domingo, 20 de abril de 2014

KANT, OLIVIER Y EL MAL



Kant y Olivier deambulaban perdidamente por las calles empedradas del centro de Kronigsber tratando de capturar los cansinos rayos de sol de esta fría tarde en los albores últimos de ésta, al oeste de las tierras Prusianas.
Olivier era un lejano sobrino de un primo, lejano también, que vivía en París, casado con Rubit de le Croix y que le había mandado a su hijo a aprender Alemán y a culturizarse, en general con Inmanuel, que todos ya sabía de su sabiduría, por su trabajo en la Universidad y por sus escritos.
Kant no era un hombre de una lúcida sociabilidad. Era tremendamente introvertido y paseaba discretamente todos los días hasta la facultad. Eran 20 años haciendo ese camino y habían algunos que todavía no lo sabían.
El sobrino llegaba de la Francia ilustrada donde el hombre andaba a pecho descubierto, en su potencia intelectual y capacidad estética, alcanzando su mayoría de edad y su capacidad para el control del mundo. Del frio apacible de la biblioteca a la ardiente clase intelectual distaba la misma distancia que algo mas al sur de Berlín y el siempre hermoso, París.
- Pero maestro, maestro, ¿me quiere Usted decir que el mal no tiene una forma concreta?, ¿que no es un acto determinado con un componente preciso?,¿qué no es un sustantivo?, Rousseau, Montesquie y otros nos traen un mundo concreto, tanto de leyes como de naturaleza, No le entiendo maestro.
Kant se rascaba con calma y atención la pequeña perilla que llevaba. Él sabía que la calma del pensamiento era una cualidad importante pero no sabía como trasmitirla y se pensaba si era efecto del uso y costumbre o de su naturaleza. Lo dudaba.
- Mira, Olivier, el juicio de los contenidos, los hechos, los sustantivos, las personas y otros elementos constitutivos de cualquier acto o acción, siempre serán y estarán dependiendo de los elementos éticos formadores de aquella cultura o situación, de ahí que la concepción del mal, y en su defecto del bien, deben de estar por los momentos puntuales de allí y entonces, de su cultura e historia.
- Bueno – dijo Olivier, eso no pasa. Los Cristianos, tenemos unas leyes de comportamiento que atraviesan el tiempo y los pueblos.
- Bueno sí, pero no olvides que es una parte de las creencia que forman el antiguo mundo y que cambia. Tú país está montando un estado laico, no lo olvides – Olivier, remoló un poquito, - Kant siguió, y hay otros lugares en el mundo formadas y construidos entre otra religiones.
Olivier abrió los ojos desmesuradamente viendo como su tío hacia alusión a los herejes con tanta facilidad y benevolencia. Pero Kant, había leído las primeras traducciones Aristotélicas conservadas y guardadas bajo los auspicios de la cultura del Islam en el antiguo ya An-dalus Ibérico, y su concepción del mundo y su mente eran bastante tolerante, sino abierta, crítica y constructiva.
- Mira – le contestó Kant, parándose ante los grandes ojos que le enseñaba su sobrino, la única manera de acertar y realizar una ética cual justa e igual para todos y que no tengo ninguna excepción, ni puntualización, ni disputa en su contenido ni sentido es, sobrino, la ética formal, en la cual el contenido nos es secundario, frente a las maniobras y fines con los que realizamos la reflexión.
- ¿De qué me hablas, Maestro?. Cuando Olivier encontraba interés y se dejaba invadir con la profundidad de las palabras, el contenido del mensaje y la profunda voz de Kant, su subconsciente lo pasaba a tratar como el gran maestro que era.
- Encontremos unos valores y principios pero puramente operativos, le dijo, pensamos que cualquier cosa que hagamos tendremos al individuo puesto en el punto de mira y jamás haremos nada que puedan hacerle daño. Las personas estarán por encima de cualquier resolución. No me importa donde o que es el bien o el mal, me importa que los hombres sufran y que la humanidad no avance.
Es la formalidad sobrino.
Aun con las indicaciones del sobrino, Inmanuel, no quiso entrar el el limpio y engreído café de la ya oscura y fría ciudad. Nunca entraba y prefería encontrar el calor caminando aun siendo fría la ya noche.
- No Olivier, no entraremos.
Siguieron hablando. Kant le hablaba en CentroAlemán porque era la lengua que había venido a aprender y la terminología y giros lingüísticos de su lengua madre, el Prusiano, se esforzaba por no realizar.
