el mal del mundo, olvidadas.  Mi padre jamás comprendió, entonces por qué elegí estudiar música. Me ha costado muchos años que me entendiera. Ahora sé que lo disfruta y mucho. Aprendí a tocar, bajo la terrible disciplina de nuestro profesor. Noches enteras bajo la luz de las velas, leyendo a duras penas las notas.
Algo le tuvo que pasar para que un hombre con su talento y posibilidades dejase aquella preciosa e importante ciudad -salió pensando de la conversación última hasta su casa.
Aquella tarde buscó su nombre en Internet.
En las muchas posibilidades y tras buscar concienzudamente, encontró la que debía por todas las razones, responder a él. Interprete y profesor de la antigua filarmónica de San Petersburgo (1931-1936), Vladimir totosquine Acuna, premio concertista Ruso al violín durante de 1931 a 1935, cuando ya no se presentó. Cuando dejó San Petersburgo, debía haber aprendido, pues en su vida errante, según había dicho, pocas posibilidades tuvo de seguir estudiando. Andrés sabía que practicando casi cincuenta años pues vivía con y para su violín, había cogido su máxima plenitud, pero tuvo que tener grandes profesores y que mejor sitio que en la Rusia revolucionaria de los comienzos del siglo XX.
Quería y debía conocer más sobre Vladimir.

VIII

Vladimir la había abierto los ojos y se decidió a llevar la música a la calle.
Bajo, al viejo cauce del río, a los grandes jardines que en el habían y que cruzaban toda la ciudad. Franqueado por dos altos muros que subían hasta altura de la calle, realizaban enorme jardín de 8 km de longitud.
Se fue a la zona donde solía ir con sus chavales, en frente del Palacio de música donde muchas ocasiones había actuado.
Allí comenzó a tocar.
Empezó interpretando un bonito Vals, bailando con sus hijos, que iban detrás de él mientras caminaban, girando sobre si mismos y bailando.  Mientras bordeaba el gran embalse con fuentes en su interior, como gotitas, se fueron apuntando más niños que aquel viernes tras el colegio, allí se encontraban jugando, bailando aquel bonito vals Vienes.
Era consciente de cada uno que se apuntaba a bailar formando un gran grupo. Su alegría era enorme.
Tal cual patitos detrás de su madre, los niños iban moviéndose con gracia y con ritmo detrás de sus valses. Sus respectivos padres, con las sonrisas, daban su aprobación.
- la música en la calle – se dijo.
En ocasiones, dejaba de tocar y dirigía sus movimientos, los de los niños, moviendo al ritmo su arco del violín.
Cuando acabó la pieza, lleno de alegría, continuo caminando y riéndose con sus hijos.
Algunos padres sacaron monedas y el pasó entre ellos, casi sin mirarles y sonriendo ampliamente.
Elena, con sus rodillas desnudas y juntas, su piel blanca y su oscuro cabello, los observaba sentada entre las piedras de la escalera de subida a la calle mientras se acercaban a ella. Sonreía feliz.
Dibujaban una tierna y bonita imagen.
Guardó el violín y buscaron algún lugar perdido en el inmenso jardín para comerse unos grandes y sabrosos bocadillos.
Fue un fin de semana muy relajante.
El lunes se despertó más tarde y llego también algo más tarde de lo normal.
Entró en el pasillo que le llevaba a la clase que hoy les tocaba y comenzó a escuchar a Vladimir que allí estaba ya.
- ¡No, no!, David, desprecia al público como él lo hacia, ¡estate por encima de ellos!, Beethoven pecaba de  misántropo. No hacía música pesando el el publico, sino en ella misma. La amaba como tal y no como medio. Reta a la humanidad con tu violín.
Andrés apoyó su hombro en el marco de la puerta mientras le escuchaba con interés.
- Vamos, toca – continuó Vladimir
David continuó
- ¡Más energía!, ¡mueve el violín con fuerza!, ¡que vibre!, ¡arranca las notas!
Era la primera vez que veía a Vladimir como una persona de carne y huesos, con emociones. David continuó y acabó.
Vladimir se acercó, apoyó su frente sobre la del joven y le dijo.
- Si quieres que vivan la música, vívela tú primero. Bien, aprendiz, muy bien.
Andrés intervino
- Vladimir, llegaré siempre tarde, si esto es la que me voy a encontrar.
Vladimir se giró. Su tez alcanzó el sosiego y la tranquilidad habitual. Se acercó y los dos se alejaron.
- No Andrés, no, por favor, tú sabes mucha música, interpretas magníficamente y además sabes enseñarla.
- Y tú Vladimir, cumples con tu propio consejo. Vives la música y esto te permite interpretar como lo haces. Es un nivel de sensibilidad enorme.
- Sí, sí, amigo, es una cualidad para hacer arte, pero también es una actividad peligrosa para tu corazón. La sensibilidad fuera del violín no siempre es buena – le dijo mientras le ponía su mano sobre el hombro.
Se quedaron mirándose.
Tenía el corazón dolido, como sólo un artista puede tenerlo.
En aquel momento lo tuve claro.
- Bien alumnos, sacar el movimiento número 24 y comencemos. Paula, vamos.

