miércoles, 3 de febrero de 2016

EL CAFE Y MI VIDA EN LOS DEMÁS



- No quiero ser una figura de reparto en la escenografía de los demás – dijo Andrés, entonándolo con algo de resignación.
- ¿Ser en primera persona dueño de tu mundo? - le preguntó Pedro.
- Sí, cansado de un mal entendido, una mala mirada, unas palabras de más, aquel gesto esperado y que nunca vino, preocupándonos por aquel momento que nunca jamás volvería a darse, es una repetitiva, cansina y enfermiza preocupación de buscar la situación en referencia a los demás. Actuando en un teatro que no existe y cuyos versos, además, están redactados en muchos idiomas.
Levantando los ojos acabó su intervención.
Hoy no se colocaba al hablar tal que algo inclinado sobre si mismo, como hacia con pasión y ganas, y se encontraba hablando despacio, más serio y erguido.
Llegó Pedro antes y estuvo esperándole hasta casi al punto que se iba, cuando, como tal, apareció. Antes de empezar con las conclusiones filosóficas, como así hacían, le contó Andrés los vaivenes del problema que había tenido.
- Sí, Andrés, pero ¿es que no estamos cometiendo un acto contra natura si nos aislamos de la interacción entre una asociación humana del tamaño que quieras?
- Bueno, Pedro, la asociación grupal no surgió como un elemento cultural o superior. La unión grupal fue solo un movimiento defensivo-evolutivo sin ninguna ligazón necesaria con la esencia natural del ser humano.
- ¿Me quieres decir que nuestra dinámica de asociación humana es una pura dinámica histórica?, si partiéramos de cero y sin la necesidad de defendernos, ni atacar ni pelear ¿dejarían de existir la sociedad? - preguntó Pedro, buscando el error – pues no lo compartía- en el razonamiento de su amigo
- Dejar de existir la sociedad, no, no, pero si que las diferencias y la diversificación sería mucho mayor. Las sociedades, usos y costumbres heredadas imposibilitan gran parte del movimientos a los nuevos tiempos.
- Pero ¡homo civicas!, te he oído tantas veces
- Sí, pero no así. Te cansas acabando la conversación de dirigir tus actos conforme fueran aceptados, admitidos, vistos, juzgados, apreciados y demás, buscando, no la satisfacción propia de tus actos o palabras, sino el impacto conseguido y producido por la acción de ellas.
Pedro observaba a Andrés y lo encontraba más serio y distante que otros días. Sabía que ayer, en la reunión había dicho, sin ninguna intención de hacerlo, unas palabras que fueron problemas para un compañero. El compañero había actuado mal y Andrés, sin intención, lo había delatado. Estuvo varias horas fastidiado, hablo con su compañero varias veces y aun le costó un tiempo superar un pequeño ataque de culpabilidad, le arrastraba pensar que el compañero pensara en su mala intención. Andrés era sensible, mucho hacia los demás y le afectaban bastante sus reacciones. Aquel día colectivizó el asunto, las sensaciones que el tenía, la sobrada preocupación por la impresión que los demás tengan sobre tu persona y realizó, ante sus avisos de existencia, una generalización a todas las personas y la dependencia que teníamos de las opiniones externas.
- Bueno, pero la interrelación colectiva nos hace avanzar y realizarnos – tratando Pedro de hacer avanzar el problema.
- No tiene por qué.
- ¿Cómo?
- Me dirás primero si consideras la colectividad el la vía necesaria de realización del individuo.
- Sí, creo yo – Pedro, razonaba y pensaba más que cualquiera y era un hombre con una gran inquietud intelectual, pero era también una persona módica de reacciones, discreta de estridencias y con algunos actos muy normalizados.
- Pues no creo que no, Pedro, que ¡más realización si nuestra existencia fuera largos paseos y grandes sobremesas tras ligeras comidas!, Ciertamente no me importa, me estoy preocupando por mi mismo.
Giró su butaca y relajadamente se miró al espero del mostrador y levantó la taza del poleo, humeante todavía. Pedro se quedó quieto mirándolo.
- Hoy me he sorprendido – le dijo a Pedro – preguntándome y preocupado por lo que él habrá pensado sobre los motivos de mis actos, hasta convencerme que la verdad sobre el acto y la intención era mía, solo mía, y que en estas condiciones debía de actuar. No soy un personaje al que tu debas o puedas juzgar, sino soy el primero en mi persona y miro y veo nuestros errores. ¡Qué sin sentido más grande esperar la aprobación de los demás!
- Bueno, Andrés, pero no se puede vivir obviando a los demás.
- De acuerdo, pero que no pinten la pelicular de su color, que se equivoquen con tu conciencia de su acto y error.

Mañana se le habría pasado y otra vez, Andrés, en sus sueños, siempre aplicables, pero sueños, volvería lleno de fuerzas, pero hoy estaba algo desanimado. Tenia un estado mental, no anímico, realmente variable. Solía estar feliz, ahora de sentirse caminando por la luna a estar atado por los pies, podía haber pasado solo una palabra por el medio.
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