sábado, 13 de junio de 2015

LA TOURNE (Cap. 7)



La cara de Don Cipriano, reflejaba la incomodidad y perturbación que le suscitaba las cambios de planes que tenía absolutamente calculados, estudiados y conclusos. Antes del concierto en la ciudad de Valencia, debían de pasar, pues así lo había contratado, en el último momento, para su gira, por la ciudad de Sagunto.
Ésta, tenía en la cima de la montaña que dominaba todo el lugar poblado hasta el puerto, una antigua fortaleza Romana,, construida durante aquellas guerras que enfrentaban a la gran urbe, Roma, y sus mercenarios, contra otros pueblos, tale como los Cartaginenses, colonos Fenicios ubicados en Cartago, colonia de estos en el norte de África, en la costa del mar que los romanos consideraban de ellos, o, en defensa también, de los pueblos oriundos de la entonces Hispania. Allí, había un bello y antiguo auditorio, que reformado y a cielo descubierto, se convertía en un lugar magnifico para la representación de teatro o la realización de conciertos. Para ello fue construido y para ello iba a ser utilizado..
Tras subir unas largas cuestas hasta éste y entrando por la puerta trasera se encontraron con la coordinadora y encargada de su mantenimiento y gestión. Era Doña Marisa, interprete, viola, política y gestora. Algo entradita en carnes y con un gran aspecto de salud y vitalidad, salió a recibirlos.
- !Buenas tardes y bienvenidos¡ - les dijo abriendo amablemente sus manos. A esto todos respondieron con una enorme sonrisa menos  Don Cipriano, que con una cara y sonrisa de formalidad le dijo.
- Señorita
No pudo continuar más pues la mujer comenzó a reírse con facilidad – mal empezamos, pensó Andrés, desde la distancia de su timidez.
- Señor – miro la hoja que sostenía entre las manos, Don Cipriano, por mis avatares en la vida y otras condiciones, me pienso que ya no puedo llevar ese apelativo, dejémoslo en Marisa.
Tras esto, le dió la mano y pasó a su lado yendo a saludar al resto de la comitiva, con amabilidad y simpatía. Don Cipriano, desde las alturas de la grandes sentimientos y el malvivir de la trascendencia, la miraba, con cara de asombro, su felicidad y facilidad para actuar. Tras esto volvió a su posición habitual y les dijo.
- les tengo planeados, y ahora se lo comunicaré, los planes de acción y actuación para los próximos tres días.
- Señora Marisa – al maestro le perturbaba el cambio de planes, pero se le hacia inllevable que le dijeran, además que había de hacer - tengo ya compuesto y planificado los hechos que realizaremos y sólo necesito que me diga la fecha y el momento en concreto que hemos de actuar.
Marisa volvió a reír de manera descarada y desvergonzada. Era una mujer bella desde la salud y elegante desde una gran informalidad.
- Señor, señor, aquí seré yo quien les instale y les guíe. Están en mi tierra y ciudad y como invitados, aun bajo cotización, van a actuar. Don Cipriano levantó el mentón y permaneció callado, mientras Marisa, cogía del brazo a Andrés, que parecía el hijo que no tenía, charlando con Carmen y seguidos con una gran sonrisa por Pedro, se introdujeron en las oficinas del auditorio. Los reunió a los cuatro en su despacho y les indicó todo lo que iba a pasar e iban a hacer durante los próximos tres días. Don Cipriano, no abrió la boca en ningún momento y se limitó a tomar nota de todo lo que ella decía. Los despidió hasta dentro de cuatro horas, ya por la tarde, cuando hubieses comido un riquísimo arroz propio de aquellos lugares, y cuando ya se iban
- Don Cipriano ¿podría Usted quedarse unos minutos? - Éste se paró, se giró y dejó pasar a los demás mientras estos le miraban con curiosidad hasta que él cerró la puerta tras el paso de todos.
- Cipriano.
- Marisa.
- Veo que sigues igual, ¿tus alumnos todavía te llaman maestro?
- Sí.
- Vamos, relájate, hemos vivido muchas cosas juntos para estar tensos y tu troupe ya no esta para parsimonias.
- Marisa, los avatares del pasado, no tienen que dirigir el futuro.
- No pensaste eso cuando cometiste lo que ahora, parece ser que veas como un gran error.
Eramos jóvenes y hace lustros y décadas de ello. Tú eras una mujer muy joven y aun con más años, veo que sigues con una juventud interna grande.
- Baja a la tierra, estarás mejor.
- Sabes, que uno no puede huir de si mismo y que intentarlo es un error.
- ¿Cuanto tiempo estuviste aquí dando clases?
- 2 años.
- ¿Cuanto ha pasado?
- 46.
- Veo que llevas las cuentas claras de aquel tiempo e indefectiblemente de nuestra fugaz pero existente relación.
- Marisa – y de repente, Don Cipriano se hizo humano, tuve que elegir. La música me dominaba entonces y ahora lo sigue haciendo.
Marisa se levantó. Tenia 58 años. Don Cipriano 62. Con una gran cara de ternura le dijo.
- Vamos a pasar tres buenos días, relájate y trata de pensar que eres aquel joven talento de 28 años del que yo me enamoré perdidamente. Baja del corcel indomable de la máxima perfección y tratemos de trasmitir la alegría y paz propia de la música, no hagas que a ellos les encierre en el mundo de los elegidos que sufrís ante la supuesta banalidad, ante la música de los demás.
Don Cipriano, pensativo se quedó, hasta que volvió a poner cara de hurano y muy cortésmente se despidió de Marisa.
- Marisa, dentro de 4 horas te veo y te rogaría que esto permaneciera oculto entre nosotros, tenemos tres días para olvidarlo juntos, entre los ensayos y actuación final, así pues, Doña Marisa, después nos vemos.

Marisa se quedó mirando por la ventana como este se alejaba cuesta abajo hacia la plaza, fuera del recinto histórico, donde comenzaban los bares y restaurantes. Alto y delgado, de negro aun con el calor y el pelo blanco. Jamás, nunca jamás le vio como un hombre normal, la diferencia iba en su maleta, y esto fue siempre lo que más le atrajo de él. Con una cara muy melancólica cerro la ventana, mientras se sentaba, y tras conectar el aire acondicionado, cerro los ojos y se puso a recordar. Tenía una espina clavada de como acabó aquello y tenía la clara intención de hablarlo en estos días aun que solo fuese para quedarse tranquila y agusto cuando el se fuera, con respecto a la única desventura y sufrimiento por amor que ella había vivido. Recordaba como el mundo desaparecía al rededor de los dos cuando éste la envolvía entre sus brazos colocándolos correctamente para interpretar aquellas ya olvidadas notas.
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