IX

Tras un año magnifico de trabajo juntos llagaba el momento de hacer una pequeña selección, por los respectivos avances y repartirlos en dos grupos de trabajo  a los alumnos. Uno sería el de perfeccionamiento y el otro seguiría el aprendizaje.
Andrés había decidido sin duda que él se encargaría del grupo de aprendizaje y Vladimir llevaría el grupo de perfeccionamiento.
Andrés tenía técnica, más técnica.
Vladimir arte, más arte.
Así debía ser, pensaba sin dudarlo, Andrés.
Para ello debían discutir los alumnos que iban a formar los grupos. Andrés lo tenía bien claro. María y David. David, 24 años, estilo, fuerza, carácter y técnica, claro y María. Ella era una joven prodigio, con 16 años tenía una técnica increíble. Parecíase que había nacido con un violín entre las manos y hubiese ahogado los lloros de su infancia jugando entre las notas de este violín.
David se movía en todas las piezas con una tremenda facilidad. Tenía el arte dentro.
Pero María había nacido para tocar. Las cuerdas lloraban o se reían entre sus dedos.
Tenía una dulce e inocente cara, que al verla interpretar te ibas total y absolutamente de esta realidad. Así se lo dijo, convencido de la coincidencia que iba a tener con Vladimir.
- Vladimir, ¿qué me dices?
- No.
Patidifuso y obnubilado se quedó
- ¿quieres quitar a David?, ¿por qué?, es magnífico.
- No.
No se lo podía creer. María era lo mejor que había pasado por allí en los últimos, al menos, 10 años.
- Vladimir, la elección que he hecho es la que va a ser.
- Muy bien Andrés, mañana ya no vendré a trabajar.
- Pero, ¡qué dices!, ¡qué te pasa!
- Es muy joven, demasiado joven. Necesita más tiempo para pasar a un nivel superior. A los 16 años se es muy joven para ver la vida con claridad y la música también
No quería perderle y él podía tratar y  trabajar intensamente a María.
- Está bien – le dijo mientras se alejaba, ven mañana a trabajar. A primera hora te diré quien acompaña a David en el nivel de perfeccionamiento.
Se fue sin despedirse. Sabía que mentía. Los dos sabían que María era una joya en bruto, pero, por nada en el mundo, quería que Vladimir se fuera.
La gente había comenzado a ir de oyente a sus clases de música para escuchar sus correcciones y oír, sobre todo, tocar a Vladimir. Se le había ofrecido mil veces hacer un concierto publico y él se había negado mil veces también. Pero ya lo tenía cerca, lo estaba convenciendo, sus negativas ya no eran tan rotundas. Lo iba a conseguir, lo sabía.
Se hablaba de él, pero Vladimir sólo se movía con Andrés hasta que en el atardecer y los caminos se separaban y Vladimir se hundía, solo, en la oscuridad de la ciudad.
La gente no acababa de darse cuenta, Andrés sí. Era un autentico genio que podía estar en lo más alto de la fama. Quería dársela.  Andrés lo veía irse, con su gabardina y sombrero desde lo lejos, por el mismo lugar, al mismo ritmo y siempre en la soledad.
Tenía que descubrir qué era lo que le apartaba del mundo. Como ayudarle a vencer esa angustia que parecía tener reflejado en su distancia, ¿qué era lo que atenazaba su alma y mantenía encarcelado a su espíritu?
Se iría a San Petersburgo.
A la filarmónica de allí.
Conocería sus secretos y le haría abrir su corazón y sus penas.


X

Se había puesto en contacto con Arkaia.
La conocía durante muchos años, pues había participado en varios conciertos internacionales, en los cuales habían tocado juntos. Ella era pianista.
El ayuntamiento de valencia había subvencionado actividades conjuntas e intercambios de alumnado, lo que había producido que tuvieran una amistad más intensa.
Necesitaba su bayud para ir a la antigua capital del imperio Ruso, San Petersburgo, de los zares. Cuando nació Vladimir, se llamaba Leningrado en recuerdo del recién fallecido Lenin. Andrés no sólo no hablaba Ruso, sino que además duda mucho que supiera cual se hablaba si no estuviese en la propia Rusia.
Salía de Valencia a las 9'30 de la mañana, en Madrid cogería el avión hacia Berlín. Serían tres horas a Berlín, dos horas de espera y tres de nuevo de éste a San Petersburgo. Llego ya a las 7siete pm y la noche ya dominaba totalmente el ambiente.
El hotel se encontraba relativamente céntrico. Era de trazos modernos y actuales, aun que estaba en el centro de la ciudad y podía verse el precioso centro histórico, pues durante 300 años fue la capital del imperio. Palacios, glorietas, estatuas. Patrimonio de la humanidad.
Vladimir debía para ir allí, coger el carro de su vecino, cuando llevaba la carne de cerdo, para entrar de las pobres barios radiales a las ricas zonas centrales.
Durmió tranquilo, pues bien lo necesitaba.
A las 11'30 de la mañana, apareció Arkaia. Alta y robusta, nariz redondeada y ojos achinados. Muy simpática y agradable. Hablaba un español perfecto, pero la hacía con un acento muy marcado que hacia que los dos se rieran.
Conversaron muy alegremente. Se tenían una amistad muy sana y profesional.
Hablaron de anécdotas familiares y del trabajo, largo y tendido.
En un punto final de la conversación ya,  Andrés le preguntó por Vladimir. Arkaia no lo conocía. Era muy joven para ello, tenia 45 años, unos menos que Andrés. El tenía la confianza que, debido a su calidad, hubiera tenido alguna referencia de Vladimir. Pero, no, no fue así.
- Ahora bien Andrés – los dos volvieron a sonreír al escuchar como pronunciaba su nombre,  cuando era pequeña recibí clases de una ya mayor mujer entonces, en la escuela oficial de música, sigo teniendo una buenísima.
Fuimos a verla.
La casa era de la aristocracía de principios de siglo, antes de la revolución. Estaba hecha a ladrillo descubierto, con unos lkadrillos de un rojo suave. Tenía dos pisos. El tejado era a dos aguas y con pizarra negra. Era bonita, mucho.
Lamamos a la puerta y una anciana nos abrió. Las caras de felicidad entre las dos mujeres eran autenticas.
La anciana se sentó al fondo de un antiguo comedor, totalmente perteneciente a principios del siglo XX y nos invitó a que allí fuéramos. La modernidad artística apenas había entrado en San Petersburgo. Vestía un traje, con bordados, de tono oscuro y tenia el cabello blanco como la leche. Tenía los ojos muy cerraditos, pero con mucha vida y brillantes. Sí, sí, 90 años muy bien llevados. Comenzaron a hablar con mucho cariño, amor y respeto. Arkaia había aprendido gran parte de su técnica y sobretodo el amor al piano. Entre alguna risa y comentario, que por el tono, me pareció cariñoso. El nombre de Vladimir sonó en la conversación e inmediatamente la cara de la anciana cambió totalmente. Abrió los ojos y se dirigió en Ruso a Andrés y éste miró de inmediato a Arkaia.
  • Si está vivo todavía, te pregunta.
  • Sí,
La abuelita giró la cabeza hacia la única ventana que permanecía sin las cortinas cerradas. Estuvo un largo momento inmóvil pensando, hasta que se dirigió Arkaia y esta me preguntó
  • ¿Sigue tocando, me dijisteis?
  • Sí, y dile que es un maestro, un virtuoso, que nos tiene a todos impresionados, que me lo encontré en la calle tocando y así me dijo que se está, desde hace muchos años, recorriendo Europa. Yo le he conseguido un trabajo, en el cual para ir a más debo de saber más cosas de él, -y éste era el motivo que le traía, se dijo para si, quería saber que mal tenía en el alma, que pena en el corazón que le impedía salir del misterio y la lejanía para poder realizarse, totalmente como músico. Andrés le expuso que no dudaba que era grande, muy grande.
Los labios de la mujer, comenzaron a dibujar una sonrisa leve, ligera de ternura y comprensión. Sus ojos cayeron en un momento feliz del lejano pasado y comenzó a hablar, mientras Arkaia le traducía.
  • La mujer nos afirma Andrés, nunca, ni entonces ni ahora ha oído tocar así el violín e interpretar como él las piezas.



