viernes, 29 de enero de 2016

LAS TRINCHERAS



A doscientos metros de distancia, era un casco y un Francés muerto.
Mi vida siempre habían girado entorno a un fusil y la puntería.
Trofeos, competiciones, exhibiciones de tiro. Toda la vida disparando.
Si no he matado 30, no lo he hecho con ninguno.
¡Maldita sea mi suerte! Y allí me tenían ellos, desde un despacho, donde no sienten la culpa de matar.
Me alistaron como tropas de apoyo tras un año de guerra sin grandes avances por ningún bando.
Bélgica se había convertido en una gran trinchera, desde el interior de Europa, hasta los mares del norte.
Allí estaba yo.
Me tocaba el turno de guardia. Yo era de los pocos que aun lo aguantaban con cierta cordura. Llevábamos casi un año sin salir de ellas, de las trincheras. Entramos en Septiembre de 1918 y el 1919 estaba llegando al verano.
La vida o la muerte, había perdido todo importancia en la construcción de mis pensamientos.
Allí, entre las paredes embarradas, mi existencia comenzó a hacerse más liviana por perder importancia.
Empece llorando por cada tiro que hacía, es más, en sus comienzos siquiera tiraba a matar, hasta que me di cuenta que era su muerte o la mía y tal que el aire en el invierno, mi corazón dejó de sufrir y comencé a disparar con mucha efectividad.
Difícil sería que encontraseis alguien que disparara como yo.
Y aquella bala rozaba el suelo a apenas dos palmos de mi cuerpo, que sin ellos, por medio, mi mujer, mis hijos y toda mi historia se hubiera acabado, pero a la par que pensaba esto, disparaba hacia el frente. Vi el casco y allí puse mi bala. Me quedé pensativo en la familia del soldado Francés, donde viviría, cuantos hijos tendría, de que trabajaría, ¡Quien nos iba a decir hace tres años que así nos encontraríamos! y que este desconocido que jamás pensaste que pudiera tener ninguna relación contigo, lo he matado.
Y el silencio, vuelve.
De un poeta y amante de la naturaleza, ahora mato sin piedad y el paisaje no es mas que de agujeros de proyectil y cadaveres, algunos ya casi sonriendo por el paso de los tiempos.
Había visto entrar en la locura a compañeros míos incapacez de soportar semejante tensión y sin sentido.
Allí, nadie mataba por nada en concreto, más que por que le dijeron que lo hiciera.
En la guerra de las trincheras, en la Gran Guerra, la naturaleza humana se está desnudando, de manera cruel y dura, ante mis ojos.
No podía huir del juego y aislarme de los acontecimientos.
No debía ahogarme en mis dudas y actuar sin vacilaciones donde el destino me había llevado.
Tras 20 minutos envueltos en mis pensamientos de sorpresa ante tamaña crueldad que seamos capaces de hacernos entre nosotros apareció un casco Francés tratando de controlar nuestros movimientos.
No me tiembla el pulso.
Aguanto la respiración.
Corrijo la trayectoria.
Otro.
La muerte cambió y dejó de ser una preocupación.
Ni preocupación ante ella era mínima.
Mi búsqueda de destino o reflexión en torno a su sentido, había caído por el precipicio de la angustia ante la lucha que tuve los primeros meses de comprender y encajar una esencia deseable del ser humano con barbaridades que estaba viendo.
Por cada muerte que provocaba, un tanto más dejaba de temer por la mía.
Mi más alto grado de incomprensión de todo lo circundante, tranquilizaba mis nervios y persona.
Dejé de sorprenderme por nada. Esperaba cualquier cosa.
Y si vuelvo, ¿podré hacer una vida normal con varias decenas de muertos en mis manos?
Creo que sí.
La humanidad me ha llevado a matar y no seré yo quien pague sus deudas.
Amanecía dentro de dos horas, y yo seguía allí, impertérrito, totalmente centrado en mi punto de mira mientras mi cabeza seguía pensando sobre el cambio radical y conceptual de mi vida.
No he tenido otra opción. Nos disparaban nuestros generales en caso de huida y debido a mi gran incomprensión y sorpresas de lo que estaba viendo, dejé de sentir.
El casco se movía a la altura de la superficie. Seguramente no sería consciente que esto le estaba pasando y por eso continuaba con el casco fuera.
Totalmente enfocado le seguía sus pasos.
Iba a disparar.
¿Y si sigue viviendo?
¿Y si le permito vivir?
¿Me doy ese poderío decisorio?
Así, mi pensamiento llegaba a situaciones tan esperpenticas y ridículas en la tensión y la locura de aquello.
Bajé el cañón y me quedé mirando como pasaba de largo.
Sabía que esa misma mañana me puede matar.
Sonriendo, me di el placer y el gusto de jugar con mi vida y con la suya.
Sin cambiar de posición en muchas horas oí la voz del relevo.
Bajando la cabeza por debajo de la altura de la trinchera, dejé el puesto de vigilancia y busqué un rincón donde sentarme.
Jamás creí cambios tan intensos en ningún jugar.
Mi vida anterior se difuminó y dejé de existir. Cuando de allí, en caso de que pasara, saliera, mi vida no tendría nada que ver con la anterior pues mi nivel de sufrimiento será mínimo.

La muerte, la muerte, valor fundamental en la construcción de las culturas, naciones, religiones, filosofías y demás, para mi, aquellos meses en la trinchera, pasó a ser un concepto vacío que ya no dejaba en mi, más que la sorpresa por el miedo que llegué a tenerle.
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