miércoles, 27 de abril de 2016

LOS DISCURSOS VESPERTINOS.

Lo mismo daba que igual fuere la estación en la que se encontrara, la hora que el sol marcara o la dirección que el viento hubiera tomado aquel día. Siempre salia a dibujar el mismo trazo, allá en la plaza del viejo pueblo. Aún como hecho repetitivo y cotidiano, los habitantes de allí, incluso forasteros, iban, llenos de curiosidad y misterio a oirle, verle, a sentirle.
Apareció por la calle que desembocaba en la plaza viniendo de su casa y comenzaba sus discursos.
El extraño le llamaban algunos, con valor, pues el resto ya no sabía como decirle y habían empezado a escuchar sus palabras con interés.
- Sabed todos, daros cuenta ya – fue lo primero que dijo, en cuanto alcanzó el centro de la plaza y, antes de comenzar, dibujo en el aire el perímetro de la supuesta circunferencia que incluía a todos aquellos que, bajo la mascara del divertimento, escuchaban con atención sus palabras- que la perfección, la finalidad, el culmen, de nuestras acciones, es mentira – siempre movía con energía sus manos, marcando, rítmicamente sus palabras- somos personas pequeñas dentro de un mundo que nos castiga bajo las imperfecciones que lo forman.
Tras el primer párrafo, comenzaban los comentarios. Fidela, la esposa del ya fallecido alcalde, que alcanzaba ya sus mas de 80 años le dijo a Pura, la carnicera de cuando en el pueblo todavía se comía la carne de los animales que su mismo marido criaba en sus tierras
- Mira, mira, hoy a comenzado igual que ayer – le dijo a Paula -, esto no va a traer más que problemas, seguro que algún día habla más de la cuenta.
- Ni tu marido ni el mio hubieran permitido que este loco diese estos espectáculos todas las tardes en la plaza del pueblo.
- Sí, cuanta razón tenéis – añadió Carmela, hija del último Aristócrata y dueña de la casa central de la plaza en cuyo arco de entrada se sentaban las tres, cotidianamente a escuchar, sin aprender, sus palabras.
- ¿Alguno de ustedes va buscado aceptar la incapacidad para ser más de lo que somos en nuestra vida? - continuó, saliéndose, quizás un poco de los círculos que recorría y dirigiéndose hacia un grupo de jóvenes, con el pelo largo ellos y muy corto ellas, que observaban y escuchaban con gran atención.
- ¡Es magnifico David! - le dijo la mujer, de apenas unos centímetros de pelo tenido rubio a un hombre, quizás algo más joven que ella, con un cabello largo, liso y negro natural.
- Sigo alucinando. Una verdad tras otra, ¡sin miedo, sin tapujos, sin vergüenzas! - venían de la ciudad, situada a una hora y media del pueblo, aquellas mañanas en las que podían.
- Gloria, David – dijo Pedro- deberíamos grabar sus comentarios y estudiarlos con más detenimiento.
Continuó, parándose en medio de la plaza.
- Ingratos, ingratos sois con la vida. Sois incapaces de observarla, de disfrutar su existencia, de quedaros en ella y siempre buscáis ir más allá, pero ¿a donde queréis llegar?, ¡quedaros en ella, contemplarla, vivirla, no huyas en búsquedas sin final!
En una esquina, casi ocultos se encontraban un grupo de hombres de mediana edad. Vivían, bueno, veraneaban en la urbanización a la subida del monte, donde tenían unos buenos chalets, con sus piscinas, más un club colectivo, con una gran piscina, frontones, pistas de tenis y buen restaurante.
- Debe, Arturo, tener algún tipo de estudio, sino no sabría utilizar los términos tal y como lo utilizá – era Andrés, un empresario más como sus otros dos amigos que allí estaban, Nacho y Arturo-
- Sí – dijo Andrés- pero eso no le libra de la locura
Rieron, pero también bajaban, con mucha frecuencia a escuchar sus discursos.
- Bueno – dijo Nacho- pero alguna gran verdad dice
- Nacho – apuntó Andrés- claro, tú también tienes tus salidas-
Volvieron a reir los tres, discretamente y desde la lejanía de las esquinas.
El viento se levanto y el cabello se le alzó realizando bellas curvas en la altitudes. Tenía el pelo liso y lo llevaba siempre muy limpio e impoluto, igual que su ropa, de tela ligera y dalgada. Se acurrucó durante unos segundo, agachándose hasta apoyar sus codos en las rodillas y sujetar con las manos el mentón de su cara. Allí permaneció apenas unos instantes pensativo, pero que produjeron la ansiedad e inquietud de los espectadores. Se levanto y se dirigió hacia las escaleras de la iglesia, las cuales estaban vaciás, pues todos sabían que más tarde o temprano, allí iría. Cuando llegó se giro y volvió a hablar.