XI

LOS TRAFICANTES



CAPITULO I

Los viejos taxistas fumaban apoyados en sus vehículos mientras observaban a los posibles clientes salir del hotel. El portero del bingo situado en la acera de enfrente contaba el número de clientes que salían y cogían un taxi. El último de los taxistas recién llegado a la cola observaba a los qué entraban en el bingo un martes a las ocho tarde y no eran, claramente, jubilados. La mujer en la recepción del propio hotel, entre los clientes, vigilaba constantemente al portero del bingo. Estaba enamorada de él y éste de ella.
Pasaba, Andrés entre este fuego de miradas, sabiendo que existían y lo que había. Estaba al tanto de todo.
Los coches comenzaban a acerar los motores para coger la carreta de salida, mientras los de la calle ayacente que se acercaba hacia la salida hasta encontrar el semáforo, esperaban impacientes. En una de los coches que esperaban, estaba, para tomar la primera salida el vigilante del hotel. El resto se iba, plácidamente, a sus casas situadas en las urbanizaciones en las rodalías de la salida.
Era su séptimo mes trabajando aquí. Estaba ya cansado de esta misión.
El director del hotel volvía sobre las ocho, como casi todos los días de la semana a ver a su amante, la administrativa de una de las oficinas más grandes del edificio de despachos contiguo. Los dos mentían, todos lo sabían. En una hora y cual reloj, habían terminado y cada uno a su casa. El dueño del hotel tenía chófer que tranquilamente se esperaba, mientras consultaba asuntos en su móvil, a que su jefe, pegara el polvito, como le había dicho a Andrés en alguna ocasión.
A Andrés le importaban bien poco todos los asuntos sobre el director, la buscaba a ella. Estaba allí por asuntos máximos de venta de armamentos y trafico humano. Tenía ganas de llevarse a la hija de puta con la pistola en la sien y no tener que cobrar entradas de salida a cuatro capullos.
A las ocho y media de la tarde, pasaba, en su turno especificado, el coche de la policía. Azul oscura y con luces azules también pero claras y luminosas que llamaba realmente la atención. Aun jugando en el mismo bando no se conocían. Andrés era de la secreta y sólo lo sabía, para el disgusto de ella, su madre. Siempre el policía de la nacional observaba con su vista las dos ceras en su completo, bingo, hotel, taxistas, clientes y a Andrés, de arriba abajo. Los policías se huelen entre ellos.
Terminaba la jornada a las once y tenía la parada del metro justo en la puesta del trabajo.
La señora, que su primer impulso había sido siempre detenerla, subió. Parecía que fuese a matar a alguien cada uno de los días que subía. Con una cara impertérrita y siempre una chaqueta, verano o invierno, observaba a todos los pasajeros uno a uno. En su parada, por horarios comunes siempre se producía el cambio de turno de las cajeras y siempre la que se iba con la que venia, mantenían una exagerada conversación contándose la una a la otra todas las penas y dolores que las perseguían. Llegó a casa y se quitó la pequeña pistola automática calibre veinticinco para dejarla en el cajón del mueble de la entrada. Silvia, su única hija, sabía de su peligro. En muchas ocasiones, como aquella noche, su mujer estaba fumándose un cigarro en el balcón de su casa, en el cual pasaba bastante rato observando a todos aquellos grupos de personas que se reunían a tomarse un copa en la nutrida calle de terrazas. Tenía una llamada del inspector jefe. Debía de concertar una cita en aquellas horas que no trabajara. A la que perseguía era a la dueña del hotel y Andrés no debía llamar en absoluto la atención por sus ausencias. Andrés pensaba, irónicamente, que se va a ganar el titulo de trabajador del año y que le va a pedir al jefe de departamento que el salario que le paga la matona dueña no fuera a la cuenta del departamento sino a la suya. Le dirá que no – lo pensaba y lo sabía.
Al día siguiente, convencido que iba a ser un día como cualquier otro, con la máxima -imposible tener más, se decía él, resignación, se encaminó hacia el garaje. Tras dos matutina horas de gente llegando al trabajo con prisas y con mucha falta de almohada, apareció la peligrosa dueña en un lujoso Jaguar negro.
Del asiento del copiloto, salio su joven amante putito que ésta gastaba. Alto, musculado, guapo y, me imagino, armado. Se puso de pie y miró a todo su alrededor mientras la dueña, Paula, sacaba las piernas libres hasta las rodillas. No era de una gran belleza, pero no le hacía falta para atraer a todos los allí estuviesen. Llena de estilo, insultaba a todos los que la rodeaban con su mirada.
Iba armada seguro. Fijándose en las otras veces que la había estado, vio que llevaba normalmente, o al menos en el hotel, una pistola, por su delgadez, automática, en la parte trasera de la cintura. Con chaqueta no se veía el bulto, salvo aquel día que ese agacho y lo pude ver. Calibre, al menos treinta y ocho. Allí se quedaron, de pie al lado del coche, mientras Andrés, tratando de disimular al máximo su investigación, salió a barrar por las afueras de la cabina. Apenas dos minutos después, un coche americano y negro también, bajo las rampas y aparcó. Salieron tres hombres y una mujer, y también atentos a que que hubiese, se acercaron hacia la pareja primera. Se dieron las manos y subieron por la puerta de entrada al hotel. Andrés saco su móvil y dijo “la pipa está llena de tabaco”. La operación comenzó. Están todos, ¡vamos!, pensó Andrés.


