miércoles, 25 de febrero de 2015

LA ÚLTIMA PARTIDA (I-IV)


I


Es Valencia, justo el 24 de Febrero de 1978, cuando Ana y Andrés, viniendo de Madrid y de la mano, estaban los dos parados observando la plaza del ayuntamiento de la ciudad entre las sombras que los arcos de la fachada de la estación, dibujadas en el suelo por el sol del atardecer. No se lo proponían pero en más de un momento se sorprendían cogidos de la mano observando el mundo.
Cuando se quisieron dar cuenta ya andaban, sin freno ni compasión, hacia el lugar de la cita. Cruzaron por en medio de la calle ancha alargándose cogidos de la mano mientras el bolso de Ana rebotaba dulcemente en su cintura.
Andaban en paralelo, pero cuando se miraban para situarse, la conexión era máxima y el mundo desaparecía a su alrededor. Los coches pitaban y sonaban los motores de forma cansina. Estaban en una gran ciudad. A ninguno de los dos les gustaba pero sin embargo se movían como peces en el agua. Parecían Japoneses. Esquivaban con rítmicos movimientos al resto de los transeúntes.
Anochecía, pero en Valencia, cuando hay luna, no hace falta nada para ver con normalidad.
Llegaban bastante pronto, pero aún así, tenían prisa. Eran de movimientos pausados y medidos, pero tenían una gran inquietud primera que se veía reflejada en la constante circunvalación que los ojos de los dos realizaban por todo aquello que les rodeaba.
Botas discretas si, él por dentro, ella por fuera.
A la entrada de la plaza, Andrés se giró, clavó su mirada en los ojos de Ana, levanto sus manos y poniendo las dos en sus mejillas le dijo:
  • Aquí empieza la aventura, donde tu y yo ya no nos conocemos ¿quieres que demos la marcha atrás?
Ana se alejó con cara de desconcierto
  • ¿qué si no quiero seguir?, ¿te pasa algo?, ¿por quien me has tomado?
Se acercó despacito. Era más bajita pero casi se encontraban los ojos en el mismo plano. Le paso los brazos por la cintura y apoyó las dos manos en el culo de Andrés.
  • Pues claro que seguimos ¿qué no recuerdas quien te ha hecho un hombre? -Le dijo riéndose a lo que él entre risas le contestó
  • Sabes que es mentira, pero hubiese disfrutado muchísimo si me hubieras enseñado, ahora, bésame y vayámonos.
Se besaron y se fueron por caminos contrarios.
La partida ya estaba organizada hacía ya, al menos, un mes. Nadie sabía de su relación y las invitaciones les habían llegado por diferentes lugares. Se habían conocido, ya hacía algunos años en una gran partida. Los ojos de furia y truenos cuando Ana recordaba como perdió en manos de los engaños de Andrés, escandalizan todo aquello que le rodea en aquel momento. Aquel mismo día acabaron tocándose y durmiendo en la misma cama. Poker, moto y ellos dos ¿qué más, se decían?
Ana se subió algo más la chaqueta dejando a las coderas en su altura mientras le daba la espalda a Andrés y comenzaba a andar, siempre bonita, hacia el lugar de su cita.
Andrés se quedó mirando como se iba, le gustaba y también inició el camino hacia su lugar.
Las partidas se organizaban en diferentes ciudades.
Había mucho dinero y mucho nivel.
Los dos habían encontrado y entrado las partidas a partir de aquellas más pequeñas que se organizaban en los propios casinos. Fueron ganando, y ganando, cada uno por su lado, hasta llegar a un gran nivel, de partidas, por que ellos ya los tenían.


II


La mesa era para seis personas. Toda ella se encontraba cubierta por dos lamparas colgantes ambas dos con una gran cobertura circular. Las bombillas eran de baja potencia y los faldones tenían tonos amarillentos. Había de todo menos la pureza de la luz blanca. Lo iluminado, dibujaba un espacio sagrado donde bailaban las cartas.
