jueves, 31 de marzo de 2016

EL EDIFICIO CALIGARI (PARTE PRIMERA)





Abrí  la puerta, como cualquier otro lunes, dispuesto  a irme al trabajo.
Entre abierta tenía Arturo, la puerta  enfrente a la mía en el tercer piso.
Era, como todos los vecinos del edificio Galigari, unas características  algo especiales y particulares.
Al oír el ruido de la puerta que se cerraba, la miá, salió urgentemente a encontrase de casualidad conmigo.
Llevaba puesto, como de costumbre, un gorro de vestimenta de frak, negro, muy limpio y aseado..
- Hola, Andrés, ¿qué tal?,  yo muy bien, aquí, escuchando la radio sobre el tiempo que tendremos esa semana por si acaso se me ocurría salir - cosa que nunca hacía . la comida  demás artilugios  para vivir en aquel piso, se las traía la mujer que iba a limpiar el apartamento. Tras girar algo la cabeza, continuó
- ah!, léete, el último libro de Comte-Sponville, buenísimo, te lo recomiendo. Una temática muy actual y que nos concierne a todos
Era un hombre inteligente y culto. Esta semana era la cuarta vez que me nombra dicho libro. Así que ayer lo busqué en Internet y rezaba sobre los beneficios de la soledad. Tenía  una gran capacidad mental, pero una mente absolutamente desubicada.
- Pues acordémonos que el agua es siempre buena, y ¿Tus hijos?,  ¿qué tal con tu mujer?, ¿has solucionado estos problema en el trabajo?, - cada vez que nos cruzábamos, me hacía  referencia a las misma temáticas  repitiéndose las mismas preguntas - bueno, bueno, dime, ¿cuándo  será la próxima  reunión de vecinos?, ¿hablaremos  sobre el ascensor? - que él nunca  utilizaba - ¿ piensas que hay que cambiar al equipo de limpieza?
Cuando coincidimos  en las puertas de nuestras casa, me tenía, siempre, un cuarto de hora allí hablando. Vivía totalmente solo. No tenía visitas y no salía a la calle. Realizaba un trabajo de manualidades muy lucrativo debido a su perfección y el tiempo que dedicaba. Pero estaba totalmente solo en el mundo, solo porque él lo quería y buscaba, aparentemente.  La mujer asistenta, algo especial o algún problema, para estar cuatro horas seguidas con él y su asfixiante monólogo . Iba, mi vecino, hoy con una camisa de pijama2 con rayas verticales  negras en conjunto con el gorrito.
- Pues el otro día viendo el telediario oi lo peligroso que sigue estando salir a la calle y no se porqué, no se triplican las medidas de seguridad. !Ahy!, si por mi fuera. Cambiaría  leyes y principios de actuación  - sospechaba de donde venían  esas grandes paranoias espectaculares.  Esperaba la posibilidad de hacerle unas peguntas indicativas, pues  jamás  me podrá  responder directamente pues no sabrá  de que hablamos, no será consciente de lo que le pasa.
- Bueno - le dije con educación- le dejo.
Se me quedó  mirando con cara pensativa y ausente por unos segundos, pero antes de que acabara de darme la vuelta, me preguntó.
- Y Usted, qué  siente, cómo  vive, por estar solo.
Tenía  una mirada sincera. Una sonrisa agradable. Una temática  vital . No tenía mal, sino placer en hablar con él.
- Si, yo vivo solo y libre. Viví unos años intensos, buenos y difíciles  con mi mujer y los dos chiquitos, los educamos correctamente, los dos tienen una vida feliz. Ana y yo, nos separamos. Nos llevamos bien, nos respetamos y cuidamos nuestra relación  en vistas a nuestros hijos. En estas circunstancias y recibiendo  a mis nietos, solo se vive estupendo.
Arturo, era más  joven que yo, le diría  unos cincuenta años.
Y contaba con 58  años, en plena forma. Mis hijos los tuve pronto.
El continuó
- Y si estás  bien ¿por qué tanta ansia en formas familias?, ¿en formar núcleos dependientes?, que ¿no viviríamos  mejor y más  tranquilos sin esos núcleos conflictivos  y con otras estructuras de crianza  y educación? - me dio
- Por la moral Judeo-crisiana Europea, vecino.