CAPITULO II

domingo, 7 de diciembre de 2014

LA VIEJA Y LA NON-PHILOSOFIE



Cada paso que daba hacia el bar circunvalando el pobre barrio de las afueras de la ciudad me alejaba más de la desesperación propia de la modernidad.
Lo repetitivo en el error, la continuación del engaño, me mataban, me hacían cojear en el camino a ningún sitio. Era en el sucio barrio donde encontraba la diferencia y el Hachís que la vieja madre del traficante que mataron en un ajuste de cuentas, me guardaba por la amistad que tuve yo con él.
Venía recordando la cara de mi jefe, por un lado, en la cual el dinero había tatuado gritos de muerte que jamás los iba ya a perder y también la desconsolación de mi compañero en el despacho que sin peligro económicos, estaba desesperado pues buscaba siempre un sentido a su vida, navegando entre mares de la trascendencia y acababa siempre de la mano de los Dioses llegando a la playa.
La vieja me abrió la puerta. Los ojos fríos y la sonrisa imperterita me recibieron. Sé que le gustaba tenerme allí. Era diferente a los que habitaban el barrio, ella era consciente de mi consciencia de la miseria en la que vivíamos. Nos alegrábamos de vernos y nos sonreíamos. Era como dos mundos diferentes, que se deshielan juntos bajo los rayos del sol. Estar con ella me era como huir de la vulgaridad, de lo repetido, de lo que encadena, de los que me dijo la amiga de mi amor, en aquel bar donde las conocí a las dos, cuando me machaca la filosofía del Non-estándar. Hastiado estaba de flotar por la mentira de la realidad huyendo hacia lugares que no existen.
No eran muchos, no, pero con los gramos que me vendía hubiera tenido que ir, con seguridad, al menos a dar explicaciones a la comisaria. Cuan poco me importaba y cuan a gusto me gustaba nadar en la ilegalidad, pero no por beneficio, sino por esconderme un rato, a veces, de mi propia mirada correctora del ¡qué haces!, que las costumbres, hábitos, ideologías, principios habían marcado a fuego a lo largo de mis brazos.
No me preguntaba por mis hijos por que sabía que era lo que más me hacia sufrir ante la miseria del mundo, no me preguntó por mi mismo pues sabía que yo no sufría pues me sentía lejos y sólo observaba, no me preguntaba por mi mujer por que sabía que se fue con otro pues a mi no me interesaba el coche que a todas sus amigas sí. Me habló de su hijo, pues ademas de marginación que los dos le dábamos a la vida usual, era nuestro único tema de conversación.
Sentados en el último rincón de la vieja casa, allí donde las preguntas sobre la realidad no se amontonaban en la puerta de mi alma, donde mi espíritu volaba en la libertad de no sentirse diferente, mediamos y pesábamos los pocos y humildes gramos que me llevaría. Ella fue, por necesidad, la que introdujo a su hijo en el trafico. Gano mucho cash, mucho, hasta que lo mataron.
Pasó tres años buscando a sus asesinos entre los otros clanes de los barios marginales. Pero no era una madre que iba a querer con desesperación a la sombra de una alegría convertida en la realidad de una tristeza y pronto se dedico a vivir desde la tranquilidad que su hijo le dejó en forma de dinero y risas.
Tocaba su fuerza, disfrutaba con el dulzor de su potencia. A sus setenta y dos años ya, hubiera pateado y sacado por la puerta, si de virtud y valor psíquico habláramos a muchos de los rompeculos y chupapollas que compartían sonrisas en mi bufete, que me daba para comer, fumar y conducir y nada absolutamente nada para mi persona-
Me fui. La melancolía se enrosco en su mirada pues otra imagen de su “pollito”, de “ese hijo que fue mi alama” se iba por la puerta, ahora duró sólo tres metros hasta que yo me giré, le guiñe el ojo, me metí la manos en el traje y me fui. Todos me conocían y me podía pasear por allí, vestido con un traje de chaquetas de aquellos que se creen libres y están atrapados más que ninguno.
Llegué a casa. Desenvolví el asunto. Lo lié y lo comencé a fumar.
Conseguí volver a mi inmanencia.
Deje de huir hacia unas explicaciones que me sacaban de lo que hay.
Las realidades virtuales me mareaban y sólo me sentía bien observando la punta de mis pies descalzos sobre el sillón, repitiéndome que eso es lo que había.
La reflexión sobre el mundo era muy útil, constructiva, fructífera, pero me había prometido a mi mismo que jamás volvería a huir hacia lo que no existía pues me costó mucho salir de engaño y lo pagué con cosas muy caras.
Non-philosophie -me decía, mientras llegaba a observar el mar desde el ático que empeñando mi vida futura había comprado en el mejor sitio de valencia y mi Carmen, mi ex mujer me permitió quedarme pues el gran, magnifico e impresionante empresario como regalo de su boda le había doblado con otro inmueble.
Añoraba más la falta de mentira del pequeña casa de la verdad donde vivía la vieja que el lujoso palacio de la mentira donde todos, pero todos, alguna vez tenemos ganas de instalarnos y vivir.


 La mentira, si tienes dinero, es cómoda, la verdad, siempre, siempre es más difícil.

sábado, 6 de diciembre de 2014

ERMITÁNEO





Y en la mesa de mi trabajo, cabeceo y me duermo.
Lejos ahora de ningún control, mis parpados bostezas y se alzan a media asta.
Una vez resignado, la tranquilidad y el sueño me invaden.
De pronto escapas de todas las supuestas responsabilidades y el sueño nos entra como a un niño tras todo el día jugando en el parque.
El asumir la culpa ex profeso, sin comprender que es un término vacío, es un hecho cotidiano.
Nos cuesta comprender que el mayor avance no es cambiar, sino asumir, sin resignación, lo que hay.
Cuando eramos unos chicos, en mi caso, pequeño, la felicidad es grande, en cuanto que no te sigue ninguna necesidad de realización o es su defecto, de paga de errores.
Cuando crecemos, nos encontramos con la necesidad de superarnos, de avanzar, de construir, e inmolarnos en el suicida deseo de realización vital. No nos podemos quedar contemplando la vida con lago de tranquilidad. Que el tiempo se va, te dicen los pajaritos a tus oídos.
Los niños, pueden pasar horas y horas, perdiendo el tiempo y esto les lleva directamente a la felicidad.
La ansiedad por ser, por llegar, por hacer, nos lleva a la desidia de la insatisfacción.
Entiendo como más fructífero para las personas, que dejásemos a un lado la necesidad última y única de una supuesta realización y dejásemos corretear la vida por nuestras venas, pero sólo como eso, como vida.
Observar desde la ignorancia, la belleza y complejidad de la natura, es un hecho igual de reconfortante y realizador que, digamos, el reconocimiento de un hecho o ideas, referente a tu persona y aplaudidas públicamente.
- ¿Hablas de los ermitáneos?
- No, hablo de vivir desde la consciencia de nuestra pequeñez y humildad. De la poca trascendencia de tus actos y palabras.
Ante esto, sólo hay dos salidas. Una sería el fin en manos de alguna criatura Divina, ante la que nuestras dudas y conclusiones cadecerían de sentido y la otra sería un sin fin, una falta de motivo necesario para la desaparición, un momento puntual en el infinito.
Por propia definición, si el tiempo no tiene fin, los acontecimientos, personas y cosas, aparecerán de nuevo.


