jueves, 28 de enero de 2016

EL CAFÉ Y LA ELECCIÓN





Hacia frío.
El invierno liado estaba con problemas internos y los llevaba locos a todos sus usuarios.
De un calor inusual a principios de Enero a un frio, como venganza, a sus finales.
Cerrando rápidamente la puerta del café, entró Andrés en éste.
No habían llegado, sin repetir, juntos como siempre y Pedro estaba ya en su, ganado por presencia nada más, lugar de la barra.
Andrés andaba rápido frotándose la manos, por el frio, con movimientos alegres
- Pedro
- Andrés
- Vienes contento ¿eh?
- ¡tenias que haber visto a Juan, cuando se ha dado cuenta que el único lugar que no había repasado de la tintación de la impresora, haya tenido los problemas! - continuó riendo-, le ayudé y hemos acabado la impresión en lo planeado.
- ¿La contraportada del libro de Hernestro Calanonia?
- Sí, venga, me voy a tomar un chocolate calentito.
A Pedro era más complicado adivinar sus emociones por los gestos comedidos con los que actuaba, pero paulatinamente, en esta pequeña conversación banal, su rostro se llenaba de dudas.
- Andrés, te conozco – siempre algo desde la distancia al erguir su espalda- más que a mi mujer y no puede ser que un acontecimiento que aboga por los tantos por cien y acción, como el de la única posibilidad de que la tinta fallara, ocurriese y tú no me vinieras sobre la acción siempre incalculable de la vida, el capricho y la injusticia de las probabilidades....”la vida es una tómbola”....me dices en ocasiones.
Andrés sonrió ampliamente mientras sus ojos se abrían con amplitud y sinceridad.
- Cuando me he encontrado hoy mismo, amigo, meditando sobre lo incontrolable que es, por definición, el resultado final de las operaciones en las cuales haya un elemento humano sumado a la necesaria calculabilidad máxima física, me dije, hoy no, al menos hoy no. Mi ansiedad resolutiva iba a quedarse en el baño.
Rieron los dos mientras se giraban a tomarse, uno el poliol y el otro el chocolate.. estaban bastante acostumbrados, mejor, era su forma de actuar, intercalar intervenciones reflexivas profundas en una conversación cotideanea.
- Y Juan, dentro de su gran espíritu perfeccionista, jodido, seguro.
- Sí – le dijo mientras cogía la taza del chocolate.
- ¿Qué estas cansado del mundo de la razón, de la búsqueda de las explicaciones?
- No, Pedro, estoy buscando el poder sumergirme al menos en ocasiones, a momentos en los que mi mente descanse y puede ser capaz de observar, sin inquietud de conocer. Vivir la vida sin preocuparme por ella.
- Bueno, Andrés, quizás eso no sea una elección que tú ahora, buenamente , decidas.
- ¿Qué me dices?
- Que me parece, amigo, que como no comiences a trasformar tu naturaleza, siempre tendrás las mismas inquietudes a solucionar.
- No estoy de acuerdo contigo, Pedro, sí que tengo voluntad para expulsar de mi cabeza todo pensamiento que vaya más allá de la propia aplicación y solución inmediata.
- Andrés, si no quieres que sean tus genes, será tu educación o circunstancias, pero tu alma inquieta y reflexiva sobre lo circundante, ya no lo tienes como un hecho electivo.
- Tú también reflexionas bastante
- pero...
- sí, pero de forma menos obsesiva que la mía, vale.
Andrés sabía que la ignorancia es en muchas ocasiones sinónimo de felicidad.
Andrés sentía el peso de la eternidad reflexiva.


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