domingo, 30 de agosto de 2015

EL CAFÉ Y EL MIEDO A ESCRIBIR



- Pero, Andrés – dijo Pedro levantando exageradamente las manos- ¿qué vas a dejar de escribir?
- Sí.
- Bueno, no ibas para nobel, pero sí, el motivo de tus escritos inspiraba nuestras conversaciones. Sería una pena. A ver si te puedo convencer que no lo dejes. ¿Por qué tomas esta decisión?
- Fácil, fácil, amigo, desde que me entró miedo al ver, tras unos comentarios, lo equívoco que pueden resultar mis palabras y posturas hacia mi persona, el que escribe, de algunos lectores.
- Bueno, amigo, pero esto es inevitable, hay gustos y principios para todo – añadió Pedro.
- Sí, pero tal nivel de incomprensión de mi actitud hacia lo que pretendo y quiero, fue tanto, que me lleva a pensar en un ámbito colectivo del mismo y el asunto de estar perdiendo el tiempo, buscando contertulios que jamás los habrán. Al fin y a la postre, escribo para mi, no tengo nunca en cuenta lo que le resultará agradable al lector, sino dicto y escribo las letras y razonamientos que obtengo directamente de mis pensamientos. Alguno realizó una crítica directa hacia la forma, manera e intención del escrito y no su contenido y el temblor hacia mi error circunstancial se hizo patente. Creyéndome que escribía y era comprendido, me llegó la duda de hasta donde era un puro ejercicio de curiosidad no más.
Me pregunto si aquel que pretenda escribir, debe de tener un ejercicio de formalización del texto para conseguir una mejor manera didáctica y comprensible del mismo. ¿Es lo que hacen los escritores conocidos?, ¿no escriben, sea la temática que sea, bajo los impulsos de un motivo pasional? Quizás le escritura nació para los trabajadores y con capacidad de repasar, puntualizar y corregir los escritos.
- Pero Andrés, no puedes ir por la vida planteándote objetivos con tu escritura, con tus artículos, con tus cuentos. Si lo haces, los malformas. Te lo digo pòrque lo sé, cuando comento, que la Filosofía, los artículos de opinión, las pequeñas narraciones, escritas solo se mueve en el propio placer inserto y momentáneo, en la propia acción. La tranquilidad y lucidez de tus pensamientos tienen el valor personal y constructivo de ser tú quien así los vé. Y regocija y te da placer y descanso. Trabajar con tu mente y escribir es un movimiento liberador del alma, independientemente de la actitud de los que te rodeen. Aquel razonamiento que te deje satisfecho por la corrección que tú le encuentras, no necesita la aprobación de los demás.
- ¡¡Ahyyy!, qué fácil es hablar así, cuando no eres tú quien recibe las críticas. Tras estas últimas, me hicieron sentir como un hombre interesado en imponer mi opinión ante los demás. No creo que pueda variar mi manera de expresarme. Lo único que me quedará será no escribir y solo mantener contigo, conversaciones en privado aquí, en la barra de nuestro bar, debajo de la editorial y en la hora del almuerzo.
- Pero ¿qué no estaban de acuerdo con tu opinión?
- !No¡, !pardiez¡, condición necesaria para la conversación, discusión y conclusión, es partir de ideas y conceptos diferentes, no, el problema fue que me hizo sentirme con sus comentarios, no como un escritor que pretende expresar sus dudas, sino como un hombre, realizando un acto intencionado. La inocencia con la que pretendo expresarme, añicos se ha hecho ante la información que no es vista como tal.
Tras acabarse el café, los dos cogieron el camino de vuelta hacia el trabajo.
En la puerta de la editorial, Carmen acudió allí donde estaban y tras ver la cara de Andrés y contarle, sin pena ni amargura, pero con bastante apatía y aburrimiento lo ocurrido, Carmen le puso las dos manos en los hombros y con mucha dulzura y tranquilidad le dijo

- Andrés, el problema no está en las críticas o comentarios, sino cómo las lleves, aceptes o te enriquezcan. Si tienes miedo a la crítica, quedate en casa – le añadió guiñándole el ojo- y te añado que muchísimo más fácil es criticar, que escribir un pequeño cuentecito para los niños.
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