martes, 6 de enero de 2015

LA ÚLTIMA DECEPCIÓN (IV)


Iban llegando a la cuarta partida.
La noche era clara, aunque la luna estaba ya decreciendo en su lucha por continuar.
El casino tenía una puerta de entrada, discreta, en la parte trasera del complejo. Apenas había luminosidad en aquella entrada y la calle era estrecha y, aun estando cerca del centro aquel lugar, apenas había movimiento, ni de coches ni de personas.
La partida empezaba, como todos los días a las ocho. Hoy allí estaban ya todos, menos Ana, unos minutos antes. Se las daba de dura, les hacía esperar y esto a Andrés, le gustaba mucho.
La partida anterior se estaba retrasando. Una a las cinco y otra a las ocho, con una hora entre las dos. Había algo de follón dentro, gritos y voces altas se escuchaban del interior, mientras comenzaban a salir. Andrés se apartó con curiosidad, no era la primera vez que estaba ante un caladero de estos. Era un pequeño tumulto alrededor de dos hombres corpulentos, ambos dos con traje de chaqueta, pero uno negra y el otro blanca, cogiéndose de los cuellos de la chaqueta, gritándose en la cara y otros cuatro o cinco a su al rededor separándolos. Creía Andrés que era su penúltima o última partida, y bien seguro que así se notaba. El alcohol sudaba por litros en aquellas mesas y la gente se ponía nerviosa. En la pequeña oscuridad de la calle se fueron perdiendo entre empujones y explicaciones.
El portero les hizo el gesto de entrada justo cuando Ana llegaba. Hermosa, hermosa, pensaba Andrés, mientras la dejaba pasar en la entrada, serio y sin apenas mirarla.
Tras la dinámica propia de las tres otras partidas se encontraban ya, casi en la mitad de ésta, de esta cuarta partida.
Antonio, el más mayor, estaba poniéndose nervioso. No sólo había perdido las apuestas iniciales de las tres partidas, es decir, 60.000 euros, sino que además había sacado ya cheques. Ana ya había visto los ligeros temblores en su mano derecha y Andrés había seguido la mirada de Ana y ya lo sabía también. Hoy no había ganado ni una mano. Pero allí todo el mundo de la mesa, sabían a lo que se iba y lo que había. Habían durante las diez noches 60.000 euros dentro de la pieza metálica central que se iban a pasear aquella noche por toda la mesa, y esto era realmente jugoso y traicionero.
En un momento, como cualquier otro, entró apresuradamente a la habitación un trabajador del Bingo, que se asomo y les dijo, en voz baja, que la policía había venido.
A partir de ciertas cantidades, el juego tiene que realizarse en unas determinadas condiciones y circunstancias que en aquel momento y lugar no se daban. Se levantó Pedro, que tenía más o menos la misma edad que Andrés y con mucha calma les dijo señalando al dinero que quedaba del fondo de las apuestas.
  • ¿Resto total para mañana?, ¿lo sumamos al dinero de la entrada?
Todos hicieron el gesto de afirmación, y éste se acerco a apretar el botón lateral que hacía que el cuento se abriera por la mitad y el dinero cayese en una bolsa de piel central. Pedro se agachó, la cogió y salieron todos, con prisas pero como siempre, con mucha discreción. Ya de manera desordenada fueron entrando en el bingo por la puerta principal, controlando a Pedro que iba a llevar la bolsa a las taquillas centrales en las cuales había cajas fuertes personales. Lo introdujo en una y le dieron la llave. Si no lo estabas observando, no te hubiera llamado la atención el gesto en el cual subió la llave, mostrándola e introduciéndosela en el bolsillo.
Andrés se quedó, un rato más, tomándose un Whisky cerca de la ruleta. Le gustaba verlo, como se emocionaba y alegraba la gente o como se iban de allí cabizbajos y maldiciendo su suerte. Nunca había jugado a ella y hoy no iba a ser menos.
Ana salió directamente del bingo y con la intención de darse un gran paseo, al hotel acudió.
No pasaron muchas horas hasta volvieron a estar juntos en la habitación.
  • Rápido y frio es Pedro, cuidado con él, Andrés
  • Además juega con calma – añadió él, tengámoslo los dos.
  • Y también – continuó Ana, interpreta fenomenal las cartas que están encima de la mesa.
  • Pensar correctamente bajo la presión, es una virtud.
  • Y Antonio ¿qué te parece, Ana?
  • Lo va a perder todo, los pálpitos de su corazón se escuchan por toda la mesa.
  • Sí, estoy de acuerdo contigo y sabes, me está dando pena.
Aquí Ana levantó la cabeza y le miró con cara de sorprendida. Se puso la mano en el mentón y apoyó el codo en la mesa. Durante unos instantes, los dos permanecieron callados. Ana, sin hablar, se levanto arrastrando por el suelo el largo albornoz blanco del hotel y tocándose el cabello todavía mojado, le dijo
  • Los sentimientos, déjalos única y exclusivamente para nuestra relación y cuando estemos solos, sabes perfectamente que el mundo del juego es cruel. Somos pocos los que sabemos estar y vivir en este mundo.
  • No te preocupes, nos llevaremos el dinero de todos y nos iremos otro medio año más a recorrernos Europa en la moto, durmiendo en los mejores hoteles y cenando con champagne todas las noches.

Andrés se desnudo y se taparon los dos con el albornoz mientras veían un rato la televisión.
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