- Escuchar música, ver arte, buscaros en los sentimientos. La locura de la racionalidad os llevara a ser lo que no somos. En el caos está nuestra esencia. Así actuamos y esto es lo que somos.
En la primera planta del edificio que hacia esquina, estaba Francisco, tomando nota de sus palabras. Llevaba ya muchos meses haciéndolo desde que descubrió sus discursos. Estaba preparando su tesis doctoral sobre la temática de el existencialismo y sus primeros albores con Kieerkagard y no tardo en encontrar el interés por este personaje y sus directa relación con sus estudios. Trataba de buscar un hilo conector entre todos sus comentarios y darles una estructura explicativa y formadora. Su interés iba creciendo. Sabía de su búsqueda del significada en la falta de estructuras racionales en las cuales explicar la vida, así, entendía las raíces sensibles en su discurso. Interrumpido en sus pensamientos, su vecino del balcón de al lado le dijo.
- El síndrome de Diogenes, seguro que tiene su casa llena de trastos y basura, bueno o sino sufrió algún suceso traumático que le ha producido un efecto paranoico que le lleva a tener una realidad propia – hablando como hacía entre semana en su clínica privada.
- Lo de Diogenes, Valentín, sabes que es falso. Vive en una casa pequeña y bien limpia, casi al final de la calle mayor. ¿Paranoico?, ¿vida paralela?, sí, puede que ser, pero vamos, dime donde está el peligro o error en ello – Francisco había y estudia filosofía y en todos sus comentarios, el aroma se notaba
Subió dos escalones más en la escalera y alzando las dos manos al aire
- ¡Cuando vais a comprender que todo el materialismo que os rodea no hace más que ahogar a vuestra persona!, ¡ salid del placer engañoso del cuerpo complacido y buscar vuestra realización en el espíritu y alma que os constituye!, ¡el placer corporal destruirá a la humanidad, la cual sólo tiene futuro en el compartir la paz interior que cada uno consiga! - como saliendo o entrando en un punto de éxtasis, bajo las cabeza hasta meterla entre sus manos.
Justo en vertical al punto en el que se encontraba, estaba Julia, algo más joven que él y perdidamente enamorada. Harta estaba de la podredumbre que sus novios y maridos le habían dado. Bella y rica, se haba dejado engañar por muchos que sólo habían buscado su cuerpo o su dinero. Veía en él sinceridad, interés, amor. La vida de Julia había sido un desfile de desamores y decepciones. Sus padres murieron en un accidente de trafico cuando ella tenía apenas 16 años y pronto, sin más intención que su dinero, mucho, uno de sus exmaridos, bajo el engaño de no te preocupes, todo esta controlado, la dejó prontamente embazada. Se casaron y ya fue un sinvivir por vivir con él. Se divorcio del primero, llevándose gran parte de la fortuna de ella, el segundo igual y el tercero ya la dejó sola y sin ganas de estar con nadie más. En su inocencia el mundo la había devorado. Disfrutaba escuchándole, pues sentía allí, de todo menos ganas de engañar a nadie. Tenía 48 años y había soñado en muchas ocasiones ir a su casa. Sabía que era imposible. No hablaba con nadie, sino para todos.
Bajo de las escaleras y comenzar a tomar su calle, pero antes se giró y les dijo.
- Y pobre de aquel que piense en la locura por deciros la verdad que tanto os cuesta aceptar y admitir. En la plaza del pueblo debo de gritarosla, sino jamás llegaría a vuestros oídos. Hacedme caso y buscad vuestra felicidad en vuestra alma. Sólo la paz interior os la dará.
Tras esto, se volvió a girar y comenzó a andar hacia su casa.
El espectáculo había acabado y tal y como llegaron, así se fueron, comentando todo sus discurso.
Las ancianas en sus criticas, los hippies modernos con su alucine, los empresarios en sus risas, el psicólogo con su diagnostico, el filosofo en su ejercicio de comprensión y Julia, ¡ahy!, pobre Julia, con su último amor sin correspondencia y soñando con que se girara y la mirara.

Todos, uno tras el otro se fueron yendo hasta bien pronto.
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