viernes, 29 de enero de 2016

EN EL PEQUEÑO CAFE CON NIETZSCHE




Probablemente en aquel bar de las estribaciones de los Alpes a la altura de Austria, nadie menos yo, sabía quien era aquella persona que tenía delante.
Además yo sabría como establecer conversación.
Vestía con un traje de chaqueta gris de invierno y deportivo, un pelo largamente ondulado y un gran y dudosamente estético, bigote.
El hotel era pequeño y se dibujaba desde el jardín de éste, un valle que se extendía hasta el horizontes, y a sus espaldas, ya las grandes alturas de imponentes montañas. Era un lugar propiamente de reposo sólo permisible para los adinerados.
Estaba de espaldas a la barra, serio, pensativo, pero sin un ápice de mirada perdida, sabía muy bien allá donde estaba pensando.
Me acerqué. Él y yo solos en el café.
- Hola señor, ¿qué tal? - dos huéspedes del hotel en el confín del mundo no es nada fuera de lo común que yo me acercara.
- Bien – tenía una cabeza muy voluminosa, entre la nariz algo abultada y redondeada, el pelo y el bigote así me lo parecía.
Le sonreí, dándole normalidad al asunto
- Aquí he venido yo buscando la paz y la tranquilidad – me miró de reojo y con un aspas de desconfianza
- ¿Y la has encontrado? - era escritor, filosofo, pensador, le resultaba muy difícil pararse en los pensamientos.
- Sí, vine aquí a poner en orden mi cabeza, a estudiarme con la razón, a buscar la luz en los conocimientos, a cubrir mi pobre naturaleza buscando la huida de ella.
Comenzó a reír, risas que se debieron oír hasta en la cocina. Su expresión cambió. Su ojos de indiferencia, pasaron a ser unos de burla sutil.
- ¿Hasta donde quieres llegar?
- A buscar la paz en algo superior a mi naturaleza o al menos que la englobe.
- Engañado y cobarde – aun a sabiendas de lo que me podría encontrar, me resulto tosco y desagradable, sus palabras, la manera y la forma. Se aproximó hacia a mi, acerco su mirada a la mía y continuó
- ¿Tanto te cuesta aceptarte?, pero ¿tú que te piensas que es la vida?, ¿tienes algún lugar donde ir?, ¿te espera alguien?
- Pero, ¿Qué me dice Usted?, señor – yo sabía de su mal humor pero traté de operar como absoluto desconocido. No, no me espera nadie, pero sé que hay un espíritu, razón o Dios universal para explicar y comprender todo esto que nos rodea – me miraba con los ojos muy abiertos
- ¿Se siente poca cosa y necesita de los elementos externos a su persona para justificarse?
- Bueno no lo hago.
- Sí, tiene usted miedo a la vida, le cuesta aceptar su oscuridad, su capricho, su voluntad irracional ¡La embriaguez del destino!
El café estaba totalmente recubierto, paredes y suelo por un fino y bonito parquet, enlacado y encajonado en las esquinas. Una gran chimenea en uno de los laterales hacia y daba un ambiente hogareño y cómodo. Le cogió placer y gusto y siguió conmigo.
- ¿De verdad le encuentra orden y razón de ser a este mundo?
- Bueno, la verdad es que cuesta.
- Sí – contesto levantando algo la voz y más la mano-, claro que le cuesta. Buscar unas razones o causas tranquilizadoras, no es más que una acción propia de los cobardes incapaces de aceptar su volatilidad.
Las palabras volatilidad, flaqueza, angustia, sonaban realmente extrañas en la boca de aquel hombre. Fornido y de anchas formas, más un lenguaje taxativo y un tono imponente.
- Pero yo llevo mucho tiempo buscando paz interior.
- ¿En la locura de la vida?, mira, el mal y el dolor, existen y son partes integrante y definitoria de la vida, si no puedes aceptar la dimensión en la que esta se mueva, vete a pasear con las religiones, que someten al ser humano a su cobardía que toma la forma de cualquier Dios. Te queda la solución de situarte allá donde cabemos y estamos, es decir, en la banal tierra y en nuestra lucha personal que solo será la voluntad quien te lleve a un lado o al otro.
- Pero señor, sólo soy uno más entre todas las muchedumbres, ¡qué espera de mi!
- ¡Que eleves tu individualidad!, ¡que no sometas tu naturaleza a los poderosos!, ¡que nadie te quite tu voluntad de acción!, lucha y serás más ser humano. Huye de la oscuridad entre las dudas que nos han enseñado.
En aquel momento se fijó en el libro que yo llevaba entre las manos, Fenomenología del Espíritu, Hegel, y su mirada fue de sorpresa.
- Creo, señor...
- Andrè
- Que poco tendremos en común, sino dime, ¿Hasta donde se piensa elevar para dar razón y sentido de ser a la persona?, ¡váyase hasta la propia vida!, ¡no huya con las fantasías!, ¡acepte su contingencia y finitud!, hágalo con voluntad, con poder, la voluntad de imponerte el sentido y razón de ser partiendo de uno mismo, del individuo, del particular.
Tras esto ultimo, frunció el cejo, se quedó algunos instantes mirándome impertérrito, hasta como si nunca hubiéramos hablado, pagó el café y se fue del bar.
Caminaba rápido, fuerte y con poderío.
El barman ya le conocía y se quedo, aun así, mirándole como se iba.
Era un hombre de una tremenda personalidad y carácter, incapaz de comprender la debilidad ante la falta de asumir aquello que se sabe que es verdad.
Salí a verlo irse, pero ya no estaba, pues ya solo quedaban los ríos verdes de césped que bajaban hasta el pueblo blanco de principios del valle y grandes laderas, blancas de nieve, bajando por las cumbres hasta el hotel.


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