- Ya, !ahyyy!, cuanto ha actuado y pesado. Desde la primera diáspora , ! la huida de Jerusalen! - grito mientras levantaba sus brazos actuando-  la influencia ha sido máxima - era inteligente, culto, y  loco de remate.
Ahora ya no vale - me decía , yo a  mi mismo- pero mira que me había planteado esa misma cuestión  cuando estaba conviviendo con Ana, mi mujer. No nos hemos divorciado legalmente, pero vivimos, muy placidamente, separados.
Comenzó a dar vueltas sobre si mismo a la par que comenzaba a introducirse en su casa, al ver que yo le miraba,  como siempre, él,  me dijo, también,  como siempre3
- Es el efecto eléctrico  que actúa cuando mi cuerpo es una bobina de producción  de emociones. Girar y girar.
Tenia unos problemas relacionales tremendos.
Pero era feliz, al menos en aquellos momentos durante los últimos  siete años que yo lo viera. Estaba más  o menos dicharachero, pero siempre amable, simpático , animado y excéntrico  con gajes de locura.
Cerró  la puerta y ya yéndome buscando del  ascensor,  abrió  la puerta la señora Amparo, y como no, en mitad del pasillo, en mi camino al ascensor, se interpuso.
Así pues, bloqueándome la salida hacia el ascensor, la joven Amparo, gestora y presidenta, del edificio, esgrimía la espátula de madera, larga y con final plano, acompañada del gorro blanco, de cocina ambos objetos.

Vestía de negro, algo encajado, a media pierna y con zapatillas de bailar. La gustaba el cuello circular y la mangas ajustadas, pues decía, que necesitaba para no sentirse, en sus movimientos, estorbada por los pliegues de la ropa.
Alzando ligeramente la mano izquierda y apuntándome con la derecha, me preguntó
- Va usted a tener problemas en pagar la cuota de este mes?
- Nunca los he tenido, Amparo.
Mirándome fijamente, bajo la espátula, la puso en vertical y la acercó a su cuerpo.
Siempre las mismas preguntas y la misma cuestión. Con ellas navegaba todos los días por los pasillos del edificio, parando a unos y otros con los que se cruzaba. Sólo una vez cobrados todas las cotizaciones del fondo de coopropetarios, dejaba su espátula y saludaba correctamente a todos los vecinos.
Era una mujer hermosa, joven, sana, pero en los momentos de éxtasis en el cobro, en la oscuridad de sus ojos, se escondía el misterio y el desequilibrio.
En un momento, inesperadamente, volvió a subir su espada, retiró el pie izquierdo algo hacia atrás y con la mano izquierda más elevada dijo
- Y Arturo, le he visto que con él  hablaba, le dijo algo de su cuota?, siempre se retrasa! Hizo un amago de acercarse hacia mi corazón con el palo fino de cocina, que me hizo atrasarme un poco torpemente.
- Amparo, ¿Usted se cree que me lo iba a contar?
- Señor Andrés, yo ni creo ni supongo nada, todo lo pregunto y lo compruebo - mirándome fijamente mientras me lo contaba.
- Bueno, no lo sé, además, apliquémosle la suposición de inocencia - después de decirlo y antes de su reacción, ya estaba arrepintiéndome de lo dicho.
- El asunto de la inocencia supuesta?, !la inocencia supuesta es un hecho dado y aceptado sólo por los cobardes!, !hay que aceptar nuestras responsabilidades y saber aplicarlas con fuerza a los demás - diciéndome esto blandeaba se espátula de un lado al otro del pasillo- !la justicia sólo existe en la imaginación de aquellos que la ansía! - roja de emoción colocó, el arma en vertical, a la altura de su pecho y echándose hacia atrás, intentado calmar su irritación.