Andrés había entrado con todos los demás.
Sin sonrisas pero con amabilidad se fueron quitando las cazadoras y las gafas oscuras. El último que se negó a quitárselas mientras jugaba, perdió y además nunca jamás fue de nuevo invitado. Tenía diferentes edades, como él, 43 años, pensó que dos, dos más mayores y el sexto invitado, que esperaba que entrara y fuese su gatita, que arañaba a los ojos cuando jugaba. La ropa es adecuada, según sea quien y como la lleve y Andrés siempre andaba bien vestido. Mucha clase. Con las botas de piel o la chaqueta. Lo llevaba impreso , su estilo, con números en su frente.
Andrés se quitó su cazadora de piel y dejó enseñar una deportiva chaqueta gris con una oscura camisa azul. Vestía de una manera muy atípica. Pero la ropa no es bonita, lo parece o no, según quien la lleve.
En medio de la mesa, había un gran cuenco plateado, en el que cada uno de los que en aquella mesa se habían sentado, había puesto 10.000 euros, cogiendo las fichas correspondientes a aquel dinero.
Había que gastárselo todo. El montante total de las apuestas de aquella partida y de cada uno de ellos debiérase ser, de 10.000 euros, ganara o perdiera. Si no las hubiera apostado, todo iría a la última mano. En aquella mesa no estaban espectadores, no se venía a pasearse. Eran emociones fuertes. O te ibas con un pellizco fuerte de cash, o perdías digamos casi todos los euros del principio. Que eran dinero que ya dolía, bastante o mucho, al perderlo.
Había dinámica. Sufrimiento, alegría y dolor.
Debías ser duro para aguantar, con asiduidad, ganandote la vida entre las partidas. Flotando a la par que las cartas vuelan hacia tu posición, creciendo observando la cara de aquel que te mira y calcula, viajando entre los dedos de aquel que mueve sus fichas en las apuestas. Es el sueño del dinero fácil, es vivir en aquel momento y justo ese día.
Cuando Antonio, el más mayor de los entonces cinco, se disponía a cerrar la puerta, apareció Ana. No lo llevaba, pero Andrés, así como todos los demás, les pareció que entraba con los ojos cubiertos por el antifaz del misterio. Dos mujeres y cuatro hombres, pero en estas partidas no existía el género.
Se disculpo, amablemente, y sin esbozar ni la más leve sonrisa. No haría prisioneros, no habría piedad. Allí. Con Andrés, apenas cruzó una mirada de indiferencia. La distancia entre la tierra y la luna era poca para la distancia que parecía que tuvieran los dos en aquel momento y lugar cuando la noche anterior, desnudos en la cama se habían contado todos sus secretos a los oídos.
Era la primera de las 10 partidas previstas.
Sería la más relajada y tranquila.
El presupuesto para jugarlas todas se situaba en unos 100.000 euros, y todavía la desesperación, la histeria, la ambición o el descontrol no había aparecido.
Eran dos horas de partida con una mano más una vez se acabara el tiempo.
Dos de ellos permanecieron la parte final de la partida con los brazos en cruz sobre el pecho. Habían perdido los 10.000 y no quisieron gastarse más. En aquel momento, todavía la gente dominaba la huida a tiempo.
El hombre más parecido en edad a Andrés, cuyo nombre no se sabía todavía era el que más ganancias tenía. La dos mujeres Ana y la otra, también habían perdido una cantidad y él la ganaba, no mucha pero si que tenía beneficios sobre los 10.000 primeros.
Quedaba poco más de 10 minutos para el final de la sesión cuando se quedaron solos, en la segunda ronda de apuestas, Ana y Andrés.
Nadie diría que tenían un mundo tan grande solo, única y exclusivamente suyo.
  • Doblo tu apuesta, señorita – le dijo sonriendo amagando el guiño que en cualquier otro lugar le hubiera hecho.
Ana sonrió. Malévola, seca, misteriosa. Cualquier hombre, sudaba con sus sonrisas.
