miércoles, 25 de febrero de 2015

MAKENATÓN Y TALES

Makenaton caminaba erguido, altivo y satisfecho.
Sus ojos reflejaban el orgullo de su mayor posesión, la tumba de un Dios, al que su pueblo aclama y alaba. Y éste era él, siempre por el camino realizado caminando al lado de Ra, su Dios, en búsqueda de la vida tras mundana que Osiris, juez ante la vida eterna, se la otorgaría por las ofrendas constantes que le hacía todos los años de su vida.
Su vida había sido una larga historia de batallas triunfales contra todos aquellos que se acercaban a las fronteras de su imperio.
De la áfrica subsahariana nadie llegaba a sus tierras, siquiera a la parte alta del Nilo.
En el mediterráneo los Fenicios no osaron llevar sus naves hacia los islotes de los canales que el gran río, bendición divina, formaba en los meandros de su desembocadura.
Su ejercito se encontraba en la frontera de la península del Sinai, a la vera de las costas orientales del mar rojo. Los Persas y Asirios no levantaban la cabeza más que para verlos, atemorizarse y permanecer alejados.
Y sería uno mas, y desde la plenitud de la vida allá, disfrutaría de su existencia eterna encandilado ante la belleza y fecundidad de quien nutria al pueblo egipcio con el Nilo que salia de sus manos, es decir viviría contemplando a Isis.
Entre estos pensamientos y paseando entre grandes antorchas de liza que iluminaban aquella enorme sala de piedra triangular, alzó la vista y sonrió. Allí sería el lugar desde donde realizaría el viaje a su futuro hogar. Estaba caminando con su primer ministro por el interior de una pirámide que había estado construyéndola 20 años y que era visible desde tres días de marcha a camello. La sala interior, donde iría su cofre de oro era inmensa.
- Mi Dios – le preguntó Atertico, ¿cuantas mujeres quieres que te acompañen en el viaje?
Giró la cabeza y pensativo le dijo
- Vendrán en mi viaje 30 vírgenes Itues, 20 sacerdotes, dos escribas, dos cocineros, músicos, tres carros de oro, arte, vino, trigo y arte para mis ya entonces, compañeros que serán, es decir los Dioses que tanto les oramos y respetamos.
- Si mi Dios.
Atertico le miraba con calma y con pausa. Era alto, inteligente, mayor y tenenía el don de actuar sólo cuando tocaba. Aquel era el día. Mi Dios, ¿por qué cree que Osiris os lleva sólo a algunos a sus vera y posesiones?
Makeatón paró, subió su mano hasta el mentón y dijo con calma.
- Cuando los hermanos Isis y Osiris se unieron en matrimonio, mi llegada y mis triunfos ya estaban escritos y sabidos. Los hombres no tenemos voluntad de decidir sobre lo que debe de ser, pues ya está decidido.
Habían siete pisos de altura a los cuales le correspondían un número de Dioses correspondientes hasta llegar a Amun, padre de la creación, en la parte alta del triangulo, inmenso, oscuro y frio que sería su tumba, es decir, el camino hacia la eternidad.
Recorrieron el camino de vuelta y el calor y la luz fueron retornando poco a poco.
Al llegar al exterior miro el desierto sin fin y el largo lecho, que nunca empezaba y jamas terminaba del gran río. Desde la altura de la pirámide hincho con fuerza sus pulmones. Todo era inmenso como su poder, pensaba.
Su corte iba con él, acompañándole, bailando, protegiéndolo del sol y de sus enemigos, y cargada de alimentos y fruta.
Pero allí a lo lejos había un hombre sentado arriba de una duna mirando un pequeño palito que había clavado en el suelo. Media su sombra y miraba constantemente a la pirámide. Tenía un rollo de piel de cabra sobre el que tomaba sus datos.
Al verlo hacer eses extrañas observaciones y permanecer tan absorto y lejano a la presencia de su persona, el hombre semidivino, destinado a serlo en su camino a la vida eterna. Con una señal, los suntuosos y barrocos camellos pusieron camino hacia esta persona.
Llegaron por la espalda de Tales y éste salto al oír los tambores.
Se puso delante el orador del faraón, aquel que trasmitía las palabras del Dios a todos los mundanos no iniciados y le pregunto
- De donde eres, que haces, como te llamas – le dijo, casi sin ningún tipo de entonación.
Con señas le dijo el traductor que entendía el lenguaje hablado por los Jónicos y le dijo.
- Me llamo Tales, soy de Mileto y estoy midiendo la altura de su pirámide.
El faraón se alzó con furia. Era inteligente y había luchado muchos años en las costas del mar mediterráneo en el Asia menor y conocía el lenguaje de aquellos habitantes.
- ¿Te has atrevido a realizar cualquier acción sobre mi nave del tiempo? - !Atraparlo¡
- Nuestro Dios, hay un acuerdo con el pueblo griego al que pertenezco, en observar vuestras construcciones a cambio de los avances que podemos trasmitiros para vuestras obras.
Makenatón volvió a sentarse.
Éste mismo sabio les había calculado el tiempo necesario para el trasporte de sus tropas hasta el mismísimo Tigris. No recordaba su cara, pero, ahora si, su nombre y sus actos. Sin duda le había ayudado y prestado sus servicios.
-Y, mortal, contemplando la maravilla ¿has conseguido algún fruto para tu persona?
-Si, mi Dios inmortal, ya sé la altura de esta obra solo propia de Dioses.
La mirada de Makenatón se perdió en la incomprensión. ¿Desde allí?, ¿sin subir?, ¿sin bajar?
-¿Cómo?,pobre mortal
-Hay un momento en el cual la sombra del palo es igual a la altura de éste y es en ese momento cuando mido la distancia de la sombra de su tumba y calculo su altura.
Los ojos del faraón estaban abiertos como platos y entonces le preguntó
-¿Cuanto sube hacia mi futura tierra?
-Trescientos viente codos.
Makenatón permaneció sentado pensando algunos minutos. Cuando él no preguntaba, todo el mundo debía de callarse y sólo al ruido de alguna rama que elevaba el vuelo sobre las arenas del desierto en aquel tórrido día, se atrevió a susurrar algún sonido.
-Tales, mortal, el mundo no tiene mas forma que la voluntad de los dioses. No tendrás jamás, ni tú, ni los demás griegos esa capacidad que buscáis de conocer y dominar la divina realidad. Siento pena y misericordia de veros arrastraros por el mundo físico.
-¿Crees en comprendedlo?
-Mi Dios, aplicando nuestra capacidad de pensar podemos al menos intervenir en pequeñas ocasiones en nuestro destino.
- No, no. Pero le hablaré a Amon de tu respeto hacia mi persona y le pediré misericordia para tu persona.
Apunto estuvo Tales de decírselo, pero mirando el suelo del desierto intuyó como el faraón y su corte fueron poco a poco desapareciendo. Las había medido y sabía lo que ellos no sabían. La pirámide de Keops era más alta y no la suya que así lo creía. Esto, para aquel que tanto le hablaba del destino y los Dioses hubiera sido terrible.
Los griegos querían comprender este mundo y los egipcios que los mecieran en el otro.





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