Por los propios delirios que sonaban cualquier hora del día y en cualquier día del año, revelaban sus paranoias en búsqueda de justicia. Hablaba de abusos, nombraba a sus profesores, hablaba del juez, maldecía el juicio  acabada las escenas histéricas con algún gran gemido. Cuando colgaba su espada era una mujer realmente simpática y agradable, pero cuando cualquier asunto relacionado con alguna situación organizativa o algún tipo de baremo o juicio, perdía el razón y comenzaba a deambular por el edificio exigiendo la paga de la cuota, como reacción reflejo de las inoperancias mentales que sufría y, por lo que ella afirmaba, "así debe de actuar toda persona con responsabilidades". Sus ojos eran negros, pero brillaban como soles en aquellos momentos de extrospección máxima
- Bien, Señor Andrés, acabo de recordar que su cuota está pagada - cosa que no era verdad, mi banco les pasaba el dinero  a finales de mes, y estábamos a su mitad. Los ataques de locura le nublaban la mente. Los momentos de claridad, le valían para comprobar los datos, pero en el caso que alguno faltase, es decir, normalmente hasta el 25 del mes, salí como una fiera a perseguir a los demás, desde su inofensibidad y a corregir el asunto como motivo de pagar una deuda que la vida le debía.
Nunca la había visto bajar por el ascensor, pero sí por las escaleras persiguiendo a los inquilinos. Nunca habíamos coincidido en las puertas de entrada del edificio. No sabía si salia o no, pero sí que sabía que alguna vez al mes le traían del supermercado una gran cantidad de comida.
Sin mas palabras, se retiró hacia la pared, se quitó el gorro de cocina, se  puso cruzado sobre el pecho la espátula y me dijo
- Señor Andrés, entiéndame lo importante del asunto y la seguridad y prioridad que debo de darle a todos estos asuntos, por la seguridad económica del edificio. Pero continúe, así está todo claro.
En los breves instantes en que la cordura y normalidad regresaban a sus ojos, era una mujer muy guapa a sus 35 años.
Ya cerca de mi destino, el famoso ascensor, comencé a observar al botones de éste.
El botones, Carmelito, era un anciano de mas de setenta años, que todavía, reconstruido a tijera e hilo durante toda su vida, vestía el uniforme que lució en la inauguración  hacia ya muchos años.


La tela gruesa roja, ya no contrastaba con los botones color cobre. El rojo estaba enmoecido y los botones agrisantado. El gorrito rojo, dejaba pasar a las canas que le caían por los laterales. Me vio de lejos, sonrió y empezó a buscar en el juego de llaves. El ascensor se llamaba con lleve en cada uno de sus pisos.
Era un hombre realmente tranquilo y con el todo sucedía despacio, muy despacito.
Cada vez que cogía una llave y la miraba con curiosidad, subía la cabeza y me preguntaba.
- ¿Has vuelto a tener un asalto de esgrima a espátula de madera con nuestra vecina Amparo?
- Sí – le dije asistiendo con complicidad.
- La soledad es mala. La introspección es excesiva. La falta de referencia desequilibra los pensamientos. – me dijo girando la cabeza y colocándose bien el gorrito.
Expandió el juego de llave por encima de la mano, y tras observarlas todas, con lentitud y calma, cogió una y al intentar introducirla, vió que se había vuelto a equivocar.
- Y mi amigo, el del gorro, lo viste esta mañana, imagino – dijo soltando una pequeña carcajadita sin mirarme
- Sí, un par de palabras hemos intercambiado – le dije, sonriéndole también.
Ahora si que se giró, y mirándome a los ojos, dijo
- La felicidad no tiene medida y me es igual de válida la de los locos como la de los cuerdos – susurro abriendo los ojos e iluminando la expresión.
Volvió a girar la vista sobre las llaves que las tenía otra vez extendidas por la mano.
- Me temo que he vuelto a dejarme la llave de piso en el juego de llaves de los martes.
Las costumbres de los habitantes del edificio Calagari estaban muy especificadas. Las sorpresas eran mínimas, los cambios minúsculos, la rutina total. Vivían en un mundo totalmente ordenado en la repetición.
- Bueno, bajaré andando, que bien me viene, bueno para mi cuerpo.
- Sí, sí, cuídelo – me dijo mientras hacia leves movimientos circulares de despedida con la mano mientras giraba otra vez la cabeza y volvía a mirar el juego de llaves.