  • La acepto y la aumento, ¡ah!, señora, aunque le importe.
Permanecieron cayados los dos.
Llegó el descarte y, pocker descubierto, dos ases para Ana y uno de los dos ases perdidos y el doce anterior, y ademas, los dos de corazones.
Ambos dos manejaban y acariciaban las cartas.
Se fijaban la mirada y trataban de saber hasta donde llegará le valor de sus cartas.
En estos momentos, eran aquellos en los cuales los dos se dedicaban a recordar aquellas primeras partidas, retos, desafíos y desafinados con el mundo circundante. Hasta que no hubo botas y moto por el medio, la cama permaneció bien lejos de los dos. Aquella noche Ana llevaba una camisa blanca cuyos cuellos eran bonitos bordados, pero la curvatura de cintura y pechos le daban una gran modernidad. Los pantalones negros, buenos, alegantes y siempre ajustados. Estaba realmente atractiva.
Andrés alargó sus manos desde el comienzo de la mesa hasta el centro, sin tocar la bandeja central, arrastrando todas las fichas que le quedaban.
  • Ahí va toda mi apuesta, 11.500 euros, y señora, si cree que gana, si quieres ver mis cartas vaya rascándose el bolsillo, billetes o cheques.
Ana se decía, “mentón alto, moviendo la mano izquierda, escondiendo la sonrisa, los ojos entre cerrados, no creo que pueda con mi full, dos ases y tres dieces, las posibilidades apenas llegan a un 30 por ciento”. Así pues se metió la mano en el bolsillo y tras preguntarle el nombre, le hizo un cheque por un valor de 3.500 euros que eran los que le faltaban para cubrir la apuesta más sus 8.000 que le quedaban de la primera cantidad.
  • Ahí tienes, pichoncito enséñame las cartas
  • No, eso si que no, llévate mi dinero, pero no me cambies el nombre y menos así, señora – dijo mientras se inclinaba hacia atrás y la observaba en la lejanía pero con mucha atención. Casi con un gesto de desprecio volteó sus cartas
  • - tú pagas para ver, y aquí lo tienes
Andrés tenía el hermano huérfano del otro as que tenía que bailaban y jugueteaban con tres doces. Era el full más grande, potente que el de Ana. Sus ojos volvieron a chispear con furia, odio infantil, rabia de la adolescente destronada ¡otra vez no! Sin mediar palabras le depositó todas la fichas y el cheque encima de ellas.
- Tú ganas, pero esto no ha hecho más que empezar.
Era la primera partida y el final fue pacífico y cordial. Se recogieron las chaquetas, se
apagaron los cigarros, se encendió la luz y todo volvió a la realidad. Todos se fueron al bar externo del bingo a tomarse unos Whiskys a la salud de sus perdidas o ganancias. En dos días todos, con más dinero, concretaron que allí volvían. Segunda partida será.
Andrés y Ana se despidieron y se fueron por caminos contrarios como si tuviesen intención de verse nunca más. La última mano le había dolido mucho y Andrés lo sabía. Ella sufría y él, con amor verdadero, disfrutaba de estos dolores ante la perdida con él.
  • No me engañaste, lo tenía que jugar, era penúltima mano, tenía buenas cartas encima de la mesa – le dijo con la cabeza medio levantada y con cara de no darle importancia.
  • Sí, y lo sabes – le dijo Andrés mientras se acababa la cena que les habían subido a la habitación, que has creído que no tenía nada ¿los movimientos de mi mano izquierda?, ¿la posición de mis ojos?. Eres buena, muy buena, pero, amor, conmigo hay que jugar muy bien. Además, entre tú y yo es una cuestión más de honor que de dinero. El cheque, pichoncito, sale de nuestra cuenta.
  • Si me vuelves a llamar pichoncito, ya sabes que esta noche tendrás que pegarte un baño de agua fría si no puedes más, hombrecito - esto último se lo dijo ya con una sonrisa incipiente, que acabo con un leve giro de cintura mientras se sacaba la camisa para quitársela. Su ombligo era una total cárcel del pecado.