 Ante esto último, viene la proposición de la vida desde una óptica desenfadado respecto al motivo último de ella. Hagamos y tengamos un comportamiento ético y moral propio y necesario para la vida en común, pero que nunca jamás nos inquiete la falta de sentido y sí que nos preocupe la incapacidad de disfrutar el momento. Esto es lo único que hay. Y no es resignación. Es verdad e ilusión.

jueves, 4 de diciembre de 2014

LA NUEVA FILOSOFÍA




Un nuevo lugar del eje ha venido.
La comprensión del punto que se expande se tiene ya por inútil.
Tratar de meterse en la Ontología y Cosmología propia de la realidad y desde aquí explicarla, es una inutilidad.
La renovación constante de la filosofía es la imagen patente del camino hacia ningún sitio.
No podemos explicar y sólo nos queda la descripción; ésta es más útil y fértil.
Sólo nos vale la experiencia, descripción y lectura de aquellos hechos vividos por el que tenías a tu lado y  los tuyos.
Las vivencias reales y las que esta persona ha tenido, más tus vivencias propias al imaginarte lo escuchado, es todo y lo único que hay. Cualquier intento de buscar una estructura en desarrollo explicativa de la realidad, está condenada ya, antes de nacer al fracaso.
La Filosofía debe pendular en la búsqueda de situaciones explicativas de los hechos con la intención de construir unas figuras estéticas de funcionamiento. Estéticas, es decir, formas, maneras, situaciones, estructuras de los sentimientos y antecedentes del pensamiento, que dibujen una explicación puntual en esos momentos y una siempre posible aplicación en la realidad tratando de actuar según hemos creído ver situado en nuestros estudios.
A no ser que sea un proceso religioso cuyo fin, en el que caso que llegue, será la paz en la quietud, cualquier otro proceso explicativo estará siempre sujeto a una posibilidad de cambio. No hay ningún tipo de eternidad. Es decir, ningún absolutismo cognitivo, así que por muy seguro que estés no hay finitud en las posibilidades.
En el caso de experiencias y vivencias, acompañadas de reflexiones in situ, no necesitan de totalidad para estar totalmente llenas de verdad. Reflexiones, sí. No es sólo especificar lo que sientes, sino, estudiarte y trasmitir el por qué y el cómo, estructurado y explicado todo el proceso. Es una vivencia propia como verdad primera, absoluta, que existe per se.
Compartir y o construir estas vivencias son la única manera de encontrarle un sentido y aplicación a la Filosofía.
Que tus actos hayan sido, por ti, reflexionados, estudiados y, desde unas concepciones propias, proyectados, esto, puede resultar un elemento explicativo máximo para un individuo cualquiera que lo lea.
Es la filosofía elevada a su máxima potencia.
Es en aquel momento puntual la máxima y total explicación con la identificación de pensamientos.
Es la mejor manera de poner los pies en el suelo, captar la realidad.
La Filosofía, o mejor, la capacidad que tenemos para tratar con entidades abstractas, ideas, conceptos, números y funciones, que no se quede en un puro movimiento pasivo.
Que actúe, que la filosofía está para dar forma propia a nuestras sensaciones y pensamientos, no para actuar con el principio ontológico, sino como elementos ilustrativos y configuración de una realidad estética, de la que no sabemos su razón de ser, pero si la forma que adquiere en determinadas circunstancia.
Ahora bien, la aplicación de datos debe de ser exhaustiva. Vivencias interconexionadas, razonamientos datados, sensaciones interiores.
Si entendemos la Psicología como ciencia de la psique, es decir, nuestra alma, espíritu, conciencia, pensamiento o como se quiera denominar, será hacerla cada uno como propia suya y tras esto hacer la suma y su conclusión de estas vivencias individuales. Dimensionándolas siempre y ante todo como vivencias.
La razón humana, aplicada hacia nuestra propia comprensión Ontológica es un elemento integrante de la definición, imposible, entonces, la definición.
Aquí no tiene cabida ningún concepto ontológico formativo de nada.
Es la filosofía a ras de tierra.
Si recurrimos al origen etimológico de la palabra filosofía,, pareceser que hace referencia al amor al razonamiento discursivo sin primera persona.
La Filosofía actual debe de salir de la persona como idea, de asumir la unidad como la suma de individualidades y su necesaria construcción a través y a partir de sus propias imperfecciones e irracionalidades.
La filosofía clásica es pura metafísica, el idealismo es una versión absurda de la realidad, el racionalismo se queda fuera de ella y el empirismo se quedó en el método y no en la filosofía.
Los vitalismos, empolvan la metafísica, pero sigue siendo ella.
Los existencialismos, la desprecian pero actúan frente a ella.
La Filosofía debe de dejar de tener un espíritu a quien perseguir.
La filosofía son narraciones propias o vividas en otros y sus consecuentes, deducciones y conclusiones. Siempre dentro de la inmediatez.
























