domingo, 6 de noviembre de 2016

El Café. Lo inesperado y la Filosofía.



              Juan levantada pausadamente la taza del café mientras se miraba en el espejo. El siempre fiel amigo detrás de la barra del bar, le devolvía su imagen con curiosidad. Mirándose en éste, porque su imagen le ocupaba todo su pensamiento, le daba tranquilidad. Casi apoyando los codos ya en la barra, Juan se dio cuenta que Andrés se estaba sentando a su lado. Andrés siempre entraba igual, no tenía fin en sus impresiones, el mundo comenzaba y acababa entre sus preguntas.
-         Que tal, amigo – le dijo Juan. Una o dos veces diarias compartían el espacio comprendido entre los dos cafés que les separaban. Para Juan, rara vez había un momento en el cual, de acuerdo o no, se había aburrido.
-         Pues todavía impresionado por el prologo del libro que hemos acabado de imprimir y encuadernar esta mañana – Él y Juan trabajaban en la editorial situada en la esquina fronteriza con el café. Ambos dos siempre podían circunstanciar los temas y asuntos comentados, siempre.
-         ¿Respecto a los hechos incalculables de la vida y las consecuencias ontológicas que esto le proporciona?
-         Sí, Juan.
-         Sabes que no busco ningún sentido para huir de las decepciones que ésta me pudiera causar – continuó Juan.
-         Yo no te comprendo, bueno, sí que lo hago, pero me es imposible ponerme en tu lugar.
-         ¿Cuándo te digo que la vida es esencialmente incalculable y bajo esta directriz hemos de construir nuestra existencia? – dijo Juan
-         ¿Incalculable?, pues y entonces injusta y sin sentido.
Ambos dos conocían historias de grandes injusticias cometidas por la vida, al permitir que cualquier pequeñez en la vida de alguno de aquellos, se la haya cambiado, a peor y, de forma, absolutamente injusta.
-         Andrés, cometes el gran error que ha llenado a la historia de la humanidad en la gran pena nacida en la búsqueda de un sentido que no existe. La vida es bella en su propia existencia. No necesita ir más allá de ella misma para justificarla y encontrarle sentido, pues no lo necesita, simplemente y puramente, es. La justicia es ella.
Se miraron detenidamente unos segundo. Andrés sabía del estoicismo formal y la tranquilidad vital que experimentaba Juan. Aceptaba plenamente a la vida en todas sus dimensiones y avatares. No esperaba más que lo que le llegaba. Andrés contemplaba a los esclavos y sometidos a la incomprensión de los quehaceres de la vida, con benevolencia, pero desde la lejanía. ¿Con todos?, ¡No!, con Juan no y además era por que él, que Andrés lo consideraba uno de ellos, le hacia dudar de sus convicciones. En estos momentos de impase en el dialogo, Juan se atrasaba  un poquito y esbozaba una pequeña sonrisa de máxima complicidad en el error mutuo.
-         Pero Juan, es una evidencia histórica, atemporal, de las inquietudes humanas por la búsqueda a un sentido formativo, a una entelequia de nuestro mundo. Si no lo tuviere no nos sería posible conceptualizar y estudiar, no tendríamos inquietudes trasmundanas, no las conoceríamos.
-         Andrés, estás planteando correctamente en pensamiento racional, lógico, evidente, pero esto no significa, en ningún momento, que la vida debe ser así. La validez no da la existencia. Las posibilidades se reparten por igual entre lo ordenado y las entidades sinsentido. La solución sólo es una. Estudiarla, describirla pero sólo en sentido practico.
-         Juan ¿me quieres decir que la corrección es un imposible?
-         Sí. La corrección sólo tiene un sentido, y falso, en la Filosofía. La Filosofía es el disfrute en la reflexión correcta, conclusiones lógicas, construcciones personales, estudio propio y demás. Buscar entelequias es un acto que te hace grande como persona, pero estas reflexiones no tienen por qué tener  jamás, por ser tal y como son, una realidad necesaria. Y, esto ¿qué significa?, dudas, dudas y más dudas.
Andrés sonrió y se acabó el café. Juan le devolvió la sonrisa mientras corría la taza de café hacia el fondo de la barra.
-         Pero – todavía con la sonrisa en la boca dijo Andrés- ¿Acaso yo no he madurado o tú no  debiste jamás hacerlo?
Siguieron sonriendo y aun no habiendo alcanzado  la puerta de salida del bar camino de la editorial, ya estaban comentando algún asunto o tema, vulgar, banal, o puramente laboral. Ambos, sabían, que aun con el traje de bomberos para apagar el fuego, había que seguir.



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