Los dos se rieron, cenaron, se fumaron un cigarro en el balcón de la habitación y se fueron a la cama, rodando entre abrazos y besos, viviendo en el Nirvana hasta que salió el sol en el día siguiente.


III


Iban llegando a la cuarta partida.
La noche era clara, aunque la luna estaba ya decreciendo en su lucha por continuar.
El casino tenía una puerta de entrada, discreta, en la parte trasera del complejo. Apenas había luminosidad en aquella entrada y la calle era estrecha y, aun estando cerca del centro aquel lugar, apenas había movimiento, ni de coches ni de personas.
La partida empezaba, como todos los días a las ocho. Hoy allí estaban ya todos, menos Ana, unos minutos antes. Se las daba de dura, les hacía esperar y esto a Andrés, le gustaba mucho.
La partida anterior se estaba retrasando. Una a las cinco y otra a las ocho, con una hora entre las dos. Andrés se giró, había algo de follón dentro, gritos y voces altas se escuchaban del interior, mientras comenzaban a salir. Andrés se apartó con curiosidad, no era la primera vez que estaba ante un caladero de estos. Era un pequeño tumulto alrededor de dos hombres corpulentos, ambos dos con traje de chaqueta, pero uno negra y el otro blanca, cogiéndose de los cuellos de la chaqueta, gritándose en la cara y otros cuatro o cinco a su al rededor separándolos. Creía Andrés que era su penúltima o última partida de ellos, y bien seguro que así se notaba. El alcohol sudaba por litros en aquellas mesas y la gente se ponía nerviosa. En la pequeña oscuridad de la calle se fueron perdiendo entre empujones y explicaciones.
El portero les hizo el gesto de entrada justo cuando Ana llegaba. Hermosa, hermosa, pensaba Andrés, mientras la dejaba pasar en la entrada, serio y sin apenas mirarla.
Tras la dinámica propia de las tres otras partidas se encontraban ya, casi en la mitad de ésta, de esta cuarta partida.
Antonio, el más mayor, estaba poniéndose nervioso. No sólo había perdido las apuestas iniciales de las tres partidas, es decir, 60.000 euros, sino que además había sacado ya cheques. Ana ya había visto los ligeros temblores en su mano derecha y Andrés había seguido la mirada de Ana y ya lo sabía también. Hoy no había ganado ni una mano. Pero allí todo el mundo de la mesa, sabían a lo que se iba y lo que había. Habían durante las diez noches 60.000 euros dentro de la pieza metálica central que se iban a pasear aquella noche por toda la mesa, y esto era realmente jugoso y traicionero.
En un momento, como cualquier otro, entró apresuradamente a la habitación un trabajador del Bingo, que se asomo y les dijo, en voz baja, que la policía había venido.
A partir de ciertas cantidades, el juego tiene que realizarse en unas determinadas condiciones y circunstancias que en aquel momento y lugar no se daban. Se levantó Pedro, que tenía más o menos la misma edad que Andrés y con mucha calma les dijo señalando al dinero que quedaba del fondo de las apuestas.
  • ¿Resto total para mañana?, ¿lo sumamos al dinero de la entrada?
Todos hicieron el gesto de afirmación, y éste se acerco a apretar el botón lateral que hacía que el cuento se abriera por la mitad y el dinero cayese en una bolsa de piel central. Pedro se agachó, la cogió y salieron todos, con prisas pero como siempre, con mucha discreción. Ya de manera desordenada fueron entrando en el bingo por la puerta principal, controlando a Pedro que iba a llevar la bolsa a las taquillas centrales en las cuales había cajas fuertes personales. Lo introdujo en una y le dieron la llave. Si no lo estabas observando, no te hubiera llamado la atención el gesto en el cual subió la llave, mostrándola a los demás jugadores de la partida desperdigados por toda la vista hacia el casino, e introduciéndosela en el bolsillo.
