domingo, 6 de diciembre de 2015

EL EDIFICIO CALIGARI (Cap. 4)





Vestía con un traje blanco y cortaba una pequeña melenita rubia.
- !Llévame a bailar¡ - me dijo sonriendo y moviendo la cabeza suavemente de un lado para el otro.
De tanta belleza, tanta locura, me decía.
- Sabes, Marylin, que me tengo que ir a trabajar – contesté poniéndole dos dedos en horizontal de mi mano derecha, con suavidad, bajo su dulce mentón.
En aquel mismo momento sus ojos se libraron de locura y, cruzando su mano derecha, cogió la mía y la apartó de su rostro.
- Andrés, sabemos que todos vivimos inmersos en nuestras locuras, tú, yo y todos. La adquirimos en el camino de nuestra realización. En busca de la satisfacción. La locura del sinsentido. El ajetreo y materialismo actual. La imposición externa en tu vida. En demasiadas ocasiones nos olvidamos de lo somos y nos dejamos llevar por los estereotipos impuestos, movimientos artísticos, tal y como el art pop, con el icono Marylin de Warhol
Aquí su expresión cambió de nuevo y su bella sonrisa volvió
- Bien, bien, Andrés, amorcito ¿donde vas?, cuéntame.
- A la rutina en el trabajo.
- Al trabajo, al trabajo...- aumentaba ligeramente el tono en cada repetición, !al trabajo¡, ¿dejas el mundo de tus sueños para salir a la realidad?
Autoacusaba al mundo de sus locuras.
- ¿Miedo a actuar tal y como tú eres?
Tenia ataques de lucidez verbal
- ¿Nos escondemos en la normalidad ante el temor de descubrirnos?, ¿es locura no entrar en el caudal del rio que a todos nos arrastra?, ¿tenemos que adquirir unas formas, usos y maneras impuestas del exterior?. ¡Marylin!, !Sácame¡
Entonces, enseguida se le pasaba y al momento ya te estaba poniendo morritos resaltados en rojo.
- Esperaré la flor que me traes todos los días – me dijo alejándose de medio lado, despacito y marcándome un besito con la mano.
Nunca le llevé flores. Temía su reacción.
Continué bajando las escaleras, cuando a la siguiente vuelta, me encontré al pintor, Daniel, allí, en mitad de ella, con un cuadro, enmarquetado apenas con los laminas de cristal, pensando como ponerlo. Maniobras tenía que hacer para pasar.
- ¡Hombre Juan! - siempre se equivocaba con mi nombre.
- Daniel, qué tal.
- Pues mira aquí, a ver donde y como coloco mi nueva creación, mira, mira, y dime qué tal.
Me la pasó y la contemplé
- Has dejado tu anterior estilo ¿no?
- Me insulta que me lo preguntes – el genio de los artistas chovinistas volvía- , ¿qué no ves la diferencia?, es palpable evidente, clara. Los otros eran buenos, pero estos son mejores.
Era surrealismo, bueno.
Tras ver el cuadro, comencé a comprender su nuevo bigote, largo y afilado.
- Quiero hacer real lo imposible, quiero que veas lo que no puede ser, quiero llevarte al mundo de las ilusiones.
El cuadro era el dibujo, bastante conseguido, de un elefante, de aquellos que en caravana marchan en un cuadro de Dalí.
Mi única relación con él, había sido en el hueco de la escalera. También era un hombre informado de lo que hablaba y conocía muy bien las obras propias de cada movimiento o autor en los que trabajaba.
Mientras pasaba le dije
- Sí, a mi me gusta bastante, disfruto muchísimo, sino con él que más, viendo los cuadros de Dalí.
- Sí – dijo levantando el dedo indice.
- Claro, que también un poco extrovertido y experpéntico en ocasiones.
- Mira, la belleza y verdad tienen la misma madre y ella es, la locura.
Un tanto aturdido me quedé tras esta afirmación por la resonancia y el tono de aquella verdad que nunca supiste. Su sonrisa continuó.
- Bueno, pues ya tengo el lugar, así que me subo a por las herramientas para colgarlo. Ah¡, a ver cuando quedamos y subes al altillo a ver mis obras.
- Cuando quieras me avisas – durante siete años me estaba invitando a su casa a ver su obra. Nunca había ido. Tampoco le había visto salir a la calle, pero sus cuadros tenían la suficiente calidad como para hacer negocios con ellos. Eran buenos.
Así pues, nos dimos la mano y cada uno siguió por su camino.
Para ir a la planta baja, debía de pasar por toda la primera planta pues la escalera continuaba al otro lado del pasillo.
En cuanto doble hacia éste, sorprendido me quedé, estaban todas las paredes y techo con hileras de luces pequeñitas formando lineas paralelas y alguna trasversal.
En la primera puerta vivía el antiguo chófer del dueño del edificio, que aquí había vivido, en toda la cuarta planta, y estaba, el antiguo chofer, con el uniforme puesto, paseando de un lado al otro del pasillo con cara de impaciencia, hasta que giró su mirada y la clavó en mi.
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