La escalera tenía las paredes tapizadas de tono gris y el suelo de madera y una colección de cuadros, de impresiones de art pop que el artista que vivía en el ático iba bajando cada año. No utilizaba ningún personaje conocido. Había hecho construcciones con la cara de su abuela, con ,Carmelito, con el gorro puesto y otra gente conocida de la proximidad y así, ya por prácticamente todo el hueco de las escaleras, habían iconografías.
Ya llegando al segundo piso, salió al encuentro de mi llegada por las escaleras David, bueno, el Doctor David, psiquiatra. Hoy iba bien de tiempo, así que adelantándome fui parándome poco a poco.
Iba con su camisa larga de enfermería, un pequeño oscultador, y unas finas gafitas de pasta azules.
Llevaba entre sus manos una libreta negra en la que siempre tomaba notas.
Trabajaba en casa. Tenía una clínica de tratamientos psiquiátricos On line. Le iba bien. Pagaba puntual sus gastos de comodidad. Iba a su casa una vez por semana una esteticién que le cortaba el pelo y arreglaba las uñas. Tampoco le había visto salir del edificio.
- Andrés, Andrés, perdóname, ¿tienes un minuto?
- Sí, claro, dime.
- Mira, en ocasiones veo comportamientos algo irregulares de los habitantes de este edificio
- Sí – le dije enfatizando la afirmación.
- Y quiero hacer un estudio – se alejó de mi y se puso en la distancia de un pequeño discurso- te recuerdo que la psicología es el estudio de la mente humana y su funcionamiento, y es una ciencia empírica. Las personas, sus experiencias y sus consecuencias. Nos sitúan a cada individuo en un grupo de acción, en un saco de características y, nuestra suerte – me dijo mientras fruncía el cejo- está ya echada y el futuro decidido, Ciencia, ciencia, de las personas a los hamsters y el estudio de las reacciones ¿bien?
- De acuerdo.
- Y necesito tu ayuda.
- Vale, empecemos, ¿qué vas a estudiar?, ¿sus comportamientos, relaciones, vestiduras, palabras....?, piensa que todos somos vecinos.
Aquí en estos momentos de máxima decisión propia, le entraban la máxima elocuencia y desespero. Con los problemas ajenos era muy científico y analítico. Pero en todo aquel que estuviera inserto, la tragedia de la indecisión le invadía.
- ¡y yo qué se por donde empezar!, ¡acabo de trasmitirte mis intenciones!, ¡me has dado ya demasiadas posibilidades para sopesar!
Se puso a dar vueltas realizando un corto circulo, abriendo y bajando las manos.
Paró, y con una expresión científica, se acerco a Andrés y le dijo.
- me voy a mi habitación a realizar una posible planificación del estudio...Cuento con su apoyo – me dijo guiñándome el ojo mientras daba la vuelta hacia su habitación.
Cuando ya estaba a punto de comenzar a bajar el primer escalón oí viniendo del fondo del pasillo, mi nombre


- Andrés , Andrés, !espera¡, venía corriendo hacia mi.
Rosa, era un bomboncito, pero no podía estar sola. Llevaba un traje blanco, de tela fina, y le flotaba muy dulcemente a su al rededor cuando iba corriendo. Era muy linda pero con sus padres vivía. No podía estar sola.
Se me acercó, con los brazos abierto, cariñosa y dulcemente
- Rosa – vida mía.
- No señor - sonriendo - usted se equivoca – me dijo apretando sus labios pintados de rojo-, mi nombre es Marylin.
Vestía con un traje blanco y cortaba una pequeña melenita rubia.
- !Llévame a bailar¡ - me dijo sonriendo y moviendo la cabeza suavemente de un lado para el otro.
De tanta belleza, tanta locura, me decía.
- Sabes, Marylin, que me tengo que ir a trabajar – contesté poniéndole dos dedos en horizontal de mi mano derecha, con suavidad, bajo su dulce mentón.
En aquel mismo momento sus ojos se libraron de locura y, cruzando su mano derecha, cogió la mía y la apartó de su rostro.