Andrés se quedó, un rato más, tomándose un Whisky cerca de la ruleta. Le gustaba verlo, como se emocionaba y alegraba la gente o como se iban de allí cabizbajos y maldiciendo su suerte. Nunca había jugado a ella y hoy no iba a ser menos.
Ana salió directamente del bingo y con la intención de darse un gran paseo, al hotel acudió.
No pasaron muchas horas hasta volvieron a estar juntos en la habitación.
  • Rápido y frío es Pedro, cuidado con él, Andrés
  • Además juega con calma – añadió él, temámoslo los dos.
  • Y también – continuó Ana, interpreta fenomenal las cartas que están encima de la mesa.
  • Pensar correctamente bajo la presión, es una virtud.
  • Y Antonio ¿qué te parece, Ana?
  • Lo va a perder todo, los pálpitos de su corazón se escuchan por toda la mesa.
  • Sí, estoy de acuerdo contigo y sabes, me está dando pena.
Aquí Ana levantó la cabeza y le miró con cara de sorprendida. Se puso la mano en el mentón y apoyó el codo en la mesa. Durante unos instantes, los dos permanecieron callados. Ana, sin hablar, se levanto arrastrando por el suelo el largo albornoz blanco del hotel y tocándose el cabello todavía mojado, le dijo
  • Los sentimientos, déjalos única y exclusivamente para nuestra relación y cuando estemos solos, sabes perfectamente que el mundo del juego es cruel. Somos pocos los que sabemos estar y vivir en éste.
  • No te preocupes, nos llevaremos el dinero de todos y nos iremos otro medio año más a recorrernos Europa en la moto, durmiendo en los mejores hoteles y cenando con champagne todas las noches.
Andrés se desnudo y se taparon los dos con el albornoz, mientras miraban con desinterés la televisión.


IV


A la mañana siguiente, con un buen sol pero un frío relajante salieron a almorzar a una terraza cerca de la playa. La distancia entre el centro de la ciudad y la playa era poca y se podía tomar una buenas tapas viendo el mar. Entre boquerones y sepia, hablaban.
- ¿Entonces me dices que su cara no te suena?
- No, en ningún sitio y menos en los relacionados en el juego, lo he visto.
- Sabes, Ana, qué lo que más me preocupa es que me parece que no ha venido aquí a ganar dinero, cuando tiene cartas buenas, apenas gana y cuando son malas, no pierde nada.
- Sí, Andrés. Detesto entrar en el mundo de las sensaciones, ya sabes, pero siento, en ocasiones, que le interesan más y observa, otros asuntos, cuando te mira esperando cualquier decisión.
- Pues, bombón, ya te he dicho que estas son fundamentales. Alguna sorpresa tendrá este hombre. Lo presiento.
Hablaban de Pedro. Una persona total y absolutamente normal en cuanto a sus características físicas menos en su sonrisa y su mirada. Era difícil encontrar algún signo interpretativo en sus gestos y expresiones, te miraba y sonreía igual que cuando apostaba 1.000 euros a cuando te pedía fuego.
Dejaron de conversar sobre sus andanzas de póquer y comenzaron a discutir, si había beneficios, donde se irían cuando aquel tomate terminara. Qué si San Petersburgo en avión a si a Nápoles en la moto. Cada uno salió por su lado preparando la ceremonia de llegada al casino.
Todo permaneció como lo que había sucedido todos los días y allí habían entrado uno a uno y cada cual más discreto.
Con la dinámica de las partidas anteriores, lo que estaba pasando era, que todos se estaban llevando, le estaban ganando, todo el dinero a Antonio.
La sensación de nerviosismo y desesperación era evidente éste.
En la mitad de la partida Antonio se levantó. Había perdido todo lo de aquel día. Y casi sollozando comenzó a decir que no iba a firmar más cheques.
