domingo, 21 de septiembre de 2014

DARWIN, JHON Y LOS MONOS ENJAULADOS



Crujiendo el casco Roble Ingles y temblando en su verticalidad los mástiles de pino Español, el gran Velero Beagle había salido ya hacia dos años de Inglaterra con el objetivo de recorrer las costas de Suramericana primero en un viaje de investigación que daría la vuelta total al mundo por sus océanos y mares. Jhon era el cocinero y había conseguido una gran amistad con Charles.
Aquella mañana, se encontraban viendo una vez más, la salida del sol en la eslora izquierda del Beagle en su viaje hacia el pacifico, habiendo pasado el estrecho de Magallanes, en el confín del mundo, cerca de la tierra de hielo, en el punto más lejano de la Patagonia.
Charles salía a pasear con su traje de levita azul y disfrutaba mucho de los vientos frescos y matutinos que levantaban su pelo rizado. Observaba con atención y su lente los azules amaneceres de aquellos inhóspitos lugares. Coincidía normalmente con Jhon que con su siempre puesto delantal, le iba a su encuentro.
- Señor Darwin, lo he vuelto a hacer. Como me pasa algunas mañanas, he vuelto a gritar a mis ayudantes y mostrarse violento con algunos marineros. Me detesto esos días, parezco un mono enjaulado.
Charles se le quedó mirando fijamente y volvió perder su vista en la lontanía y soledad del océano. Había estado estudian los pinzones de las islas del atlántico, había observado la rareza de los dragones de las islas de estrecho y empezaba a especular sobre la necesaria adaptación de los animales a su entorno. Susa notas comenzaban a tomar forma de libro y en el empezaba a plasmar su idea de la evolución. Justamente aquella noche, en sus sueños especulativos tuvo la tentación, durante breves instantes de aplicar estas conclusiones a la especie humana.
- Pero, qué me cuenta Jhon, ¿que deja de utilizar su razón humana y actuá de manera impulsiva como lo hacen los animales.?
- Bueno, tu pregunta es difícil, no sé, sin pensarlo.
Darwin había leído algo de Hering, fisiólogo de Liebnizg que estudiaba la relación entre la velocidad respiratoria y el sistema nervioso. Sabía que había una relación entre el estado corporal, en este caso matutino de Jhon, y su humor. Ahora bien, la idea de que fuera el posible reflejo de la evolución del ser humano, le asustaba.
- Sí, Señor Darwin, y me siento arrepentido, pues yo no soy así y no quiero que mis compañeros me vean de tal manera. Por la tarde nunca me pasa.
Darwin seguía pensando. Había estudiado a los primates en todos los zoológicos de Inglaterra que los habían traído de sus colonias extendidas en todo el mundo, y había visto que no tenían un estado de humos variable a las horas del día. Aquí si que había una diferencia clara. Pero sabía que esta reacciones en las cuales las personas no utilizaban la razón y no estaban en sus cabales eran tremendamente similares a las de los animales.
- Jhon, es importante y fundamental controlarse, lúchalo, pero no te desprecies pues en mayor o menor cuantía a todos nos pasa.
El estudio de los picos de los pinzones adaptados a la vegetación propia de cada isla apenas separadas por unas millas pero la imposibilidad de comunicación por los grandes vientos del océano y su forma debido a la adaptación al tipo de flores le apasionaba y le hacia reflexionar sobre qué tipo y hasta donde podían llegar este tipo de cambios.
- Pero, Jhon, ¿te pasa constantemente o viene de unas condiciones especiales? - le dijo mientras acariciaba la suave madera pulida de tono azulado de la barandilla del casco.
- Sí, especiales, en cuanto que menos noción de mi mismo tengo, es decir, tras una noche cansada y la mente aturada, tengo más dificultad para pensar.
- ¿Será como si dejaras a parte tu razón?
- Sí, algo así.
- ¿Como los monos que no la utilizan?
- Bueno, señor, esa broma ya la hago yo.
Rieron los dos.
Darwin sería repudiado por la Iglesia Anglosajona si se atrevía establecer cualquier conexión en la engendración entre el mundo animal y el ser humano, pero no podía evitar pensar, en las reacciones inconscientes de los animales, la reacción consecuente nerviosa ante la aceleración respiratoria de Hewring y los cansinos amaneceres y de mal humos que inconscientemente tenía Jhon.
El mar pacífico, cruzado ya hace tiempo por Magallanes, le esperaban. Era una larga travesía flotando entre las aguas vaciás. La nada era su población.
En el movimiento repetitivo y el silencio creado por el grito continuo de las aguas rompiendo en el casco del barco, le inspiraban y ordenaban su mente.
Sabía que había un elemento evolutivo propio en la naturaleza y que podía haberlo habido en el ser humano, lo que le daba la probabilidad de encerrar en sí mismo el acto irracional e irreflexivo propio de los gorilas en celo del África tropical.
Pero no se atrevía pensar que hubiera alguna dimensión actuante e irracional propia formadora del ser humano.
El atardecer se completaba y no quería escribir esta noche a la luz del candelabro.
- ¡Señor Darwin! - Jhon daba una vuelta revisando las provisiones antes de irse a dormir ¿qué tal ha pasado la tarde?
- Bien, bien, mi querido y buen cocinero y déjame que te diga, que intuyo que en este siglo, a sus finales, alguien nos explicará de donde vienen estas reacciones que tan poco controlamos y que tanto nos perturban.

Entre los graznidos de las gaviotas de las últimas tierras costeras, se dieron las buenas noches.
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