viernes, 28 de noviembre de 2014

LA INMUNODEFICIENCIA ADQUIRIDA Y LA CEGUEZ SOCIAL



Es bueno que los niños llegue sucios.
Es malo que los niños se eduquen en la burbuja de la limpieza.
El contacto con los virus y bacterias exteriores, siempre que no sean mortales, es un elemento que fortalece el sistema inmunológico y evita enfermedades posteriorers. El cuerpo está preparado ante los males exteriores.
Exactamente lo mismo nos pasa a todos, ya sean niños o seamos adultos, con la miseria que hay en nuestras calles.
Imagínensen que viviésemos en una ciudad en la que todos tuviesen casa, al menos para ducharse y arreglarse y tuviéramos todos ropa, más o menos buena, pero limpia y no rota. Pobres y ricos, pero situaciones mínimas. Higiénicas y dignas. Si aquí amanecieran por la mañana y se encontraran una pobre persona, me es indiferente las causas, alcohol, emigrantes, pobreza, infortuna y demás que nos encontramos ahora por las calles, no saldrían de su asombro e intentarían ayudarle.
¿Aqui y ahora?, no, nunca, jamás ¿por qué?, porqué estamos curados de espanto.
Desde pequeños nos hemos criado viendo gente tirada en las calles, viviendo en el suelo, vistiendo trozos de tela, como perros. Pidiendo, buscando en la basura y otras situaciones similares.
Estamos curados y ya pasamos indiferentes ante estas situaciones que en una mínima situación normal, debía de producir escándalo y compasión.
Marx: traigamos el cielo a la tierra, Jesús el Nazareno: Repartamos amor, Kant: No hagas lo que no quisieras que te hiciesen y otros nos han dicho lo que para nosotros no han sido más que cuentos.
No reaccionamos, no sentimos escándalo, de ver personas, seres de nuestra misma especie, genero y en muchas ocasiones raza, país y ciudad en esas condiciones. Nos importa bien poco.
Estamos completa y totalmente inmológizados respecto al sufrimiento de los demás.
Tres de cada cuatro noticias en televisión son de lo mal que lo pasan algunos ¡Cómo nos vamos a preocupar de uno más!
Hasta que no volvamos a comprender que ese uno es igual de importante como si fueran todos poco remedio hay.
Quizás hacerles comprender a nuestros hijos que eso, que vivan en la calle revolcándose en basura, no es una normalidad, sino un error y defecto de todos.
No nos hagamos insensibles ante el sufrimiento ajeno.
No dejemos que nuestra persona se olvide de este mal social y seamos capaces de pasar al lado de una persona con este sufrimiento sin que sea capaz, ella, de concentrar nuestra atención.
A una gran inmensa cantidad de personas que formamos esta sociedad nos llama más la atención los zapatos de aquel hombre o el bolso de aquella mujer que el pelo sucio y las lágrimas en los ojos de esa madre mayor pidiendo dinero para dar de comer a sus hijos en la puerta del supermercado.
No sé la solución. No pido nada. Sólo describo. Seamos consciente de que esto existe pero que no lo vemos ni sentimos por la inmunodefieciencia adquirida.

Que poquito caso le hacemos al dolor y al sufrimiento que tenemos a nuestro lado, nada más salir de nuestra casa.

jueves, 27 de noviembre de 2014

LA GRAN MENTIRA




Mareado y confundido dejo el periódico, apago la radio o quito mi vista de la televisión.
No, no soy yo el que me equivoco.
Son ellos los que lo están haciendo mal.
Porque mi potencia vocal es limitada, si no, mis risas cada vez que me encuentro con la prensa y me detengo e intento leer con interés alguna noticia de actualidad, referente normalmente los debates públicos de muchas cuestiones en general, se oirían en toda la ciudad.
Me niego a admitir que es un mundo a parte y funciona tal y como nos lo pintan y yo, desde la lejanía y la extrañeza no llegaré a comprender. Óiganme, traidores, que la vida la practicamos todos.
No hablo de otras posturas políticas, abogo por un cambio de talante. Pido por un cambio esencial en el desarrollo. El sitio de llegada es secundario si el camino es llevado correctamente.
Un tanto por ciento elevadísimo de aquellas personas que tienen ya sea en el campo que sea una gran audición, falsean el momento dando el color que ellos quieren que veamos y nunca pero nunca jamás el que ellos ven.
Lo sintamos o no, lo sientas o no, vamos a darles al publico, lectores, oyentes, lo que ellos quieren oír, independientemente de las cualidades o verdades que este mensaje y formas contenga.
Y esto no es sólo una verdad, si no que se estudia y se practica para que así sea.
¿Qué se creen Ustedes que se estudia en los grandes cursillos de ventas y demás?
Como manejar al comprador, como llevarle allá donde tú quieres a fin de conseguir el objetivo.
Se estudia y trabaja con éxito y validez.
¡Grande, eres grande cuando así lo haces!
La manipulación es un hecho extendido y practicado.
La gente no ve ni se da cuenta que esta acción es un elemento primeramente calificativo de aquel mundo en el que nos movemos y vivimos.
Se toma y se practica como una normalidad absolutamente admisible, comprensible y útil. ¿Donde se coge la baja de esta normalidad?, dicídmelo.
La mentira, disfrazada de buenas intenciones impera.
Tenemos la costumbre de calificar las opiniones como ésta, de un radicalismo fuera de lugar y de uso. No se consideran como producto de la reflexión ni se las piensa como abrigo de alguna solución.
No somos malos por naturaleza, pero si que la tenemos corrupta y degradante. Es difícil, muy difícil no venderte, olvidarte y confundirte, teniendo la mala acción sólo al abrir la puerta de casa.
No nos escapamos del engaño del dinero y del poder.
Huyamos de la ética imperante, no tengamos miedo a la diferencia. Atrevámonos a darle los adjetivos correspondientes a las cosas.
Odio y detesto la expresión “tiene que ser así”, cuando alude a un cambio importante.
No pido ni promulgo una imposibilidad.
No construyo un sistema económico o social, pero abogo firmemente por una variación radical en las relaciones de las personas, en la actitud y talante del individuo hacia los demás.
Un cambio al nivel educativo de los individuos.
Hasta que no veamos que todo radica en un cambio de actitud hacia el mundo circundante y la manera y forma de los objetivos a realizar, el sistema, modo, partido o política, seguirán malfuncionando como ahora mismo.
Y ¿cómo vender? En esta milonga que nos forma, trabajaré al supuesto comprador, dale lo que quiere, construye las frases así, dale este orden a los comentarios, ganate su confianza, hazle ver tu profesionalidad, ves elegante, utiliza adjetivos descriptivos y calificadores, sonrie y etc, ¿por qué?, porqué el producto es secundario y el asunto primario es el vendedor, el o ella. Esto es un hecho que refleja tremendamente la falta de sinceridad existente.
El objeto y asunto pasa a ser un segundo lugar.
¿Es producto de nuestra ignorancia e incapacidad propia de cada uno o de la acción sumamente interesada del vendedor?, ¿compramos aquel trasto que no queríamos por qué la vendedora nos pudo o votamos a aquel partido por las expresiones tan correctas que daba aquel político?
¡oh!, ¡Sacadfme de la mentira de las formas y llevadme a la inocencia del contenido!
La realidad se convierte en un mundo constituido y formado por los intereses.