- Andrés, sabemos que todos vivimos inmersos en nuestras locuras, tú, yo y todos. La adquirimos en el camino de nuestra realización. En busca de la satisfacción. La locura del sinsentido. El ajetreo y materialismo actual. La imposición externa en tu vida. En demasiadas ocasiones nos olvidamos de lo somos y nos dejamos llevar por los estereotipos impuestos, movimientos artísticos, tal y como el art pop, con el icono Marylin de Warhol
Aquí su expresión cambió de nuevo y su bella sonrisa volvió
- Bien, bien, Andrés, amorcito ¿donde vas?, cuéntame.
- A la rutina en el trabajo.
- Al trabajo, al trabajo...- aumentaba ligeramente el tono en cada repetición, !al trabajo¡, ¿dejas el mundo de tus sueños para salir a la realidad?
Autoacusaba al mundo de sus locuras.
- ¿Miedo a actuar tal y como tú eres?
Tenia ataques de lucidez verbal
- ¿Nos escondemos en la normalidad ante el temor de descubrirnos?, ¿es locura no entrar en el caudal del rio que a todos nos arrastra?, ¿tenemos que adquirir unas formas, usos y maneras impuestas del exterior?. ¡Marylin!, !Sácame¡
Entonces, enseguida se le pasaba y al momento ya te estaba poniendo morritos resaltados en rojo.
- Esperaré la flor que me traes todos los días – me dijo alejándose de medio lado, despacito y marcándome un besito con la mano.
Nunca le llevé flores. Temía su reacción.


Continué bajando las escaleras, cuando a la siguiente vuelta, me encontré al pintor, Daniel, allí, en mitad de ella, con un cuadro, enmarquetado apenas con los laminas de cristal, pensando como ponerlo. Maniobras tenía que hacer para pasar.
- ¡Hombre Juan! - siempre se equivocaba con mi nombre.
- Daniel, qué tal.
- Pues mira aquí, a ver donde y como coloco mi nueva creación, mira, mira, y dime qué tal.
Me la pasó y la contemplé
- Has dejado tu anterior estilo ¿no?
- Me insulta que me lo preguntes – el genio de los artistas chovinistas volvía- , ¿qué no ves la diferencia?, es palpable evidente, clara. Los otros eran buenos, pero estos son mejores.
Era surrealismo, bueno.
Tras ver el cuadro, comencé a comprender su nuevo bigote, largo y afilado.
- Quiero hacer real lo imposible, quiero que veas lo que no puede ser, quiero llevarte al mundo de las ilusiones.
El cuadro era el dibujo, bastante conseguido, de un elefante, de aquellos que en caravana marchan en un cuadro de Dalí.
Mi única relación con él, había sido en el hueco de la escalera. También era un hombre informado de lo que hablaba y conocía muy bien las obras propias de cada movimiento o autor en los que trabajaba.
Mientras pasaba le dije
- Sí, a mi me gusta bastante, disfruto muchísimo, sino con él que más, viendo los cuadros de Dalí.
- Sí – dijo levantando el dedo indice.
- Claro, que también un poco extrovertido y experpéntico en ocasiones.
- Mira, la belleza y verdad tienen la misma madre y ella es, la locura.
Un tanto aturdido me quedé tras esta afirmación por la resonancia y el tono de aquella verdad que nunca supiste. Su sonrisa continuó.
- Bueno, pues ya tengo el lugar, así que me subo a por las herramientas para colgarlo. Ah¡, a ver cuando quedamos y subes al altillo a ver mis obras.
- Cuando quieras me avisas – durante siete años me estaba invitando a su casa a ver su obra. Nunca había ido. Tampoco le había visto salir a la calle, pero sus cuadros tenían la suficiente calidad como para hacer negocios con ellos. Eran buenos.
Así pues, nos dimos la mano y cada uno siguió por su camino.
Para ir a la planta baja, debía de pasar por toda la primera planta pues la escalera continuaba al otro lado del pasillo.
En cuanto doble hacia éste, sorprendido me quedé, estaban todas las paredes y techo con hileras de luces pequeñitas formando lineas paralelas y alguna trasversal.
En la primera puerta vivía el antiguo chófer del dueño del edificio, que aquí había vivido, en toda la cuarta planta, y estaba, el antiguo chofer, con el uniforme puesto, paseando de un lado al otro del pasillo con cara de impaciencia, hasta que giró su mirada y la clavó en mi.

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