- Mira sobrino, piensa que cuando vayas a realizar cualquier acción seas tú quien la recibe y la sufre y tras esto decide si la haces o no. Imagina recibir tus actos y decide si los haces.
- Pero, maestro ¿todos no lo merecemos?
- Mira, alumno-le dijo sonriendo, el ser humano debe de ser un fin en sí mismo y nunca jamás será un medio para conseguir ningún objetivo. Esto no está reñido con un buen mundo, al revés, mejor irá. En la soledad del camino, te hablaré en plata y te diré que en ésta primera república allá en vuestro país, la tenéis llena de individuos que tiene en su punto de mira el establecimiento de un modo de gobierno antes que la propia dignidad o el fin humano. Han hecho y harán en nombre de la revolución actos crueles y malos, pues el fin no son las personas sino otros intereses como será el estado en sí. ¿Donde está el mal?, te pregunto ¿matar al rey sol, luis XI fue bueno o malo?, ¿matar es correcto o no? Si no tenemos a las personas al final de las intenciones la ética se evapora entre las opiniones.
Olivier si que era consciente de las palabras de Kant, respecto a las crueldades que se habían hecho en su país, con la subida al poder de Napoleón y la condena a muerte de luis XVI. Kant apenas había vivido los comienzos de la revolución y era ya mayor, y lo sabía, para ver donde llega el asunto. Pero sabía muy ciertamente, que si no se piensa en las personas, el sistema caé por sus propias injusticias e irregularidades.
Olivier era un joven que se había criado en la ilustración francesa y el único objetivo de estos años tremendamente creativos y fecundos del pensamientos consistía en la renovación general de todo concepto, institución, forma y manera que perteneciesen al antiguo régimen. Llegaba la república y se iba el absolutismo. Llegaba la injusticia fundamentada y se iba la injusticia por tradición y costumbre. Kant lo sabía, sabía que si se defendía ideas y no individuos, estos acabarán sufriendo.
Callados andaban los dos, con la noche ya entrante y las pequeñas lamparistas de aceite encendidas.
Olivier le tenía un gran respeto y admiración, pero los nuevos vientos le arrastraban y le alejaban del reposo, pensamiento, tranquilidad y grandes verdades que Inmanuel le servia, como leche calentita antes de irte a dormir.
Kant lo veía y sabía que el mundo seguiría, hasta mucho más adelante, con la intención de imponer unos sobre otros los elementos considerados como buenos o malos. Kant sabía que no. Que éstos no existían, que no los habían, que en cada casa la decoración era diferente. Lo único que se debía exigir y ser como medio fundamental constructivo será techo, y agua, decir, unos mínimos que miren y se preocupen por el individuo que allí vive y no por la construcción de un gran sistema en el cual el pueblo debíase sacrificarse por la grandeza del imperio, sin techo y sin agua.
Llegados a la casa de Kant, Olivier se despidió.
- Señor Inmanuel, ¿cuando quiere usted que venga mañana a recogerlo?
- Poco después de que salga el sol. Tenemos que estudiar griego y latín. Mañana comenzaremos a trabajar griego con la Ética a Nicomaco Aristotélica. Te gustará y además te contaré, quien guardo, trajo de oriente, tradujo, y estudio todas estas obras.
-Bien, maestro -se despidieron con el cariño de la familia pero con el respeto y la distancia de las ideas.
Kant cojeaba mucho de la pierna izquierda y apoyándose y con la ayuda de su sobrino, entro por la ya vieja pero robusta puerta de su casa. Se despidieron y Kant se quedó mirando a su sobrino y pensando.
“vientos nuevos llegan a Europa, vendrán con unas tormentas de sangre. Las venas hierven con los nuevos pensamientos de libertad, pero alguien , que no seré yo con mis mas de 70 años, tendrá que poner un fin correcto a la imposición de las ideas.
La levita negra apenas se la veía hasta que se quitó el abrigo. Voluntarioso vino el mayordomo a colgarlo y ayudarle a subir. La ama de llaves le había dejado preparada al lado de la cama una gran infusión de hierbas para calentar el cuerpo. Cansadamente se puso la ropa para pasar la noche y se acostó.

Kant, viva por saber como conocemos, esa habíase sido su objetivo, de aquello que pues propuso una ética sencilla pero completa y que no trató de imponer pues sabía de la inutilidad de hacerlo mientras la ciega ambición de lo que fuera se impusiese en los actos humanos.
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