martes, 2 de junio de 2015

LA TOURNE (Cap. 5)

- El amor, tal y como te viene, se va. El viento en un atardecer del más triste otoño, es más seguro en su continuidad. No te partas el corazón por aquello que no merece la pena, alumno.
Andrés desde su inocencia de los acontecimientos de la vida, ya empezaba a sospechar de donde venía aquella, respetable, pero tanta lejanía que  rodeaba a Don Cipriano.
 - Pero maestro ¿qué hago si mi capacidad de concentración se pierde entre los bordes de sus ojos perfilados de negro?, ¿cómo puedo dejar de sentir mi pequeñez y debilidad ante esto?
- Andrés, puedes hacerlo, pero hay que tener un gran control sobre tu persona si no lo haces, el mundo de las pasiones y sentimientos te llevarán hasta como y donde quieran. Vive, siente, sueña, disfruta, pero de aquello elevado y que salga de la miseria de las pasiones banales de un amor imposible.
- Don Cipriano, ¿el amor llamó alguna vez a su puerta? - le preguntó Andrés bajo la dulzura y sinceridad, propias de él y partiendo desde las últimas pecas de su redonda nariz que ascendía y bajaba a ritmo de sus ojos grisáceos y su pelo pelirrojo.
- Sí, pero, los ritmos de subida, bajada y desequilibrio, dejan a ras de tierra los impresionantes estados anínicos que cualquier pieza del Romanticismo de Wagner te trajesen. Ahora no, pero si algún día podemos, te pondré al día de los errores que no debes de conceder.
Siguieron hablando un rato. Don Cipriano, alto, espigado, con el pelo blanco y su perilla también, se inclinaba y con la cara y su expresión de siempre, recta y justiciera, le aconsejaba a Andrés sobre la vida y la música que andan cogidas de la mano en esta vida - eso le decía, mientras Andrés, algo gordito y paradito, observaba y escuchaba, con las manos sobre las rodillas, atentamente, todo lo que su maestro le contaba. Entonces, vino, y pasó, sonriendo al lado de los dos. Carmen. Se saludaron correctamente y siguió por su camino, hasta a los cinco minutos, con una bonita falda corta y a flores estampadas, por donde entró, se iba.
- Señorita, ¿donde va Usted?
 - Señor Cipriano, trabajamos juntos, cumplo y voy a cumplir mis horarios pero - y entre una gran sonrisa, sincera y bonita, que apunto hizo caer de la banqueta a Andrés, vuelvo y voy donde me place - a lo que tras avanzar unos metros se giró y le dijo - A darme una vuelta con una gran amiga que vive aquí. Hasta luego - y volteando sus cabellos negros carbón, salió por hacia la puerta del bar para después subir de nuevo.
 - El arte, la escultura, la pintura, la música, la arquitectura, vencen y ridiculizan a aquello que en algún momento creíamos que era lo único y mejor que había y que nos haría felices, sin duda. Aprende a elevar tu corazón. Andrés seguía sin estar de acuerdo con él. Para éste la vida era bastante más simple y sencilla.
- Pero si la vida, es un acto de huida de la normalidad, ¿donde está su validez como elemento que no recoge al nacer?, Don Cipriano, yo no creo en vivir como un acto de sufrimiento en la superación - No, no es un acto de sufrimiento, pero es más que aquello que le otorgamos. En este trance de la discusión, apareció Pedro.
- !Hombres!, ¡ganas de alguien conocido!, !póngame una copita de cognac, que bien ganada tengo!. Cipriano, todo , montado y preparado para mañana - le dijo mientras le giñaba el ojo derecho - Bueno, olvidemos lo trascendetal, deberes y esfuerzos y hablemos de aquello que  nos produzca más que sonrisas y satisfacción - dijo mientras se giraba al ver salir por el ascensor a Carmen y sin poder ver la cara y expresión correctiva de Don Cipriano y la comprensión entre el miedo, de Andrés.
- Carmen - dijo suscintamente y sonriendo
-  Pedro - le devolvió la sonrisa e hizo un pequeño gesto con la manos. Pedro se quedo, ausente en el tiempo, bajo el movimiento de las caderas de la belleza ambulante que iba regalando, allá a donde iba.
 - Impresionante, lastima que sean las mujeres las que le gusten y busque el amor en ellas. Ambos dos músicos impresionados se quedaron. Boquiabierto y sorprendidos. Desde la tristeza de uno, hasta la sorpresa del otro, pasaron unos segundos.
- y Usted ¿cómo lo sabe? - dijo, triste Andrés.
 - Jovencito, ya apenderas a mirar con el tercer ojo a las personas,  encontrarás cuestiones que jamás las esperabas. Es una magnifica mujer, tanto sea para ella, como para él. Pero bueno, un par de semanas de trabajo, no nos dará tiempo a enamorarnos de ella - dijo entre una gran sonrisa y carcajada que sofocó entre la cara de ellos dos.
 - Venga, dejaos tanto respeto por ella y desprecio por vosotros. Os guste o no, habrá poquísimos hombres que no miren sus caderas. Es una gran violinista, digo desde mis desconocimiento por el arte, pero su belleza es lo que hay, ni eterna, ni perfecta, sino mundana y que se le pasará. Mirarla ahora y no cuando ya no esté.
Andrés y Don Cipriano, alegando cansancio y necesidad se retiraron. Andrés trató de no pensar y consiguió obviar aquella posibilidad que le dijo Pedro. Don Cipriano, avanzó hasta la cama más inserto en los pensamientos, tan suyos y propios que le costaba expresar. Pedro se quedó, felimente, riendose del mundo entero, entre dos copas más de alcohol y el camarero que se las servía.
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