- Antonio, no puedes hacerlo a no ser que quieras abandonar totalmente todas estas partidas, aquí y en otras muchas mesas, sabes que por el bien de todos tu nombre saldrá de esta mesa totalmente magullado – dijo Pedro con la voz firme, mientras todos miraban impertérritos la escena, no habrá ni uno sólo de esta mesa, por su bien, que no lo diga tu nombre allá a donde vaya.
Tropezando con todo se fue mascullando maldiciones. Entre los Whiskies y los nervios desequilibrado salió.
- Antonio Mírales – dijo Ana, acordémonos.
Tenían todos muchos kilómetros recorridos al rededor de las mesas de póquer y estas situaciones ya les eran conocidas. No le dieron apenas importancia. La partida siguió con normalidad. Dos o tres manos interesantes, un par de situaciones tensas y nada más. Acabó y bastante relajados comenzaron a levantarse de la mesa y como todas las noches, cada uno salió hacia algún otro lado como si no se conociesen.
Ana acudía al hotel a la media hora de haber acabado la partida y Andrés a la hora entera y su sorpresa, de ambos dos fue mayúscula cuando se encontraron a Pedro, como no, sonriente, en la puerta del hotel.
- Casi me engañáis, pero no, bien con ayuda, pero no. Dormís juntos y actuáis en equipo ¡falta! - dijo pedro carcajeándose, sentémonos, compañeros de mesa.
El café del hotel tenía una decoración bastante simplista donde era difícil encontrar un lugar minimamente discreto. Aún así, lo consiguieron. Cuando llegó al hotel Andrés, Pedro ya había llegado y estaba con Ana, con lo que apenas pudo conversar con ella y salir de la sorpresa que llevaban. Los dos se sentaron y se quedaron mirando a Pedro expectantes.
- Sí, sí, me gustáis mucho, tenéis estilo y apostáis para ganar, tenéis buenos movimientos y se entiende que sois unos buenos profesionales sin miedo a jugar.
- Vale, vale, pero y vamos a tratarnos ya con sinceridad y díganos ¿de qué nos está tratando de intrigar? - dijo Ana
- Sí – echándose hacia el respaldo de la silla y sonriendo, cuéntanos este asunto a qué viene -continuó Andrés
- Vale, de acuerdo, os diré claramente – hubieron un par de segundos de decisión, quiero que vengáis conmigo a un país Árabe, ya os diré cual, a realizar una estafa tremendamente grande.
Se incorporó en el asiento y miro sin pestañear a ambos dos. Parecía aquello de dos manos buenas, mucho, en una sólo partida. Se miraban como si estuvieran todavía en la mesa del casino.
- Con sólo esos datos, yo, independientemente de lo que haga Andrés, no te puedo contestar.
- No tengo ningún problema morales en realizar una estafa a esos niveles pero sí metodológicos. A quién, cómo, qué beneficios y más, así que hasta que no nos cuentes, hombre misterioso – añadió con una mirada de solvencia, más cosas, no te voy a contar nada.
- Sí, lo comprendo y así lo esperaba. Jugáis bien al póquer y tenéis bien controlada vuestra capacidad de decidir. Cuando acabe la partidas, que nos quedan dos, os contaré todo el asunto.
- Bien, de acuerdo.
- Vale, así quedamos ¡ah!, y recuerde Pedro, el qué me acueste con Andrés, no significa que formemos un equipo en las ganancias que pienso tener – le digo mientras le esbozaba una mirada maliciosa y misteriosa.
Salieron del bar y, extrañamente para los dos, se fueron juntos al hotel, y una vez allí y debajo del mismo albornoz del día anterior y también desnudos y recién duchados, Andrés le preguntó.
- Óigame, amor, ¿qué quisiste decir con eso de que nos acostamos pero poco más?
- Andrés ¡tanto jugar al póquer y no ves un pequeño farolillo!
Le miró mientras se acomodaba en el sillón y Andrés, con cara de confusión, la fue calmando mientras se acomodaba también.



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