La belleza, fealdad, bondad o maldad, depende del poder, única y exclusivamente.

martes, 18 de noviembre de 2014

EL LOCO



Ya no puedo más.
Me siento insoluto.
Ya no tengo dudas sobre mi, es el mundo externo lo que me descoloca.
No siento que me equivoco. Son los demás los que llevan mis pensamientos a los cuchillos de la cocina.
Avergonzados por lo vacuo de su cuerpo o lo débil de su alma llevan la mentira del chantaje a mi alredor.
Ya no puedo más.
Ya me siento disoluto.
Pero sé que no me equivoco.
Tiro por la borda cualquier revolución y que me dejen solo en mi locura si esto eso lo que siente como cordura y normalidad.
Se bañan y lavan todos los días en intereses propios y nadie jamas disfruta del perfume de la verdad.
Loco hago circulos concentricos entorno a la mentira que han elegido como eje del circulo de la normalidad.
Ya no puedo más.
Me siento insoluto.
El músico y el poéta que canta me llevan por el camino de la tranquilidaden el olvido.
A un lado dejo en nauseabundo olor que enturbia mis oídos.
Yo no soy el engañado, yo no estoy ciego como los demás.
El ripmo acelerado de los pistones del motor de la ciudad no me producen ceguez y no me tapan los ojos.
Ya no puedo más.
Me siento insoluto.
Hundido en el inabable sin fin del mar de la mentira me ahogo por no poder respirar en ella.
Peces de todos los colores se alimentan y viven en el coral del engaño.
Los grandes tormentas de de la publicidad, vuelven al orden el desorden primero.
Ya no puedo más.
Me siento soluto.
Decidí que sólo en la gran locura podía esconderme
En mi Dios me escondí empujado por las formas falsas.
Pero !cómo pude no reconocerlas entonces¡
Tengo tatuadas las sonrisas que insultaban.
No me arrepiento de lo que pienso en desde la verdad de mi locura

sábado, 15 de noviembre de 2014

LA ALEGRÍA




La actitud con la que te enfrentes a la vida es, sin ninguna ni la menor duda, el elemento fundamental para su diaria valoración y actuación.
El es viejo y repetido dicho de la ilusión fundamental con la que hay que trabajar diariamente.
Pero os voy a llevar más lejos, o con reflexiones que ya hicieron aquellos que ahora, desgraciadamente para mi pues se les acota terriblemente, son llamados filósofos y dos lo personal, interno y vivido, quiero decir, unas puras y duras experiencias personales.
Sobre todo las escuelas Helenistas, ya sean los Cínicos, Estoicos, Hedonistas, Escépticos o Eclépticos, hacen una lectura Ética y comportamental sobre la vida y nos tratan de indicar como enfrentarse a ella. La vida conseguirá su realización fundamentalmente según cual sea tu actitud con la actúes sobre ella. Saber permanecer aparte a los movimientos que te arrastran de las pasiones, saber actuar por encima de los formalismos sociales que se te imponen y te hacen desaparecer, saber que estamos y somos seres nacidos, no para sufrir, sino para disfrutar, entender que no hay una idea o modo absoluto y que podemos obtener detalles de un sitio u otro y demás son los elementos que barajan todas estas escuelas, con el objetivo de buscar una acxtitud personal para obtener la realización como persona y la consecuente felicidad.
Pero aquí no acaba el tema y a lo largo de la historia y llegados al llamado modernismo, el racionalismo o empirismo, nos hablarán de una realidad construida tras pasar por el filtro de nuestra mente. No hay una realidad absoluta, trabajamos y conocemos aquello que tenemos dentro de nuestra mente y esto es construible y modificable. La vida es una imagen formada y constrida por nuestra persona.
Y en tercer y último lugar, y en esta posición sólo y únicamente por razones narrativas, está la experiencia personal y el concluir y deducir que según este mi corazón en ese día o aquella mañana veo a la gente sonreír o las oscuras nubes de la soledad cubren el mundo de toda mi persona.
Grandemente convencido estoy de la totalmente manipulación propia de la realidad circundante y esto será resultado de tu preactitud hacia la vida.
Ni los colores existen ¡que verde tan bello!, me dijo aquel y yo me quedé pensando que tendría el en la cabeza cuando señalaba aquello que yo estaba mirando.
No hablo de un total relativismo cognoscitivo, sino de un elemento Antropológico de comprensión del mundo que nos rodea.
Aristóteles nos definió y nos diferenció del resto de los animales por nuestra sociabilidad y nuestra curiosidad por lo que nos rodea. Sí, cómo no, el conocimiento físico, biológico, natural, matemático y técnico es indispensable para nuestro desarrollo.
Pero y esto es un principio indiscutible, la curiosidad y la búsqueda de la mejora interior es sin la menos, si la mas pequeña duda, el camino y la búsqueda de la mejora humana.
Podemos encontarnos ante una persona absolutamente desgracia sin tener que hacer el más mínimo esfuerzo para su sustentación en todos los niveles y seguro que hay personas contentas consigo mismo y felices que tengan que andar silbando un kilómetro para comprar un litro de leche.
La felicidad está única y exclusivamente en tu actitud personal.
Nada, absolutamente nada fuera de ti mismo te da la felicidad.

A no ser que decidas ser un fantasma, sin sentido y sin lugar, deambulando entre las riquezas físicas.

domingo, 9 de noviembre de 2014

LA FILOSOFÍA Y LAS REFLEXIONES




Por más que me duela, hay una gran diferencia.
Hasta hace poco, llegué a pensar que la filosofía era una una correcta reflexión nomás.
He estudiado y leído bastante pero fue antes de ayer, leyendo a Quine, en en libro sobre las utilizaciones del lenguaje, cuando me di cuenta y me sentí mucho más cerca de la definición de la que tanto huía que dio, de ella, uno de los más grandes pensadores que ha habido nunca, el filósofo (1), Aristóteles.
Ante la dificultad de entenderlo y la multitud de veces que lo tuve que leer, a Quine, para obtener una comprensión de las idas de este hombre sobre las proposiciones descriptivas de las qué hablaba, fui consciente de la dificultad que en nuevas circunstancias puede tener para su comprensión la Filosofía. Tenemos la costumbre de leer primero a un especialista (así me enseñaron y así estudié) o escuchar a un profesor y más tarde ir a los textos. Ante esta operatividad no nos damos cuentas del movimiento técnico en la utilización de ciertos componentes abstractos y los leemos como un hecho absolutamente reflexivo pues entendemos y trabajamos sobre una realidad ya descubierta y entendida como normal que nos ha dado nuestro profesor o nuestro libro introductor.
Aristóteles nos hablaba de ciencia, trataba a la filosofía como pensamiento puro y como una ciencia más.
Los términos abstractos eran tratados, estudiados, estructurados y tratados de una manera científica, es decir objetiva, estructurada, relacional, constructiva.
Pero tras él, como dirá, aquel que se autoculpa, la filosofía morirá. Bueno éste, Nietszche, la hace morir algo más pronto, con Sócrates y la llegada del sentimiento e interés a la hora de la investigación. La Filosofía deja de ser ciencia, en cuanto que deja de ser un saber puro y se convierte en un saber condimentado por los intereses y perspectivas.
Todo esto es para decir que Quine sí que hace filosofía al tratar temas lingüísticos y perceptivos de maneja objetiva, ordenada, analizando y concluyendo.
Llegado el siglo XX y ya a finales del XVIII, la Filosofía perdió definitivamente su ser y comenzó a trasformarse en pequeñas o grandes reflexiones basadas sobretodo en interiorismos y experiencias internas. Esto no es filosofía. Esto son reflexiones. Hagamos de la filosofía un conocimiento aséptico a las emociones. Construyamos una ciencia analítica, objetiva, estructurada, con definiciones y relación entre los términos.
Este escrito es una reflexión, una intención, una opinión, un reflejo, pero jamás es un articulo de Filosofía, pues no discuto, analizo aclaro ningún concepto técnico. Doy mi opinión y comparto mis pensamientos.
La filosofía hay que elevarla algo más.
Hay que darle un rango más, si no queremos que se pierda.
Las reflexiones ontológicas, por ejemplo, son válidas para la comprensión, es ciencia de los existentes, pero ha perdido toda su validez pues la filosofía es entendida como la opinión de uno y no como un estudio científico con la realidad y verdad que hay en él.
Las reflexiones son un elemento de expresión y comprensión grande. La personas lo necesitamos para crecer como tales.
La Filosofía es un tipo de conocimiento con una aplicación empírica. Repito, no estudio, pero sí aplicación empírica.


