viernes, 1 de enero de 2016

EL EDIFICIO CALIGARI (6)



Al parecer Elisabeth daba clases de Filosofía en la Universidad.
Desde que se mudo al edificio Caligari todos sus contactos habían sido en el pasillo de su piso. Andrés, no sabía qué horarios tendría pues la había visto a cualquier hora del día, leyendo y paseando por la alfombra del pasillo.
Se le acercó, con complicidad pero con el indice señalador y le dijo:
- Tú piensas que estoy loca, ¿cierto?
La verdad es que tenía aspectos que resultaban realmente extravagantes y Andrés, en ocasiones, se había encontrado un tanto cohibido en alguna conversación con ella.
- No, Elisabeth, no, yo soy un firme creyente en la particularidad de cada uno. Algunos más normalitos, otras más extravagantes.
Andrés nunca tomaba como elemento de juicio los elementos particulares del sujeto, solía centrarse en el hecho sobre el que actuar. Realmente en el edificio habían algunos personajes un tanto peculiares.
Aceleró hasta ponerse a su lado y los dos, despacito y por encima de la alfombra, fueron andando hasta los primeros escalones de la escalera en su tramo final.
- Deberás de asumirme, Andrés, que en estos pasillos, la particularidad es máxima, y he preparado un experimento para demostrarlo.
Elisabeth era doctora en La lógica simbólica y vivía obsesionada sobre términos primeros que desarrollar en una estructuras por ella creadas. Del bolsillo de la chaqueta le sacó un par de folios grapados y se los dió. Pararon para mirarlos. Eran cien preguntas de acciones propias y particulares sobre una respuesta de verdadera o de falsa. Con una ligera ansiedad y contracción, le pasó los folios a Andrés y le hizo garantizarle que los estudiaría, los respondería y se los daría. Este era la tercera plantilla de acciones primarias que le daba para rellenar, , nunca le había pedido las respuestas. Vivía inmersa en las curvas de la lógica – se decía Andrés. Tras recordarle la necesidad de que se las devolviera rellenadas, se volteó y siguió, hablando para ella misma. A Andrés esta mujer le impresionaba. En todos estos años, por frases y comentarios vio que era una mente privilegiada y se preguntaba si la propia grandeza mental la llevaban a esos actos, como alguna vez había pensado, a estas pequeñas locuras locuras.
Cuando ya podía divisar la salida y la conserjería, una voz de mujer le llamaba.
- !Andrés, Andrés!
- Sí, Doctora, sí.
Era Marta. Vivía en la ampliación del primer piso. Bueno no vivía allí, pero iba todos los días a pasarlo allí. Sin ninguna duda, y era una opinión compartida, esta mujer estaba realmente trastornada.
Se le acercó preguntándole
- ¿A donde va?
Les había dicho que estaba allí para cuidarlos y vivía en la continua imaginación de ser doctora.
- Al trabajo, doctora – Andrés sabía que este termino la tranquilizaba y dejaba más tranquila.
- Bien, bien, al trabajo y a casa.
Andrés le volvió a sonreír y pensativo se quedó en Marta. En la vida tan particular que había tenido aquella mujer que le llevara a trascurrir días y idas yendo y viniendo al edificio Caligari. A ésta si que la había visto entrar y salir . Andrés se giró de nuevo. Hoy tenía quizás algo más de tiempo y era el momento para preguntarle.
- Marta -estaba ojeando una pequeña carpeta.
- ¿Por qué viene todos los días a este edificio?
Andrés no esperaba una respuesta clara y concreta. Sabía que no la tenía, pero igual y quizás, alguna noción le lleva a conocer algo más los motivos.
- A trabajar, Don Andrés, a trabajar.
Tal y como me había dicho Don Cipriano, en el ascensor, se paseaba por todo el edificio controlando , preguntando, observando y me añadió que básicamente estaba ya asumida y soportada su locura. Al fin y la postre era una buena persona.
Se subió las gafas y se quedaron mirándose los dos durante unos segundos.
La descolocación creyó ver Andrés en sus ojos.
- Bueno, me voy.
Se giró y sonriente se dirigió hacia la entrada.
El recepcionista le miró con agrado y sonrisa
- Don Andrés, ¿todo bien?
- Sí, sí, Alfredo, y Usted, ¿bien la mañana?
Andrés pensaba en la dificultad del trabajo de Alfredo. Si no estaba 10 horas allí, en la recepción, no estaba ninguna.
Las enfermeras lo acompañaron hasta la salida del hospital.
Todos los días allá a las 11'30 salia al trabajo, daba la vuelta a la manzana del hospital y volvía tras 20 minutos, contando haber tenido un día muy pesado de trabajo.
Hoy llevaba el traje de payaso con volantes, que le caían desde los hombros hasta la cintura. Debía tener al menos diez.
Era el hospital psiquiátrico Caligari.
Marta le acompañó hasta la puerta y se quedó mirándole como se iba a su ronda.
Llevaba mucho tiempo trabajando con ellos.

La absoluta normalidad que mantenían los locos en el hospital, el edificio, Caligari, entre ellos, le hacían trasnochar en la aparente cordura.
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