sábado, 16 de abril de 2016

BACH Y EL CONTRAPUNTO





Como buen Aristócrata, más sus movimientos lentos y armoniosos, estaba algo entradito en carnes. La peluca blanca, tanto como cualquier luna, contrastaba con el azul oscuro de la fina tela de su traje de cuellos altos de verano.
Paseaba por entre las tierras verdes y frías centro Europeas del que llamaban y pensaban, siempre grande, Sacro Imperio Romano y Germánico.
Tenia música comprimida en los oídos y su pensamiento siempre estaba encadenando, en forma de notas, cualquier sonido que se entrecruzara en sus quehaceres.
En su camino, le iba acompañando el sonido suave y continuo de un pequeño rio que descendía tímidamente. Llegó hasta uno de los campos que, en sus propiedades, que eran trabajados por unos agricultores, contratados y organizados por ellos. Se sentó al lado del rio observando a uno de ellos como, con una azada, labraba la tierra.
La música suave y en tonos graves, del río, caía a su al rededor, mientas el rítmico golpeo agudo por las piedras de la tierra de la azada, llegaba a su pensamiento.
Sus ojos fueron alcanzando mayor apertura. Su expresión nunca era exagerada, pero quien lo conociera, hubiera sabido su claro interés.
Se levantó y se acercó hacia el labrador.
Oía dos ritmos diferentes, dos tonalidades distintas y su cabeza comenzaba a construir entre ellos.
- Buenos días, señor – dijo el labrador agachando ligeramente la cabeza.
- Siga, siga con su trabajo – no era despotrico, pero tal y como le habían educado, poco tenia que ver con el agricultor.
El hombre siguió escavando.
- Cabe mas rápido – la cara del agricultor se alzó extrañada y lo aumento. Bach le miró fijamente. El agricultor asustado estaba sin saber que Sebastián, siquiera lo veía, y solo contemplaba notas flotar a su alrededor.
- baje el ritmo
- ¿el qué, señor?
- Cabe más lento – contesto irritado, tal como un genio entorpecido en un momento de inspiración.
El contrapunto comenzaba su vida e historia.
A lo lejos, el caballo que su sirviente le traía para la vuelta, venía relinchando. Fuerte, con furia, con energía, mientras las cálidas notas del rio seguían viviendo y el ritmo repetitivo del agricultor allí estaba.
Comenzó a mover sus manos, marcando ritmos y dibujos en el aire mientras el agricultor le miraba sorprendido.
- Mi señor, ¿puedo hacer algo por Usted?
- Sí, seguid, ¿no lo siente?
- ¿el qué?, mi Señor.
- Que su alma se ensalza cuando los agudos suben hasta que encuentran su fin en el pozo de los graves, cuando los relinches de mi caballo aparecen. Es el contrapunto, el contraste, la historia sin fin, el choque de las sensaciones, las lagrimas y el dolor de las fuertes emociones y sentimientos. ¿no?
- Le pido mil perdones señor, solo siento el golpe de mi azada, el relinchar de hambre de su caballo y a lo lejos el agua, cotidiana del caudaloso manantial.
Bach se le quedó mirando y se sintió solo. Sabía que su cabeza y pocas más construían aquellas ideas.
Permaneció varios minutos mirando hacia el rio sin hablar y el agricultor sin mirar el campo y habiendo torcido totalmente el trascurso de la hilera, seguía cavando tratando de mantener el ritmo.
- Pare, pare, por favor – el agricultor quiso no oír la palabra por favor a él dirigida, y paró de inmediato. Bajo la mirada y con una cálida sonrisa se despidió de él.

Contrastando con el sol y con la mano izquierda sobre los riñones, movía, dulcemente la mano derecha por encima del hombro, dirigiendo para nadie pero componiendo para todos. 
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