(1) Hasta la edad media en Europa, éste, Aristóteles, era conocido como “el filósofo”

jueves, 6 de noviembre de 2014

LA VIOLENCIA




La violencia no es una acción necesaria y los mejores no la utilizan.

La violencia es símbolo de incomprensión o incredulidad hacia lo

circundante.

La violencia viene provocada por la desinserción propia del 

individuo.

La violencia surge cuando no comprendes al contertulio.

La violencia acude cuando la razón permanece alejada de tu 

persona.
La violencia existe en nuestra colectividad, se podría contar, 

cuantificar y calibrar, los elementos y en qué medida la provocan 

en nuestra sociedad.

La violencia surge ante la sinrazón de los modos de las acciones.

La violencia aparece ante la desconfianza de las multitudes.

La violencia, o es trabajada o se está convirtiendo en un mal 

crónico y en una patología adquirida.

La violencia es la salida para los que no piensan.

La violencia es la reacción de aquellos que no saben defender sus 

creencia y su persona de otra manera.

La violencia es difícil de justificar, mientras que su no utilización, 

siempre es admirada.

La violencia es utilizada como medio de imposición de las ideas 

ante el desprecio de los demás.

La violencia no es un hecho natural y biológico, si no es una 

malformación de las relaciones dictadas por la humanidad.

La violencia se extiende por todo el mundo, pero en algunos lugares

 de éste, su normalidad es máximamente peligrosa.

La violencia fue utilizada por aquel tonto que pensaba que sería la 

base duradera de sus intenciones.

La violencia es un mal permitido por sus muchas formas que tiene.

La violencia actúa en más ocasiones desde las esquinas del teatro 

que no en el centro del escenario.

La violencia es admitida y naturalizada por mucha gente.

La violencia, de su violencia, no son conscientes muchas personas.

 Insultan, desprecian, minusvaloran, gritan, humillan y más cosas, 

haciendo actos aceptados desde el punto de vista que no tienen 

ninguna sanción.

La violencia, como medio de aprendizaje es eficaz para enseñar 

vacuidades sin repercusión ni importancia.

La violencia como modo de operar no es efectivo como realización,

 ni para el que la produce ni sobre el que recae.

La violencia es un signo de debilidad mental.

EL GATO Y EL AMOR



Aquella mujer me preguntó sobre la vida mientras envolvía en ella cuando me miraba para que le respondiera.
¿Somos razón, inteligencia, ansiedad de conocer?
Me seguía interrogando, cerca, muy cerca de mi con hermosa mirada y la vida me entraba en mis venas y me aferraban a mi ser.
Pero ¿donde encontraremos nuestra realización?, ?¿en las investigaciones teóricas, en el conocimiento?
Seguía hablando, mientras yo sentía, en compañía de su sonrisa, como me sentía más y más vivo que nunca.
Le dije, ¿acaso tú has visto a un gato llorar?, o ¿maullar de tristeza al estar alejado de su gatita?, o ¿acariciarse lentamente bajo la luna llena?
No - me dijo, mientras sus pestañas parpadeaban, ondulantes e inocentes.
Y seguí ¿tú piensas que un gato no piensa cuando debe de calcular la distancia y el momento en el cual disparar su cuerpo para atrapar a su presa?, o ¿no razona cuando recorre su territorio y lo vigila buscando cambios y diferencias de la ronda anterior?
Bueno debe de hacer, claro, es un calculo necesario – me dijo mientras muy suave y pausadamente se retiraba, entre mis sueños, su cabello que le caía por encima de su nariz.
Y siguió preguntándome mi opinión sobre esta temática. Inteligente, curiosa, inquieta. Mi alma seguía escandalizada ante los sentimientos que en ella surgían.
Pero, nosotros también razonamos y mejor que los animales – siguió
Sin duda – continué
Entonces – se dispuso a preguntar mientras se inclinaba un tanto más hacia mi persona, ¿qué nos diferencia realmente de ellos?, ¡qué es lo que al ser humano nos hace ser lo que somos?
¿Quieres saber mi opinión, de la que estoy absolutamente convencido?- le dije mirándola y perdiéndome entre sus ojos oscuros.
Sí, tengo curiosidad – me dijo, ya casi nariz con nariz.
En aquel momento decidí ser persona y dejar escapar aquello que nos diferencia de todos los demás animales.
La bese y ella a mi.
Me sentí más persona que nunca.
Los cefalópodos, cualquier sepia o pulpo, también razonan y piensan.
Los delfines se comunican.
Los chimpancés tienen sociedades.
Pero ni uno, pero ninguna, se besan como lo hicimos ella y yo.
Lo que caracteriza y diferencia al ser humano del resto de los animales, es nuestra capacidad para tener sentimientos complejos y secundarios por encima de nuestros instintos primeros. Un pequeño pajarito no hecha de menos la suavidad de las plumas de su mami, sino la comida que ella le trae.
Ella se fue.

Y yo viendo a los gatos razonar, recorriendo sus posesiones, pensar el lugar donde esconderse, lloré su ausencia balo la sombra de las estrellas y fui ser humano, muy ser humano.