sábado, 30 de enero de 2016

EL FENICIO CON TALES




Las caravanas de camellos, subían y bajaban las dunas del desierto, siguiendo el horizonte.
Epilio, estaba viajando camino de las pirámides.
El iba con cuatro animales, cargando sus enseres y servidores.
Su padre, oriundo de Tiro, Fenicio, ganaba mucho dinero en el comercio de todo tipo de productos a lo largo de todas las costas que el mar Mediterráneo bañara. Las aguas del mar habían sido su casa.
Aquella vez, decidió ir a conocer una de las maravillas del mundo y que a sus 37 años no había ido a verlas todavía. Habiendo hablado con las autoridades del imperio Egipcio, el viaje era muy tranquilo.
Las empezó a distinguir entre la distancia y la sensación de inmensidad ya era patente.
Tardaron muchas horas, desde el momento al que las vieron, hasta que llegaron a sus pies.
Jamás había visto nada semejante.
Emocionado estaba del impacto.
Bajo del camello. Se quedó a cierta distancia para poderla apreciar en su totalidad y allí mismo, sentado a unos 10 metros había un hombre moreno de pelo rizado, alto, fuerte, sentado en la arena, con los brazos apoyados en las rodillas. Permanecía muy quieto. A su lado sólo tenía una pequeña barita de madera plantada y un gran rollo de cuerda fina. Por curiosidad se acercó.
Epilio le habló en Griego. Lo había estudiado y trabajado. Había recibido una buena y gran educación propia de una gran familia adinerada. Desde el estrecho del fin de los mares y el mundo, hasta cada rincón del mediterráneo, un barco comercial Fenicio te ibas a encontrar
Se presentaron. Vieron que eran de unas tierras cercanas, de Mileto a Tiro y se intercambiaron unos agradables saludos
- ¡Que espectáculo! - dijo Epilio
- Sí, realmente impresionante – asintió Tales.
- Me imagino cuando, hace más de 1500 años, miles de hombres dentro de una organización monstruosa, como una gran máquina viva, la fueran construyendo, ¿no?
- No, yo no lo veo así
- ¿Cómo?
- Es la proporción invariable, necesaria y absolutamente insensible, de las relaciones entre los puntos del espacio. Esto, cuando las miro, lo veo.
En la educación que había recibido Epilio, había sido versada en unas características principales, aprender a hablar diferentes lenguas pues para el contacto con varias culturas eran necesarias, principios administrativos y navegación, mucha, pero apenas había recibido más que educación mística y mítica en cuanto a la ontología y funcionamiento del mundo, de ahí que alusiones a nociones abstractas la trajeran curiosidad.
- ¿de qué me habla?
- De la Geometría
- Y eso ¿de qué vale?
- Lo vas a ver.
Tales estaba sentado en el lugar hacia el que avanzaba la sombra de la pirámide. A su Izquierda tenia el palo clavado que observaba con atención, en un momento dijo
- Epilio, ¡rápido!, clava esta estaca allá donde esté la sombra de la pirámide. – Epilio no estaba habituado ni permitía que nadie, salvo su padre, le diera ordenas, pero estas eran diferentes, habían la ansiedad del experimento.
Una vez hecho esto. Ató la cuerda y desenrrolándola poco a poco comenzaron a andar hacia la pirámide. Detrás de ellos dos y a una distancia, iba el grupo de la servidumbre. Tales viajaba solo. Hablando iban y en un momento de la conversación, tales dijo.
- Mira, hijo de los comerciantes, de aquellos que vivís con el intercambio de verdaderamente valiosas mercancías, dejame que te diga que la razón no solo se encuentra en la suma de monedas de tu padre, sino también en los vientos que empujan las velas de sus barcos.
Epilio rió
- Tales, tales – aun siendo mas mayor que Epilio, habían cogido cierta comodidad de conversación-, sabes igual que yo, que el mundo vive y funciona por el capricho y deseos de los dioses. Los vientos no son más que los cánticos de dolor de Otilina.
- Hay una manera de explicar y comprender el mundo sin que ningún hecho azarosa lo encontremos. Hay una razón, un orden existente en el cosmos.
Epilio, aun horas hablando con Tales, años debía de estar para tener una visión aproximada a la que tenía Tales. Atado al capricho de la naturaleza no podía concebir un orden existente en ella.
Continuaron hablando, debatiendo la racionalidad o el estado caprichoso de la naturaleza.
- Bueno, ¿y esto de la cuerda?
- Para medir la altura de las pirámides.
Lo que había empezado como una gran conversación, agradable e interesante, iba perdiendo interés para Epilio ante las excentricidades de Tales.
- Y ¿qué relación que tiene un punto que has dejado marcado, allí, en la nada, una cuerda hasta los pies de la Pirámide y su altura?
Siguieron andando sin que tales contestara, mientras llegaban a la base de la pirámide. Tales, calculó la distancia desde el lateral hasta el centro para sumársela a la medida de la cuerda y le dijo.
- Epilio, quiero que sepas, como segunda persona en el mundo, detrás de mi, pues no lo sabrían ni los constructores de ellas, que la altura de esta pirámide, Keops, es de 146 metros.
- ¿cómo?
- Pues planté la estaca en el punto de la sombra de la pirámide cuando la sombra del palito de mi izquierda era igual a su altura. Ley extensible a todos los objetos. Proporciones aritméticas que no son capricho de los Dioses.
Se despidieron con cordialidad, sonrisas y extrañeza por parte de Epilio cuando veía irse a tales.
Al día siguiente subió a los camellos camino de las pirámides.

Unas grandes telas blancas que cubrían su cabeza y con el viento, caliente, pero engañoso con su frescor, mientras llegaba a lugar donde ayer estuviera con tales. Allí estaba el palito, la estaca y la sombra de la pirámide. Emocionado también, vio como todo iba a punto de encuentro. La sombra de la pirámide. hasta estaca, y la del palito hacia su altura dibujada en la tierra. En el momento en el que la sombra del palito marcó su altura, la sombra de la pirámide llegó hasta la estaca. De cuclillas se puso, mientras observada, mirando con cara de complejidad, el palito, las sombras, las pirámides, las alturas, lo circundante, preguntándose si realmente todo el funcionamiento de aquello que le rodea puede estar determinado y encauzado por unas reglas impuestas por la razón, como es la, llamada Geometría por, este, sí, Tales, Tales de Mileto.
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